S I L V I A E L E N A C O R O N E L L I Z á R R A G A
Saltando de la torre
Me he convertido en una admiradora de cartones, en especial los que aparecen en una reconocida revista norteamericana. Me identifico bastante con algunas de estas caricaturas, y por ello almaceno mis preferidas en mis archivos de la computadora.
Ocasionalmente las vuelvo a observar e incluso rio nuevamente como si las hubiera visto por vez primera. Satirizan a la burguesía neoyorkina, pero bien pueden dirigirse a los habitantes de cualquier ciudad. Las caricaturas se clasifican en distintos grupos, dependiendo del gusto del lector y del comprador en línea que puede adquirir su caricatura predilecta con un marco para su colección.
Así fue que el otro día escudriñando las nuevas caricaturas, hallé una que en especial me atrapó, quizá porque en ese momento me sentí en el mismo escenario fatídico.
En la imagen aparecen jóvenes con toga y birrete formados en una larga fila recibiendo su título en lo más alto de una torre. Una vez que obtienen su reconocimiento se arrojan de la torre en caída libre, al vacío.
Hace algunos meses me gradué, y al igual que los jóvenes de la caricatura recibí mi título después de haber permanecido en un fuerte que me brindó protección por varios años, hasta que, finalmente salté a la incertidumbre sin paracaídas y sin prever la altitud que suponía.
He escuchado en innumerables ocasiones a egresados que aseguran que no hay nada como vivir plenamente la etapa de la universidad, puesto que no se vuelve a repetir, y al concluirla algunos como yo se estrellan con una realidad que lucía fastuosa desde adentro.
Mi último semestre como estudiante corrió inexorablemente y mientras caminaba por los pasillos de la facultad me cuestionaba después de casi cuatro años de qué me había servido la universidad. Es decir, vivir en la Ciudad de México me hizo crecer en conocimientos, pero las colegiaturas también fueron in crescendo, tan alto que opacaban mis próximos planes de vida.
Siempre vislumbré a mi alma máter como una plataforma de oportunidades, y en el octavo semestre sentí que pisaba esa plataforma solamente para ser lanzada como carnada a los tiburones del mundo laboral.
Me gradué y asistí a entrevistas de trabajo, todas ellas con un salario que no rebasaba siquiera la mitad de mi colegiatura, y si la Ciudad de México fuera más accesible para vivir, tal vez lo hubiera considerado. No deseaba regresar a casa sin algún mérito qué ofrecer a mis padres, y el título no me parecía suficiente. Sin embargo no me permití sucumbir ante la desesperación de no conseguir un empleo con la rapidez que yo deseaba.
Me alienta pensar que si uno transita por un camino lineal, sin tropiezos y sinsabores, entonces la vida no es una verdadera aventura. Por eso, volvería a saltar de la torre, aun cuando el manual para volar no me asegurara aterrizar en el destino soñado. Tendré que ir escribiendo con mis acciones un manual de supervivencia en la otra realidad que aguardaba detrás de los muros de las aulas académicas.