Uno pensaría que, con tanta violencia, epidemias, corrupción y muchos otros males, México debería ser un lugar de personas tristes y amargadas
Uno pensaría que, con tanta violencia, epidemias, corrupción y muchos otros males, México debería ser un lugar de personas tristes y amargadas.
En ocasiones, es lo que algunos nos dejan ver, a través de mensajes por Internet, correos electrónicos o comentarios periodísticos. Y sin embargo, resulta que no es así.
En múltiples encuestas, los mexicanos aparecen como uno de los pueblos más felices del planeta, junto con portorriqueños y colombianos.
La clave de esta felicidad es todavía motivo de especulación. No hay muchas razones materiales que expliquen esta felicidad, pues Colombia y México se encuentran entre los países más violentos del continente y existe una pobreza y una desigualdad muy extendida.
¿De dónde viene entonces la felicidad? Existen algunos elementos comunes que podrían darnos la explicación: el clima, la cumbia y los ritmos tropicales, una cierta inmadurez política de la población, que lleva a exigir poco y a conformarse con lo que les dan sus caciques y líderes, una religiosidad conformista, un fatalismo respecto a la vida, etcétera.
Por eso es interesante revisar los resultados de la encuesta realizada en plena crisis y elaborados por el Instituto de Mercadotecnia y Opinión.
En efecto, a pesar de que esta encuesta se levantó el 18 de julio y el 3 de agosto de 2009, es decir en plena época de crisis, 54.5 por ciento de los mexicanos se consideraba muy feliz y 33.9 creía ser algo feliz.
Solamente un 9.1 por ciento de la población mexicana se consideraba poco feliz y un 1.3 por ciento era "nada feliz".
En suma, 88.4 por ciento de los mexicanos se consideraba muy feliz o algo feliz, insisto, en plena crisis.
En contraste, la misma encuesta muestra que la gran mayoría de los mexicanos es muy desconfiada: prácticamente tres cuartas de la población piensa que generalmente o casi siempre se debe tener mucho cuidado al tratar con la gente. En otras palabras, somos felices pero muy desconfiados.
De hecho, los mexicanos y mexicanas no tenemos confianza casi en nada y en nadie: hay muy pocas instituciones que tienen algún respaldo, aunque no demasiado grande: las Iglesias y organizaciones religiosas, las escuelas y el sistema educativo y las fuerzas armadas suelen venir a la cabeza en las encuestas, mientras que la policía, las empresas, el Congreso y el sistema judicial no suelen tener la confianza de la población.
De cualquier manera, en términos generales, los mexicanos y mexicanas cada vez creen menos en las grandes explicaciones sobre la vida, en las utopías religiosas o las científicas. En eso somos muy posmodernos.
Así por ejemplo, más de un 38 por ciento de la población cree que en general la ciencia moderna hace más daño que bien y más del 46 por ciento piensa que confiamos demasiado en la ciencia y no lo suficiente en la fe religiosa.
Pero igualmente hay más de un 43 por ciento de la población que cree que, mirando al mundo, las religiones traen más conflictos que paz y más del 56 por ciento de los mexicanos y mexicanas piensa que las personas con fuertes creencias religiosas con frecuencia son intolerantes con otros.
En realidad, la población mexicana es más tolerante de lo que muchos piensan. Casi el 84 por ciento cree que todos los grupos religiosos en México deben tener los mismos derechos y más del 85 por ciento piensa que debemos respetar todas las religiones.
Tres cuartas partes de mexicanos y mexicanas aceptarían que una persona de una religión diferente a la suya o con puntos de vista religiosos muy diferentes a los suyos se casara con un familiar o fuera candidato del partido político de su preferencia.
Los mexicanos somos incluso tolerantes con los intolerantes, pues estamos de acuerdo con que los extremistas religiosos, que a su vez son intolerantes, celebren reuniones públicas y publiquen libros para expresar sus puntos de vista.
Existen sin embargo resabios de intolerancia importantes en la población mexicana. Así por ejemplo, hay un 30 por ciento de la población que tiene percepciones negativas o muy negativas de los ateos o no creyentes.
Y también hay un sector alto, alrededor de un 18 por ciento, que tiene percepciones algo o muy negativas de judíos o musulmanes.
Dos últimos datos son muy interesantes. Según esta encuesta, sólo un 62.5 por ciento de la población mexicana cree firmemente que Dios existe.
Luego hay un 30 por ciento que no cree o tiene dudas de todo tipo. Muchos de estos son católicos nominales, por supuesto.
Finalmente, más del 40 por ciento de la población mexicana cree que las Iglesias y organizaciones religiosas tienen un gran exceso o demasiado poder, mientras que 20 por ciento cree que éstas tienen muy poco poder y un 22.5 por ciento piensa que tienen la cantidad justa de poder.
Esto se complementa con la reiterada posición de los mexicanos y mexicanas a favor de un Estado laico.
Casi el 68 por ciento está de acuerdo o muy de acuerdo en que los líderes religiosos no deberían tratar de influir en la forma en que las personas votan en las elecciones y un porcentaje similar está de acuerdo o muy de acuerdo en que los líderes religiosos no deberían tratar de influir en las decisiones del Gobierno.
En suma: felices, desconfiados, tolerantes y laicos. Para pensar sobre nosotros mismos en el Bicentenario.