Castillo de naipes

Ernesto Hernández Norzagaray
15 noviembre 2015

"Esta adaptación de una versión televisiva británica, plantea no sólo el ABC del acceso y permanencia en el poder, sino lo que ocurre tras bambalinas en esa metáfora llamada Casa Blanca"

El cine estadounidense no es muy prolífico en obras políticas, pero cuando la industria se decide a hacerlo realiza grandes producciones. Ahí está quizá la más memorable, "El Gran Dictador", que Charles Chaplin realizó en 1940 y un año después El Ciudadano Kane, que dirigió Orson Welles; Zacco y Vanzetti bajo la batuta de Giuliano Montaldo, en 1971; y Todos los hombres del Presidente, producida en 1976 por Alan J. Pakula; JFK y Nixon dirigidas por Oliver Stone en 1991 y 1995, respectivamente; y V por Vendetta de James McTeigue en 2006, y la más reciente, pero no la más exitosa, Lincoln que dirigieron en 2011 Steven Spielberg y Kathleen Kennedy.
Ahora, hay una serie que gracias a la plataforma del streaming Netflix, hemos podido disfrutar a lo largo de más de 20 horas –a mí me llevó más de dos semanas en ver los 26 capítulos- que lleva por título House of Card (Castillo de Naipes) dirigida por Beau Willimon y protagonizada por Kevin Spacey, Robin Wright y Kate Mara, que por su calidad se ha hecho merecedor de siete nominaciones a los premios Primetime Emmy en 2013 y también obtuvo una extraña distinción que recientemente la prensa reveló con motivo del Tianguis Turístico Cancún 2014.
Se trata de la asistencia a ese evento de promoción turística de Kevin Spacey en calidad de invitado pagado, y por su presencia se afirma se habría desembolsado 8 millones de dólares de dinero público. Por supuesto la Presidencia de la República lo negó rotundamente, aunque el actor aceptó haber cobrado por la asistencia al mayor evento turístico del país.
Incluía, según la periodista de Washington Dolia Estevez, una foto que compartían Enrique Peña y Kevin Spacey, que este último tuitea a sus 3.38 millones de seguidores. La selfie del actor y el Presidente de la República se publicó en su cuenta y decía: "Uno de estos presidentes es real. Con el presidente Nieto [sic] en #Mexico. Es bueno conocer a un hombre que también está haciendo progresos en su primer año de gobierno [sic]. @EPN".

Poder
Esta serie que es una adaptación de una versión televisiva británica del mismo nombre, plantea no sólo el ABC del acceso y permanencia en el poder, sino todo lo que ocurre tras bambalinas en esa metáfora llamada Casa Blanca. Es la lógica más brutal de una concepción de la política basada en el pragmatismo, donde la conquista del poder está por encima de todas las cosas. El mejor ejemplo es el del matrimonio Underwood, donde Francis, mejor conocido como Frank, y Claire, han hecho un pacto de un extraño amor que prescinde de los hijos. Ella aborta tres veces. Y es un amor a prueba de todo, incluidas las infidelidades de ambos y un ménage –a-trois con su guardia personal.
Sólo que hay una regla, no se permite el silencio en todo aquéllo que puede afectar su proyecto. Ambos comparten todo lo que está directamente vinculado a su objetivo mayor, que es la conquista del poder. Y entre más alto, mejor. Su filosofía es nítida cuando se plantea el dilema sobre que es más importante y duradero: El poder o el dinero. Esta matriz que en tiempos corporativos muchos no dudarían en señalar que es lo segundo. Acá en el filme de Willimon no es así y antepone un principio liberal que se viene perdiendo, como es la frontera de lo público y lo privado.
Para Frank Underwood, que aspira a llegar a lo más alto de la política norteamericana, renunciar a lo público para perderse en la sumisión ante los grandes corporativos es una cuestión de principios, pero también de la peregrina idea de que el poder no sé comparte. No obstante, eso exige un autorreconocimiento de su papel primero como líder de la cámara baja y luego como vicepresidente. Y más tarde, como Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
Su choque contra el tinglado corporativo estadounidense-chino le genera riesgos, pero también oportunidades. Asume constantemente riesgos, pero juega incluso en la línea del precipicio de las oportunidades. La política obliga en todo momento a jugarse el todo por el todo. Aunque siempre hay la ventaja de jugar con las emociones de los otros, incluido el cálculo de suma cero al que le apuestan sus adversarios económicos.
Así mientras él llega del brazo de Claire a la Presidencia, Raymond Tunk, el veterano multimillonario con su ejército de abogados tiene que ir a parar a una prisión federal por lavado de dinero chino en la política norteamericana. Se cumple así la máxima de Frank Underwood de que el dinero (y la libertad) se puede perder el día menos pensado, mientras el poder llega a ser para siempre.

Factores de poder
Sin embargo, la política es circunstancia creada, los hombres y mujeres del poder se desenvuelven entre las acechanzas de los políticos y los llamados factores reales de poder. Los cabilderos de las grandes corporaciones, los medios de comunicación y hasta los hackers que buscan minar los sistemas de seguridad de las estructuras del poder. El poder seduce y también asesina. Las periodistas de este filme convierten la información en moneda de cambio. Tú me das, yo te doy. Es el tejemaneje por alcanzar la nota de ocho columnas. Mas no es sólo eso, también la diferencia entre la vieja y la nueva forma de concebir el periodismo.
La dueña del Herald donde trabaja la pequeña Zoe Barnes decide entre ésta y su director más vinculado a otra concepción de periodismo. Apuesta aquélla por el riesgo en los albañales de la Casa Blanca. Eso vende y en tiempos malos para el periodismo escrito, es oro.
Y la pequeña Zoe se enreda sexualmente con Frank buscando obtener primicias. Le cuesta la vida como también al diputado alcohólico y desenfrenado Peter Russo que lo usan y lo hacen creer que será gobernador de Pensilvannia. Luego de usarlo lo botan a un año que se le obligó dejar el trago y a comportarse correctamente. Una tras otra van desechando las piezas que no sirve al proyecto político de los Underwood y en esa estrategia en busca del poder no cabe la moral, pues se impone la traición y el engaño. No hay amigos sino sirven a su proyecto. Aun cuando represente dolor. Quizá, como afirma Frank, por eso no soporta el dolor inútil e innecesario.

Sexo y poder
La mejor estampa de la relación sexo y poder es la relación del cabildero corporativo Eduard y la bella e inteligente diputada Jackie Sharp. Uno representa el interés de sus patrones y la otra los propios, los de su carrera política. Que están más allá de su protector Frank, quien la ha puesto en su papel de líder de la bancada demócrata, pero luego se ha rebelado. Los acostones están marcados por la línea que separa el amor del poder, que en esos niveles no parece existir, todo está en función de él, y entonces se vuelve meramente carnal. Insustancial como intrascendente. Él busca dar la pauta para hacer algo más estable, sin embargo los intereses que representa terminan por ser una amenaza para la carrera de Sharp, quien lo acusa de utilizarla para conseguir sus objetivos. Y si, en ese amorío no hay espacio para los sentimientos. Sólo es un intercambio de fluidos.
Finalmente, la película es un puente entre Maquiavelo y Montesquieu, que recuerdan los diálogos entre estos personajes que elaboró magistralmente el francés Maurice Joly. Uno exhibe lo peor de la condición humana mientras el otro representa el mundo de la ley y las instituciones. Una síntesis que no es excesiva, sino es la que le da un valor a esta gran serie política.
Lo curioso es cómo Peña Nieto busca cobijarse con un actor que habrá terminado riéndose del provincianismo de nuestra clase política.