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Miércoles 19 de Junio de 2013
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Expresiones de la ciudad
Venga, viva lo que le reste y muera feliz
Julio Bernal
10-07-2012
 
Pues eso. Que quizá al vecino se le ponga al cien la certeza de que soy un bicho raro, y maldito lo que me importa. Pasa que estoy a la expectativa de que algún visionario anuncie en los medios que ya, bendito el día, cualquier interesado pueda empezar a pagar a plazos un ancianato a la medida, de tal forma que mañana, doña Juana, pues uno pueda decir, ajá, fue todo, allí los dejo con su vida, que de la mía yo me encargo y nada de que si te he visto yo me acuerdo, esto es, a otra cosa, mariposa: otro mundo, otras caras, sin compromisos, sin adioses, sin el ay, Dios mío, por qué te lo llevaste.

Sería fabuloso descubrir cierta publicidad cuyo lema fuera el Venga, viva lo que le reste y muera feliz, algo así como un lugar cómodo donde uno pueda asentar por escrito, tal vez con notario de por medio, o como diablos funcione la cosa, que no se recibe visita alguna, ni siquiera de familiares, que lo que uno asume es justo otra vida, la poquita que te quede, en sana convivencia con tus fantasmas, con unos buenos libros de compañía y que el personal al que le pagas te pase el tanque de oxígeno, si te place, o te acerque el bastón; o incluso, complicidad incluida, se le olvide darte las píldoras de la noche y amanezcas más tieso que un olote.

Y sería todavía más espectacular si el dichoso ancianato se hiciera cargo de tus restos, sin confesiones de última hora, sin esquela que valga, sin enredos de panteones, sin que nadie ande tras la decisión de si el ataúd va ser de metal o madera, en tono caoba o color gris. Sin nada. Y que con el sustento legal de una firma, a la hoguera con todo y arrugas, con todo y tus huesos haciendo clac mientras te llevan al fogón. Y las cenizas, pues que las tiren donde menos contaminen, o las usen si acaso sirvieran para rellenar algo, no sé, quizá el agujero de la pared por donde se cuelan las ratas. Lo que sea. Ya qué importa.

Por mis muertos más frescos, le juro, oiga, que estoy ahorrando para cuando llegue el momento. Lo digo stricto sensu. Con esto quiero decir, y digo, que me vale un huevo de pato todo el chorizón melodramático que se carga esta sociedad alrededor de la vejez y de la muerte, que yo supongo, si uno está en capacidad de decidir y de pagar lo que se debe, ambos actos deberían ser definitivamente privados, sin entrometidos, sin ningún imbécil, al menos cuando yo muera, queriendo adornar el escenario para que tiendan el cuerpo y te rodeen las flores y los cirios y el vecino y la madre que lo parió.

Por el otro lado, no me imagino alcanzar un tipo de ancianidad donde ya no puedas llevarte la cuchara a la boca y estés esperando a que el hijo, si lo tienes, o el sobrino, la hermana menor, o quien sea, tenga la desagradable obligación dizque moral de meterte la sopa; o que ya no puedas caminar y que alguien tenga que acompañarte a la hora de tus necesidades, o de bañarte; y que te tengan que vestir; y que te saquen a asolear por las mañanas. Eso para mí es un insulto a la dignidad humana. Yo preferiría pagar por eso. No quiero ser el bulto de nadie, salvo de quien sea su trabajo remunerado empujar la silla de ruedas del naufragado en vida.

Claro, está el asunto de la familia. El otro día le contaba yo este asunto a un sobrino por cierto menor de edad, pero extraordinariamente precoz. Le hablé de la incineración, del yo no quiero llantos, del yo no quiero nada. El enano, luego de escucharme con atención, alzó la vista y me dijo con firmeza: ¡eh, ni que se mandara solo! Pues eso, oiga, que en asuntos como tales la familia llega a ser un problema, porque debido a la cultura que nos cargamos, alguien debe en su momento hacerse cargo del viejito. Y velarlo cuando caiga. Y llorarle si el caso lo amerita. Y meterlo al hoyo. Y acaso unas flores de vez en cuando. Uta.

Pues a todo esto yo lo mando al carajo. Si tengo suerte y los rezos me dan una ayudadita, quiero cuando amerite dejar todo y a todos en santa paz, y con lucidez hacer mi maleta, tal vez unas llamaditas, un besos, bye, y derechito al ancianato de mi elección, algo así como una muerte en vida, desaparecido del mundo conocido, pero decidido a estrenar un nuevo universo: el de mi vejez, de mis libros y de mi muerte. He dicho. Y punto. Comentarios: jbernal@uas.uasnet.mx

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