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Sábado 20 de Septiembre de 2014    
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Muestra Julián Félix García su arte en ixtle
En El Rodeo, un artesano realiza todo un proceso doméstico para hacer el mecate de ixtle con el cual elabora morrales y otros artículos
Martín González
12-04-2009
 
Julián Félix García realiza artículos diversos con el mecate de ixtle.
Fotografía: Noroeste/Martín González.
 
 
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COSALÁ._ El Rodeo es una caldera en el sopor del mediodía y las reverberaciones del sol se observan en la superficie del camino. El caserío de carrizo y barro atenúa la calor y hace más vivible la búsqueda. Los lugareños dan el santo y seña del lugar. A un costado de la iglesia, subiendo el vado. Ahí vive Julián Félix García.

El tejedor de bolsas de ixtle pastorea el sueño sentado en la silla de vaqueta. Siente la llegada y se despabila. La visita trae consigo a otra. Un par de plebes que sirven de intérpretes en la plática que se inicia. Julio, como le dicen los recién llegados, tiene problemas de lenguaje y audición.

"No tengo ixtle", dice.

La fibra que tiene en casa es insuficiente para la elaboración de un morral. Pero se le persuade y accede de buena gana. Quiere demostrar su arte y complacer al visitante. Y saca sus aperos y los dispone en los horcones y en el suelo crudo.

El génesis de la artesanía tiene lugar en el patio de su casa. Corta la penca y la "descarna" para extraer la fibra. El ixtle en greña ciega por su blancura, como crines de pegaso. Julio hace cordeles con el material.

La laboriosidad del artesano absorbe los sentidos. Manos galvanizadas por el trabajo arduo entre utensilios y el picor del jugo de las pencas. El olor agrio del maguey lastima el olfato desacostumbrado.

"Háganse pa'llá... esto quema".

Una ráfaga de aire levanta una polvareda que se mete por los ojos, pero el artesano se mantiene absorto en su trabajo. Clava aquí y retuerce allá. Dispone el mecate recién hecho en los estacones paralelos para el tejido. Coloca y se coloca las correas y semeja un escalador en las montañas con arneses rudimentarios.

La conversación no lo distrae. La curiosidad ajena lo tiene sin cuidado. Sus orígenes son desconocidos y su vida es una incógnita. Pero Julio exhala un halo de santidad rural y su trabajo tiene un tanto de liturgia. La sacralidad con la que lo hace trasmite una paz espiritual en el universo de El Rodeo.

Las manos adquieren movimientos de metate y la tela de araña va tomando forma. Las bocanadas de aire llegan con el rescoldo de la tarde y la vida se enmaraña en el petate que va naciendo entre los horcones de la casa.

El Rodeo representa un atractivo de Cosalá, el pueblo mágico. Aquí la tradición perdura en la conserva y la talabartería, en sus talleres domésticos donde se elaboran hamacas y artículos de ixtle, obtenido de las pencas de mezcal por los mismos habitantes.

"También lo compro en San Ignacio", da a conocer el artesano.

El tejedor vuelve a lo suyo y deja a los demás que elucubren sobre su pasado, que le creen una vida incierta, matizada por la desenvoltura con que maneja el ixtle, con la pasión con la que utiliza los utensilios que traen recuerdos de la prehistoria y con el aura de santidad en la que se mueve.

El Sol desciende y la resolana es más bondadosa. Las manos de acero de Julián gobiernan la fibra que se vuelve dócil, sumisa a los deseos y pretensiones del tejedor, que emana un resplandor de sabiduría ancestral en sus conversaciones con el ixtle. 

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