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Análisis; Los mexicanos emigrados
No es exagerado afirmar que una gran parte de tres generaciones de mexicanos campesinos emigró hacia el norte. México perdió a cientos de miles de jóvenes que no regresarán

En torno al tema de los mexicanos emigrados a Estados Unidos durante los últimos 70 años existe información que no puede ser exacta por la falta de datos confiables. La condición misma de emigrado ilegal que tiene la mayoría de los emigrados, dificulta saber el número exacto de mexicanos que residen en Estados Unidos.

Sin embargo, los cálculos del Colegio de la Frontera Norte indican que cuando menos hay 8 millones de mexicanos en el país vecino, aunque algunos expertos aseguran que hay más de 15 millones.

La primera época de migración a Estados Unidos se produjo al estallar la Guerra Civil 1911-1913, que motivó que varios miles de mexicanos, sobre todo del noroeste y noreste del país, se trasladaran a California y Texas, principalmente, para evitar los problemas propios de las guerras civiles: la leva de jóvenes, la amenaza de muerte de grupos políticos enemigos y la necesidad de seguir estudiando los hijos, ante la falta de escuelas con actividades normales en México.

Muchas familias de este primer grupo de emigrados permaneció en Estadios Unidos, en virtud de que los mexicanos podían entonces viajar a ese país sin necesidad de visado o permiso previo y además, porque la Guerra Civil se prolongó por casi dos décadas, hasta 1929.

Muchas familias mazatlecas de clase media se fueron a San Francisco, por la facilidad de tener una línea regular de barcos que cada semana hacía el viaje hacia ese puerto. Los sonorenses se trasladaron a Arizona y California y los del noreste se asentaron sobre todo en Texas.

Pero la segunda oleada de mexicanos emigrados se dio a partir de la aplicación de las políticas agrarias socialistas, que despojaron a muchos propietarios de sus tierras de cultivo.

El reparto agrario causó graves daños al país y a los mexicanos dedicados a trabajar el campo, así como a la producción agrícola y agropecuaria en general, sin que los ejidos pudieran convertirse en una solución para el problema de la pobreza en las vastas zonas rurales del país, como tampoco fueron la solución para la escasa producción agropecuaria, que en algunas zonas logró producir para el autoconsumo solamente.

Obregón y Calles sabían de explotación agropecuaria y procuraron mantener una política agraria prudente, que evitara la destrucción de las fuentes de producción existentes y que sobrevivieron a la revolución.

Por su parte, Cárdenas, menos inteligente que los dos sonorenses, se dejó influir por sus asesores convencidos de que la tendencia socializante que llegaba de Europa sería el futuro para las naciones subdesarrolladas.

El Estado encabezaría la producción agropecuaria para lograr el abastecimiento de alimentos al país y sacar a los productores rurales de la pobreza.

Los residuos del feudalismo europeo provocaron en ese continente una reacción que puso sus esperanzas en la detentación por parte del estado de los medios de producción.

Lamentablemente, la emigración importante y constante hacia el norte entre 1930 y 1970 se aceleró y multiplicó a partir del sexenio de Luis Echeverría, por el fenómeno poco conocido en el México de entonces de la inflación producida por el gasto irresponsable del Gobierno federal.

La inflación empobreció a los mexicanos asalariados, empujándolos a la emigración, como una posible solución al futuro de pobreza segura que indicaba la débil economía mexicana.

El gasto público irresponsable se prolongó durante los sexenios de José López Portillo y Miguel de la Madrid, que integraron el periodo fatal de 18 años de inflación, devaluaciones y pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, durante el cual los hijos de los trabajadores del campo y de los pequeños propietarios prefirieron irse al norte y buscar mejor futuro en Estados Unidos.

Los que se establecieron en Estados Unidos y los que lo hicieron en las ciudades fronterizas, especialmente Tijuana y Mexicali, en el caso de los sinaloenses, se hacen evidentes en el directorio telefónico, en el cual los diez o doce apellidos más comunes del sur de Sinaloa, que lo son porque sus antepasados llegaron a nuestra zona en los siglos 17 y 18, cubren decenas de páginas, indicando los miles de emigrados sinaloenses que no alcanzaron a cruzar la frontera en los últimos 30 años, sobre todo, pero que encontraron mejor futuro en la frontera y sus oportunidades.

Ahora que se acerca la elección de diputados federales el próximo mes de julio, conviene reflexionar acerca de las causas que obligaron a los varios millones de mexicanos que ahora residen en Estados Unidos, a emigrar para escapar de la pobreza, causada por las políticas equivocadas y populistas de los gobiernos del PRI.

No es exagerado afirmar que una gran parte de tres generaciones de mexicanos campesinos emigró hacia el norte. México perdió a cientos de miles de jóvenes que no regresarán.

Los dirigentes del PRI afirman saber gobernar, pero en realidad saben destruir la economía del país, como ya lo han hecho recientemente entre 1976-1988 y después en 1995, cuando explotó la bomba cambiaria de Carlos Salinas, lo que provocó que decenas de miles de mexicanos perdieran sus empleos, sus casas, sus departamentos y en el caso de los campesinos sin futuro, que perdieran también su Patria.

La historia reciente de México nos demuestra que los electores mexicanos podemos votar por cualquier otro partido político, pero nunca por los candidatos del partido que desde que asumió el poder en 1920, ha destruido al país en varias ocasiones, aumentando la pobreza y la falta de empleos y destruido al campo mexicano.

Ellos, los del PRI, sí saben cómo dañar al país.

Gracias a su sabiduría y habilidad para gobernar, el peso mexicano se transformó, de un valor cambiario en 1970 de 12.50 por un dólar, a 13 mil 400 por dólar el día de hoy.

H E R R A M I E N T A S    D E   L A   N O T A
 
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