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Domingo 31 de Agosto de 2014    
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LUCRECIA RAFAELA EZQUERRA OCHOA DE ROMÁN
La poesía, su hermana gemela
La poetisa cumplió 90 años; hace más de 70 los versos de María Enriqueta Camarillo motivaron su incursión al mundo de las letras
Elizabeth Gámez
29-10-2008
 
A doña Lucrecia Rafaela Ezquerra Ochoa de Román le gustan las plantas que simulan el monte de su pueblo, Ahome.
Fotografía: Noroeste Luis Brito.
 
 
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Su vida, como el canto del cenzontle, es una poesía. Lucrecia Rafaela Ezquerra Ochoa de Román creció entre cañaverales, milpa y monte de Ahome, en el tiempo del agrarismo.

El 18 de este mes cumplió 90 años, más de 70 de ellos los ha dedicado a alimentar el alma con el don que Dios le dio: escribir poesía.

"Esa inquietud creo que nací con ella, es mi hermana gemela", expresa sonriendo, "porque desde niña lo soñaba", comenta.

En sus palabras hay nostalgia, pero no tristeza; hay recuerdos, nunca olvido. Cada momento del ayer está repleto de vivencias que comparte pausadamente, como si fueran recientes.

Los pasajes de su vida empiezan a correr. El escenario es Ahome, cuando era la cabecera del municipio.

Dice que es zurda para unas cosas pero para otras no, porque de pequeña le pidió a su papá que le enseñara a hablar inglés, él le dijo que lo haría si ella aprendía a usar la derecha, y lo hizo.

"Mi papá platicaba mucho con los chinos, 'hablas en chino, papá?, 'no, mi'jita, es en inglés", reseña quien festejó su aniversario el día de San Rafael.

Los primeros libros que leyó fueron los de la primaria. En segundo, recuerda, llegó a sus manos Rosas de la infancia, de María Enriqueta Camarillo, una poeta y escritora. Años después se encontró con otra obra que hasta la fecha recomienda, Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis.

"Es muy leído y lo recomiendo a todos los jóvenes de los 12 años en adelante, es precioso, para todas las edades", agrega.

De lleno, al mundo de la poesía entró a los 14 años, y los primeros versos que la cautivaron fueron los de Camarillo.

"Por lo regular siempre me ponían tristona, parecía como si presintiera quedar sin padres tan joven, porque para mí la peor de las edades en la orfandad es de mi edad, de 12 a 13 años, porque es cuando se da ese cambio de niña a grande", recuerda así la pérdida de sus progenitores.

"La poesía me empezó a llegar como a los 14 años, que ya me empezaron a gustar los chavos", expresa con picardía, "que decían 'ay qué bonita la muchacha', me lo creía yo".

Añora su tierra, los sonidos del monte...

Lucrecia Rafaela es la segunda hija del matrimonio formado por María Trinidad Ochoa y Alfredo Ezquerra.

No conoció a su hermana mayor, pues falleció a los 18 días de nacida. A los tres años de su nacimiento, llegó otra hermana de la que guarda los más gratos recuerdos y con tristeza comenta que está con Dios desde hace año y medio.

Tras el deceso de sus padres, creció al lado de una abuela recta, en una casa rodeada de los sonidos del monte, del canto del cenzontle, de maizales que hoy son cañaverales.

"Lo añoro a mi pueblo porque lo adoro, adoro a toda la gente que ya no existe la mayoría, pero los que quedan y descendientes de los que ya se fueron los quiero mucho", expresa.

El historiador don Antonio Nakayama siempre le decía "quieres tanto a tu pueblo que hasta le echas puñados de estrellas", al oírlo, lo retaba a pasar una noche allá.

Cuando terminó la primaria se propuso estudiar para maestra. En el primer año ya daba clases en la misma escuela. Llegó el socialismo y su abuela no dejó que continuara su preparación. Le propusieron ser directora, pero como tenía que caminar un largo tramo para llegar al lugar, no tuvo permiso.

Decidida puso una escuela, llegó a tener siete alumnos a quienes les cobraba 5 pesos a la semana, esa tarea le dio una gran satisfacción, pero fue por corto tiempo.

Otras pasiones de su juventud, recuerda, fueron el cine y el teatro, incluso alguna vez hizo un pequeño papel. 

'Pero no quiero irme'

Ahome, el lugar de su primavera, también ha sido su inspiración. Hace tres años le dedicó el poema Pero no quiero irme.

"Pero no quiero irme sin volver a mi pueblo, pasear por la noche oscura, oír el ladrido de los perros, el aullar del coyote...", recita con la emoción que brilla en su mirada.

Dejó su tierra un día después de su boda el 6 de febrero de 1944, para radicar en Culiacán, donde se dedicó a forjar un hogar con cinco hijos, Miguel Antonio (q.e.p.d.), María del Carmen, Angélica del Rosario, Antonino y Jorge Rafael.

Aquí, junto a su esposo participó en la política cuando el Partido Acción Nacional surgía, por allá en los 50, precisa.

Hoy, al lado de sus hijos y 17 nietos forman una familia unida a la que le ha inculcado el amor a Dios, humildad y respeto al prójimo.

Con ellos comparte sus anécdotas, como cuando vino a los 10 años a ver pasar a Álvaro Obregón que, tras su segundo triunfo como Presidente, se dirigía a la Ciudad de México, de su tío General que conoció a Heraclio Bernal y hasta que lo despidió supo que era el bandido que andaba buscando.

Les habla de sus amigos poetas de Chile, Argentina, Brasil y Perú, de los reconocimientos que ha recibido en su tierra y fuera de ella. Se ve complacida.

"Siento satisfacción porque fue un deseo mío que se ha cumplido. -Ser poeta- me llevó al parnaso, allá con los dioses", afirma.

"Casi mi vida está escrita en poesía, mis sentimientos tanto amorosos, como fraternos, a mis hijos, mis padres, a mis amistades, a gente que admiro aunque no conozca".

DISTINCIONES

La poetisa Lucrecia Rafaela ha recibido los siguientes premios:

2006: Premio de poesía Enrique González Gutiérrez, en Mocorito.

2003: Es reconocida en el Centenario de Ahome.

2002: El grupo Cultural Nahueri, que coordinan Rina Cuéllar y Yolanda Amézquita, la honra.

1982 y 83 ganó los Juegos Florales del Carnaval de Guamúchil

OTROS

- El Colegio de Humanidades del Pacífico de Mazatlán, por exponer conferencias.-

- Casa Domecq.


AMIGOS POETAS Bertha Hoch, de Argentina; Asunción Taboada de Gómez Mayorga, de Brasil; Óscar Ponce de León, de Perú, entre otros, fueron amigos de doña Rafaela.

Saber que debo

Fragmento

Lucrecia Rafaela Ezquerra de Román

Hoy me siento estéril

cual un árbol

sin fruto,

al final de un camino.

Mi cansancio es largo,

empecé a envejecer

con los ojos cerrados.

Cuesta lágrimas

evadir las vigilias

bajo el beleño somnífero

revestido

de amarilleces amargas.

Me hace falta el policromo

revolotear

de las marceras mariposas,

saber que debo esquivar

el amargor

de este silencio escueto.

Esta noche me perderé, iré al espacio,

encontraré el arcoiris

para irisar mi verbo.

Quiero darte mi verso

juventud,

sin tragedias

sin espinas

sin hieles...

sin lágrimas

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