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O P I N I Ó N 
Carlos Monsiváis: Notas a partir de quién sabe qué
La centralidad de la cultura literaria dependió de la centralidad de los lectores, pues cada vez hay más escritores pero menos lectores

En un texto de su libro El paso del testigo, el escritor argentino Edgardo Cozarinsky se pregunta: "¿En qué momento la literatura dejó de ser el centro de nuestra cultura?". Y a esto se podría añadir, ¿en qué momento y por qué motivo la lectura y la cultura definidas clásicamente (artes, música, teatro, cine de calidad), han pasado a ser algo nada más utilizable en el tiempo libre, mientras que los medios y la industria del entretenimiento se toman como "la realidad"?
Y una interrogante temible: ¿cuándo se pierde, en definitiva, la causa de las humanidades como formación central? Al hablar Cozarinsky de "nuestra cultura" se refiere a las minorías ilustradas y al circuito de las sociedades que influidas por estas minorías, creen en la alta cultura por fe, no por ejercicio de la demostración, y se emocionan con algunos poemas, algo de la música clásica, algunas novelas, algunas tesis sobre el ser humano y el ser nacional y, sobre todo, exhiben su pasmo admirativo ante el lenguaje, cuyo empleo virtuoso provoca reacciones estéticas en donde no se creería probable que surgieran. Esto persiste ahora muy disminuido.
¿Cuándo es derrotada esa cultura? Dicho sin demasiado afanes de precisión, al humanismo se le expulsa del currículum educativo en la década de 1970, y a la iconósfera (el imperio de las imágenes) se le adjudica la formación cultural de las nuevas generaciones. No se le ve ya sentido a la brillantez verbal, y cada vez son menos los capaces de explicar en qué consiste la brillantez verbal.
La mayoría renuncia a la lectura de poesía, y el asunto se agrava al decidirse, sin razonarlo y sin deliberarlo, que la literatura ya no es el punto de partida de la estructura del conocimiento, sino, francamente, un entretenimiento o un deber escolar. (Algo se sabe de la trama de Don Quijote, ¿pero quién lo lee? No ciertamente, los funcionarios que presiden los homenajes a Cervantes.)
Y el sitio antes central de la literatura lo ocupan las imágenes, al grado de que el "tiempo libre" de la sociedad viene a ser aquel que queda luego de los juegos deportivos o las películas o las series televisivas de la temporada, todo lo que ya no es "tiempo libre" sino una suerte de obligación ciudadana.
Se insiste: lo real es un producto de los medios. Lo anterior es falso desde luego aunque exige el uso de los matices: los medios determinan la jerarquización imaginada de lo real, y el acercamiento a las nuevas mitologías. Los milagros desaparecieron al diseminarse los efectos especiales (¿qué chiste tiene caminar hoy sobre las aguas?), y otras apariciones se requieren, las del tiempo triple a.
Así por ejemplo, los políticos que no se muestran en los medios carecen de realidad visual, la que junto con las encuestas y la mercadotecnia, es toda la realidad que necesitan. Un político marginado es aquel que vive sin el cerco de cámaras y micrófonos, y que, desesperado por su alejamiento del carisma, es capaz de volverse despreciable con tal de que su familia no lo desprecie por carecer de imagen. Desde luego, los medios son nada más una parte de la realidad, conformada también por los efectos de lo global, la familia, la religión, la economía, la política, el nivel educativo, las luchas sociales, las batallas culturales, a ellos les toca ajustar el paisaje social. Por eso, la "religiosidad mediática" celebra sus victorias sobre la formación educativa, y por eso también, si se acepta el determinismo de los medios se fomenta la ilusión de un orden hecho en lo básico de sombras.
La centralidad de la cultura literaria dependió de la centralidad de los lectores. Hoy lo central está en poder de quienes orientan el flujo de imágenes y, por tanto, deciden (hasta cierto punto) las nuevas mitologías. Hasta cierto punto... Lord Darth Vader no ocupa el lugar de Satanás, simplemente por que la mercadotecnia carece de tentaciones en el desierto del cosmos, o algo así de banal. Y las reflexiones no pueriles, que algunas quedan, se nutren de la ciencia, los medios, la literatura, las teologías y la tecnología, entre otros patrocinadores de esta gustada serie que es la vida en la sobrepoblación.
Los participantes de los reality shows escenifican no tanto valores de la sociedad como estados de ánimo de los espectadores. Un concursante de la televisión no encarna el éxito o la belleza o la simpatía, eso sería ir muy lejos, sería tanto como querer atrapar en un slogan la fugacidad del instante ("si usted compra este reloj, adquiere también el uso y el sentido del tiempo"), pero sí representa los métodos de acceso al protagonismo mediático, fugaz por definición pero esencial en el imaginario colectivo.
Los concursantes de Big Brother y sus variantes emblematizan los estados de ánimo de sus espectadores.
La operación del ilusionismo de los reality shows apresa y expulsa virtualmente a sus favorecedores y amigos.
Si uno no sabe en qué consiste el "hechizo de las imágenes" ya no lo sabrá nunca, porque de ese hechizo se arma a diario el proceso de la vida cotidiana, antes monopolizado por la palabra. Ahora ya se puede decir que una sola imagen vale más que diez mil imágenes. La dificultad de la lectura se decretó al mismo tiempo que la seducción de las imágenes, y por eso, muy pronto, se definirán las pesadillas como "sueños sin efectos especiales".
La mercancía más abundante en el espacio de los medios tiene que ver con la ilusión más generalizada: "Mi vida es interesante (soy carismático)." Y la "expropiación de lo privado" depende en gran medida de la ansiedad del protagonismo: "si no divulgo mi vida ante cámaras, nunca la conoceré como es debido", o bien: "el escándalo es el sistema de animación de las biografías". Esto puede o no ser así, pero lo irrefutable es la disolución del qué dirán.
O dicho de otro modo: ¿quién se escandaliza pudiendo escandalizar?
Cada vez hay más escritores pero menos lectores. Esto tal vez sucede porque los pocos lectores sobrevivientes quieren ser cineastas, y leen para ver si los argumentos de las novelas se prestan a su adaptación fílmica.

H E R R A M I E N T A S    D E   L A   N O T A
 
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