Un hombre de negocios - Periódico Noroeste
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DON JULIO BERDEGUÉ
Un hombre de negocios
Hasta el último de sus días don Julio Berdegué tuvo proyectos, encabezó la dirección de sus 16 empresas, regañó y premió a sus empleados, y viajó. Siempre sin un peso en la bolsa y listo para decirle a quien lo quisiera escuchar que era un hombre sin dinero
Ariel Noriega
21/04/2017
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Foto: Noroeste

El lunes don Julio Berdegué se sintió mal, aún así hizo un esfuerzo y se presentó a trabajar en sus oficinas. Hasta el último día ejerció su papel de hombre de negocios.

 

Constructor de decenas de empresas y responsable directo del éxito de las empresas de amigos, protegidos o simplemente de gente a la que le gustaba ayudar, don Julio mezcló las características de los empresarios para conseguir hacer fortuna y permitir que otros la hicieran.

 

El día de su muerte dejó más de 15 empresas funcionando, y hasta el último día las dirigió todas, aunque cada vez delegando más responsabilidad en dos de sus hijos y en los gerentes que él mismo ayudó a formar.

 

A pesar de sus éxitos empresariales, don Julio nunca manejó cuentas personales donde guardara dinero en los bancos, recibía un sueldo como director general de sus empresas, comía en los hoteles, lo transportaban las camionetas de sus empresas, no necesitaba cargar efectivo en los bolsillos, por eso le gustaba decir que era un hombre que no tenía dinero.

 

 

Su fortuna eran sus sueños construidos frente al mar, su fraccionamiento, sus campos de golf, los proyectos que seguía discutiendo con sus gerentes.

 

Su capacidad para hacer los proyectos turísticos más grandes que conoció el Mazatlán de finales del Siglo 20 sería suficiente para asegurar la vocación empresarial de don Julio; sin embargo, él siempre recordó que su primera vocación fue ser científico, y la decisión que marcó su vida la tomó aquí en el puerto, hace muchos años.

 

En 1963 el Gobierno federal absorbió las empacadoras de la empresa donde trabajaba, lo que lo empujó a renunciar y elegir entre regresar a trabajar a la Ciudad de México o instalarse de manera definitiva en Mazatlán.

 

En ese tiempo, estaba a punto de terminar una casa en Mazatlán para su familia, donde había invertido su sueldo como responsable de las empacadoras.

 

 

La casa todavía está ubicada en la Colonia Loma Linda, pero don Julio no pudo disfrutarla porque antes de estrenarla se le presentó la oportunidad de venderla a José María González Urtusuástegui, entonces director de la Lotería Nacional.

 

La venta le permitió contar con 560 mil pesos, su primer capital importante y que le permitió iniciar sus empresas.

 

Con el dinero en la bolsa, don Julio rentó un departamento en el Edificio La Americana, frente a la Playa Norte, instaló a su familia y se sentó a platicar con los pescadores de la cooperativa La Sinaloense, llegaron a un acuerdo y le entró al mundo de la pesca invirtiendo 500 mil pesos para habilitar a los pescadores ante la inminente temporada de camarón.

 

Pero el sueño no se cumpliría tan rápido y la suerte que lo había acompañado en la empresa empacadora parecía haberlo abandonado: la temporada fue mala y apenas pudo rescatar 50 mil pesos de su inversión.

 

 

Conocedor del negocio, sabía que la única forma de recuperar su dinero era volviendo a invertir, así que recurrió por primera vez a los bancos y solicitó 500 mil pesos prestados, que le otorgaron gracias a la mediación de José Ramón Fuentevilla, quien le presta a la palabra, cuando no poseía ninguna garantía comercial.

 

El dinero lo distribuyó invirtiendo 200 mil en La Sinaloense, que ya estaba equipada, y 300 mil en la cooperativa Álvaro Obregón, con lo que dobló su apuesta.

 

Su persistencia le dio resultados: ese año la temporada de camarón registró capturas muy altas, recuperando su inversión con creces.

 

Con el capital necesario y la experiencia de los gastos de almacenaje y transporte, empezó a construir una congeladora y su propio transporte.

 

 

Don Julio comenzó a habilitar a cooperativas desde Guaymas hasta el sur de Sinaloa, y con las ganancias compró a la familia Fuentevilla la congeladora Mariscos Tropicales, conocida como “El Enchufe”, a espaldas de la Cervecería Pacífico.

 

Trasladó la congeladora al Parque Bonfil y esto le permitió modernizar su planta y presentar una mejor variedad de productos a sus clientes que llegaban desde Japón y Estados Unidos.

 

Compró su primer barco gracias a otro crédito, y con las ganancias comenzó a construir sus propios barcos; en esa época Leovi Carranza ya había renunciado a la empacadora donde trabajaba y se había unido a don Julio como su mano derecha.

 

Con la ayuda de Berdegué, Carranza comenzó a hacer sus propios barcos y arrancó su propia carrera, que lo convertiría en un empresario de talla mundial.

 

 

Don Julio reconocía que le dolió mucho la salida de Leovy de sus empresas, pero veía el hecho como la ley de la vida y aseguraba que él hubiera hecho lo mismo.

 

En el futuro, ya en el negocio del atún, Leovi Carranza se convirtió en el apoyo financiero “de emergencia” de don Julio.

 

Con Mariscos Tropicales, Pesquera Dolores y Tropical Marine, don Julio conformó uno de los principales complejos pesqueros de la época con barcos camaroneros, congeladoras, camiones refrigerados y distribuidores en Estados Unidos y Japón.

 

Su siguiente paso fue la participación activa en las cámaras nacionales de pesca, ahí se destacó por ser un férreo defensor del desarrollo de la pesca y la inversión privada, pero al final la política se impuso sobre sus deseos y el Gobierno decidió intervenir en la pesca.

 

 

Después de años en la pesca y con la saturación de barcos y pangas en la pesca del camarón en el horizonte, don Julio decidió salir del negocio del camarón y entrar en el del turismo.

 

Otra vez su capacidad para ver el futuro le permitió vender a tiempo parte de sus barcos a Nicaragua, donde había ganado la Revolución Sandinista y buscaban dotar de barcos a sus pescadores.

 

El resto de sus empresas de pesca se las vendió al Gobierno federal, durante el sexenio de José López Portillo, con quien se llegó a entrevistar personalmente para ver detalles de la operación.

 

En 1972 don Julio compró a María Luisa Montero 100 hectáreas de un terreno lejano y lleno de monte y marisma, ahí se construiría la primera parte del Fraccionamiento El Cid y el Hotel Granada.

 

 

Después de construir su primer hotel, el Granada, siguió comprando terrenos, siempre creciendo frente al mar y rumbo a lo que hoy es la Marina El Cid.

 

Cuando los campos de golf eran sólo un recurso de los grandes destinos turísticos en el extranjero, don Julio recorrió varios países para ver cómo se hacía uno y terminó trayéndose a Mazatlán a un argentino que diseñó el primer bosquejo del campo, y terminó por construirlo Tom García, un ex golfista, con la ayuda del arquitecto Ondorica.

 

Con créditos y la venta de las primeras casas y lotes del fraccionamiento, comenzó a construir el complejo hotelero de El Cid, que hoy comprende cuatro hoteles en Mazatlán, uno en Cozumel y otro en Playa del Carmen, Quintana Roo.

 

En cada uno de los proyectos, construcciones o incluso en los negocios ya trabajando, don Julio siempre estuvo presente.

 

Se trasladaba de Cancún a Mazatlán y recorría los hoteles aún con su salud ya deteriorada.

 

Hace un mes explicaba minuciosamente su nuevo proyecto, Marbella, un desarrollo localizado junto a la Marina El Cid.

 

En sus ojos había un brillo metálico, sonreía y ofrecía sus proyectos con el encanto de los vendedores de experiencia.

 

Tenía 76 años pero parecía que estaba a punto de hacer su primer gran negocio.

 

 

ASÍ TE LO CONTAMOS HACE 10 AÑOS

 

 

 

 

 

 

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