Tropos - Periódico Noroeste
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Tropos
Vizcarra espera a Godot, Godot espera a Vizcarra
Adrián García Cortés
05/01/2008 | 00:00 AM
1._ Un nuevo Ayuntamiento gobernará a Culiacán. Signos premonitorios apuntan al rompimiento con un pasado sin presente. Culiacán se transforma a pasos agigantados. La administración que llega tiene que asumir el compromiso de forjar el futuro y no esperar al que, quizás, nunca pueda llegar. Es la visión de Samuel Becket (1906-1989) en su obra Esperando a Godot, donde la miseria y la mendicidad se hermanan con la opulencia y la servidumbre, para esperar lo que nadie conoce.
Ayer la grandilocuencia, hoy la sobriedad. Ayer el discurso político, hoy los hechos que cuentan. No más adjetivos de promesas, sino sustantivos que cumplan. Puertas abiertas, no cotos cerrados. En suma: servidores públicos, no público de servidumbres. Primer síntoma: en el último informe de la administración que se fue: escenario de altezas; en la toma de posesión, un reducido templete y tres cortinas con el color simbólico del escudo oficial de Culiacán. No más gritos contratados para lanzar vivas y estimular el aplauso; al final, como preludio de lo que ha de ocurrir, sólo un coro de niños cantando a Schiller en la Oda a la Alegría de la 9º Sinfonía de Beethoven:
Alegres como giran los soles en el espacio magnífico del cielo apresurad hermanos vuestra carrera, como alegre va el héroe a la victoria

2._ Culiacán es hoy ciudad millonaria; todo cuanto acontece le afecta a multitudes. Administrarle sus servicios exige estructuras modernas, acorde con los tiempos informáticos que vive la sociedad. No hay ya cuitas menores; todas son drama continuo que se cuantifican por millares. El viejo Culiacán de Verdugo Fálquez o de Antonio Nakayama, quedó para la historia escrita contada aún entre cronistas y académicos. Ahora, decir Culiacán es hablar de “molls”, de casinos, de “clusters” y de consumismo extremo. Reclamarle a Culiacán es decir parque motorizado sin vialidades que lo soporten ni espacios para estacionarlo; es hablar de inundaciones por falta de un drenaje pluvial; es reclamarle al INAH que no protege el patrimonio, cuando los nuevos propietarios lo que quieren es desaparecer el centro histórico para subirse a rascacielos; es, asimismo, violencia cotidiana y carencia de cultura urbana. Es, en un todo compactado de nuevas estructuras y nuevas visiones, tener que dejar en archivo de concentración los viejos modelos de la administración municipal para que emerja el nuevo ciclo, la nueva función que en el signo de los tiempos reclama la renovación.
Con Becket –Premio Nobel 1969--, la similitud de Culiacán con su Esperando a Godot es paradigmática. Se trata de una obra de teatro en dos actos con un mismo escenario, junto a un árbol del camino, escrita durante la posguerra y publicada en 1952.
Irlandés de origen, Becket hizo esta primera obra en francés. Su trama se centra en dos parejas: los mendigos Estragón y Vladimiro; el amo Pozzo y el esclavo Lucky. Bajo el árbol ambos mendigos esperan a un tal Godot, del que sólo saben que vendrá mañana. En la espera se topan con Pozzo y Lucky; Pozzo tiene atado a Lucky con una correa y sólo buscan distraer su aburrimiento. Dícese que Becket centró, también, su interés en la angustia indisociable de la condición humana propicia al yo solitario o a la nada. Humor corrosivo y alegría en la jerga.
La obra no termina, no tiene fin, pero las tribulaciones se repiten con comentarios e interpretaciones diversas. Las expresiones son cómicas, en medio del drama narrado y real de los mendigos; hay humorismo, se ríen de ellos mismos, porque los cuatro hablan y disputan sobre lo absurdo: diálogo de sordos en el que nadie escucha a nadie, preguntas desfasadas con respuestas de esperanzas y promesas que de antemano se sabe que nunca se van a cumplir. Mundo de gestos y de pantomimas, la farsa y la simulación como realidades de su entorno. Extremos surrealistas o sentido metafísico de lo que nunca llega: a veces hasta la intriga se vuelve banal, y el discurso lleno de vacíos, todas las reglas de la dramaturgia que saltan de un lado a otro. Finalmente, el espectador proyecta sus propias inquietudes que nunca llegan a un final lógico. (Google)

3._ Es aquí donde la similitud hace de Vizcarra otro Becket, quien en espera de Godot, tiene que alentar la esperanza sin saber de dónde venga ni dónde va, aunque su existencia sea mítica y tenga que navegar con el absurdo.
De Becket suele decirse que personifica a la generación de la posguerra: él sin ser francés, tuvo que luchar junto con la resistencia para expulsar al invasor alemán. Los estragos de la guerra sumió a sus contemporáneos en una psicosis de esperanza e incertidumbre hermanadas, que dio por resultado una corriente filosófica llamada existencialismo. Fue el drama sobre que se reconstruyó Europa, y al cabo de los años produjo la Unión Europea como modelo de naciones asociadas que antes se odiaban a muerte.
Godot eso es lo que representa. Y tirando un poco los telares de la historia, podemos decir que Culiacán vive su propio existencialismo en una inserción social carente de identidad, al borde de la desesperanza, pero siempre consumiendo, como lo hacían los aztecas cada 52 años, cuanto de bienes estaban a su alcance, como si al día siguiente no fuera a salir el sol. Y en el entramado económico y humano, Culiacán también vive una extraña simbiosis de capitales, que mucho han acusado de ocuparse en lavanderías monetarias.
La cuestión para el nuevo Ayuntamiento, o más específicamente para el Alcalde, es saber si Vizcarra espera a Godot, o Godot lo llama a cuentas.

Comentarios: adriang@live.com.mx
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