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La nueva NAO
El profesor de pintura
Alfonso Araujo
11/08/2013 | 00:00 AM

En los cuentos chinos de influencia confucianista, uno de los temas más prominentes -además de la piedad filial que ya hemos visto antes- es sin ninguna duda la importancia de la educación y la diligencia en el estudio como el medio de movilidad social más deseable de todos: una influencia que sigue permeando el pensamiento de la sociedad china 25 siglos después. Hoy pongo otro más de este tipo de cuentos, en este caso refiriéndose a la infancia de Tang Bohu (1470-1524), un famoso pintor de la Dinastía Ming, cuando empezaba a estudiar bajo la tutela de un maestro famoso de su tiempo:
Ya desde que Tang Bohu era niño, tenía gran facilidad para la pintura, y frecuentemente hacía cuadros para gente que se lo pedía.
Un día, el pequeño Bohu tomó una pintura que encontró de su maestro Shen Zhou, y comparándola con una pintura propia, llegó a la conclusión de que no eran tan diferentes en calidad. De modo que fue con el maestro y le dijo que quería regresar a su casa, pues ya había aprendido suficiente. El maestro Shen comprendió la actitud de su alumno y decidió que era tiempo de enseñarle algo más. Así que asintió a la petición, y pidió a su esposa preparar una comida de despedida y servirla en una pequeña cabaña, en la parte trasera de la casa del maestro. Esta cabaña siempre permanecía cerrada y Bohu nunca había visto a nadie entrar en ella.
Cuando entró, Bohu empezó a ver con curiosidad por todas partes y notó algo extraño: no había ninguna ventana pero había cuatro puertas. Al ver a través del enrejado de una de las puertas, vio las flores y plantas del jardín, y la colina que se dibujaba a lo lejos. Era un paisaje embelesador y pensó para sí: "Mi maestro es muy raro, teniendo un cuarto con una vista tan hermosa, nunca invita a nadie a verlo".
Perdido en su pensamiento y en la contemplación del paisaje, oyó al maestro Shen decirle: "¿Porqué te quedas sólo viendo? Si quieres salir al jardín, ve y disfrútalo".
Al oír esto, Bohu alegremente levantó la mano para abrir la puerta, pero no pudo hacerlo. Su mano se topó en la pared y, confundido, lentamente se dio cuenta de que no había puerta alguna: el paisaje era una pintura que el maestro había pintado sobre la pared de la cabaña.
Con el rostro rojo de vergüenza, se postró ante el maestro Shen y le dijo: "Maestro, por favor perdone mi ignorancia y permítame seguir estudiando".
A partir de ese día, Tang Bohu estudió con más diligencia que nunca.

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El autor es académico Ex-A-Tec y asesor de negocios internacionales radicado en China
alfonsoaraujog@gmail.com

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