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Cospita: lo que trajo el huracán
Después del ciclón Lane, en 2006, la producción pesquera en este campo pesquero no ha mejorado; lo que ha llegado es la atención de asistencia social para sus habitantes
Cristina Zambrano
15-02-2009
 
Desde el azote de Lane, los habitantes de Cospita tienen nueva cara.
Fotografía: Noroeste/Enrique Serrato.
 
 
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COSPITA._ El huracán "Lane", que en 2006 intentó arrancarles la vida, les quitó muchas cosas. Pero también se llevó un poquito de pobreza. Fue el mismo meteoro el que les trajo esperanza. Ahora el reto es diferente: la sal y la escasez de peces parece que los quiere condenar a la agonía.

En Cospita hay más fósiles de conchas que piedras. La tierra salada y arenosa impide la siembra de cultivos. Y tal vez en un par de años, ese campo ya no sea pesquero, pues poco a poco se ha ido acabando. Sin embargo, el esfuerzo de sus mujeres se ha encargado que esa comunidad no quede en el olvido.

Al campo, ubicado a 2 horas al sur de Culiacán, lo llamaron así cuando el acento costeño transformó su nombre original: costita. Y como en la mayoría de los campos de Culiacán, en Cospita, sindicatura de Baila, todos se conocen.

Cuando uno camina entre casas de madera y lámina que están a unos cuantos pasos de la bahía, los pescadores se ven fuera de su lugar de trabajo. Morenos y bronceados en exceso por el Sol, juegan en una cancha improvisada, construida con una red de pesca. Regresaron temprano del mar; hoy fue un día malo.

El único "ganón" fue Juan Quintero Tapia. Alcanzó a sacar 150 pesos de pescado que repartirá con su compañero. El hombre tiene 76 años, de ellos 70 los ha dedicado a trabajar en esa bahía.

"Aquí uno sobrevive, no vive, sobrevive", declara Juan desde la bahía, mientras saca los remos de la panga, "nos vamos a puro trabajar pa'poder ganar el cinco porque está más raquítico que la vida".

"¡No hay más!", interrumpe Rogelio Lizárraga, "la pesca deja puro problema, puro fracaso".

El hombre casi tiene un aire extranjero. Sus ojos verdes no pasan desapercibidos al lado de su dorada piel. Se roza con el brazo la frente mojada y suelta: "¿pero qué hace uno si no hay otro trabajo?".

Rogelio no sólo perdió su casa de madera y todas sus pertenencias durante el huracán "Lane", también su trabajo. La marea alta y los fuertes vientos destrozaron su panga.

Ese 16 de septiembre de 2006, la falta de un radio o una televisión, casi hacen que su esposa Carla Yadira López Acosta, en ese entonces con 7 meses de embarazo, se convirtiera en una más de las víctimas.

Carla Yadira recuerda que comenzó a llover. Las gotas caían cada vez más gruesas y veloces. La ropa tendida se caía de los mecates. Las palmeras, de troncos gruesos, firmes y fuertes, más bien parecían de plástico; el viento del meteoro, que alcanzó la categoría 5, destruía todo.

Su esposo se encontraba en la ciudad. Mientras, ella escuchaba cómo caían los techos de lámina. La mujer recapitula y dice que sólo abrazaba a sus hijos y rezaba. Sabía que no todo estaba bien. Y tenía razón. Era "Lane".

Así se quedó Carla Yadira, tratando de proteger a sus hijos. Hasta que sus vecinos la sacaron de entre las tablas que quedaban de su casa.

Esa mañana, las 226 familias de Cospita quedaron damnificadas y rodeadas de agua salada. Las mismas casas aún "guardan" los rastros de cuando las inundó el mar.

La tarde de ese mismo día llegaron las despensas, ropa, cobijas y zapatos que enviaba el DIF estatal y municipal. El huracán comenzaba a llevarse cachitos de miseria.

Meses después, la familia de Carla Yadira y Rogelio tenía casa de cemento. Un programa de Gobierno les dio la oportunidad de darles un techo a 22 damnificados.

Llega la esperanza



A esos terrenos también les llegó luz eléctrica, drenaje, agua potable y hasta una telesecundaria. Cospita comenzó a ser una "comunidad diferente". Las mujeres de ese campo pesquero se han encargado de ser las gestoras de todos los servicios públicos.

Carla Yadira, ahora es voluntaria de Desarrollo Comunitario del DIF. De hecho, ese programa ha ayudado a los 846 habitantes a transformar Cospita. Un grupo de 150 amas de casa se reúne a diario para darles de comer por 5 y 10 pesos a niños y adultos de la tercera edad, víctimas de la pobreza, del huracán y la falta de trabajo.

En un centro de alimentación elaboran a diario agua fresca, tortillas hechas a mano y comida para 60 personas. Lo único que no falta en Cospita es la solidaridad.

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