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Acciones Colectivas
Primero, lo primero. Después, lo que sigue

A punto de concluir el sexenio anterior se presentó ante al Poder Legislativo Federal, una ocurrente iniciativa: cambiar el nombre a nuestro País. Una manera –habrán "pensado"— simpática de exonerarse de un caótico y lamentabilísimo sexenio que por fin terminó.

No obstante las profundas crisis que sufría el País y los mexicanos (generada por desatinadas políticas públicas) la frivolidad de pretender llamarle distinto al País, sin alterar positivamente la realidad, carece de justificación racional.

La profunda desintegración que existe en nuestro País, sugiere la necesidad de enfocarse en políticas públicas que, en serio, promuevan una consolidación nacional. El cambio en la nomenclatura, no es lo importante.

Y es que nos falta mucho para que el federalismo mexicano sea funcional y útil para el grueso de la población. En todos los estados encontramos grandes, enormes dificultades, jurídicas y materiales (económicas, educativas, sanitarias, urbanas, violencia, etc.) para que las personas accedan en condiciones de igualdad a oportunidades de crecimiento y desarrollo.

En lo concerniente a la educación, para nadie es un secreto, salvo para cierta clase política que, en su conjunto, el sistema educativo, incluyendo a las universidades (salvo honrosas excepciones) ha fracasado en su intento por producir talento. Los jóvenes talentosos o son entrenados y aprovechados en lugares más remotos o pronto claudican y son arrastrados por el ambiente aldeano.

Incluso, para los estudiantes de bajos recursos el acceso a becas nacionales o extranjeras, supuestamente ofrecidas en condiciones de igualdad, es una frustración más generada por las grandes distorsiones sociales.

En el ámbito laboral, un egresado de cualquier universidad de EUA puede encontrar en casi cualquier condado, un trabajo en condiciones muy similares a las existentes en la capital política (Washington) o en las ciudades representativas de las finanzas y negocios nacionales, como Nueva York, Chicago, Atlanta. Ello, gracias a la competencia y desarrollo económico consecuencia de decisiones públicas y privadas atinadas.

Aquí, en los EUM, no son pocas las leyes estatales que exigen que las personas sean nativas o, al menos, hayan vivido cierto número de años en un estado para poder acceder a cargos públicos. Estas reglas contrarían la esencia de la igualdad en el acceso a tales cargos prevista por la Constitución, y su permanencia distorsiona la igualdad material ante la ley, desincentiva la movilidad regional y lesiona la competitividad nacional. Se favorece, pues que no lleguen los mejores.

Si queremos que nuestras sociedades progresen, ese mosaico de culturas que integran al País, tenemos que ser capaces de formar, retener y de atraer capital humano de excelencia y, huelga decir, competitivo.

En nuestro País, acceder a educación de calidad y a oportunidades laborales que permitan a las personas crecer y desarrollarse (salir de la pobreza rampante y tan lacerante) es todavía una posibilidad muy reducida, sólo al alcance de unos cuantos.

Y si a ello le sumamos la pérdida de la seguridad en gran parte de las ciudades, lo que conlleva a la imposibilidad de disfrutarlas en familia y transitar por el País tranquilamente, más la falta de adecuados servicios públicos en la mayoría de los municipios mexicanos, el escenario es realmente catastrófico.

Evidentemente, con todos esos ingredientes (incluyendo la ausencia de una adecuada administración de lo público) se cocinó la tormenta perfecta para irradiar efectos negativos hacia los negocios y las empresas. Algunas de nuestras ciudades enfrentan las peores crisis económicas de las últimas décadas.

Pero, a pesar de ello, ¡era necesario cambiar de nombre al País! ¿No habría que, primero, modificar las condiciones sociales, económicas y políticas, para entonces sí llamarnos de otra manera? Primero, lo primero. Después, lo que sigue.

Agradeceré sus comentarios @FerGarciaSais. Que tengan un buen fin de semana. Disfruten a la familia.

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