El chico de otro mundo

José Abraham Sanz
10 noviembre 2015

"En algún momento despertó sin recuerdo de lo sucedido; una imprudencia juvenil hizo caer a Miguel Ángel del trapecio de la vida"

Miguel Ángel Brown Salazar
Delantero

En algún momento despertó sin recuerdo de lo sucedido; una imprudencia juvenil hizo caer a Miguel Ángel del trapecio de la vida, pero una red tejida por su familia y amigos lo salvó. Busca inventar una prótesis perfecta y anotar gol, inspirado en la pasión por el futbol

Octava de 10 partes

MAZATLÁN._Es difícil ver por un rato a Miguel Ángel Brown y no conocer su sonrisa. La lleva casi siempre.
En los peores momentos, recuerda su papá, no dejaba de bromear.
"Hijo', le dije mientras lo tomé de la mano. Él estaba inconsciente después del accidente. 'Si me quieres, apriétame la mano una vez. Si no me quieres, apriétame la mano dos veces'... Yo les grité: sí es él, sí es él. Me apretó la mano dos veces. Y lo hizo para pelear conmigo", recuerda.
"Él siempre ha sido así, de bromista".
Una imprudencia, una jugarreta del destino, causó un accidente automovilístico en Culiacán en el cual un joven perdió la vida, Miguel Ángel sufrió lesiones en la cabeza y perdió una de sus piernas. Además de que otros dos muchachos resultaron con lesiones menores.
Pero también se dibujó un escenario perfecto para que se concretara un milagro, según lo afirma su padre.
"Haz de cuenta que yo me dormí una noche en mi casa, y cuando desperté, estaba en un hospital", cuenta Miguel Ángel, hoy de 19 años, que así lo vivió.
Dos meses entre hospitales, operaciones y una recuperación lenta, pudo ser más pasadera con un pequeño ejército de amigos, una familia unida y la fortaleza de quien, después verse de cara con la muerte, ha dicho que ese día, el 26 de mayo de 2006, perdió un amigo... y después su pierna derecha.
"Margarita me ha dicho que soy de otro mundo", ha repetido Miguel Ángel un par de veces, antes de que su amiga de la infancia se una a la charla en su domicilio, en la colonia Lomas del Sol, en Culiacán, Sinaloa.

El jugador de prácticas extras
"Ese es mi hijo", grita Miguel Ángel padre, cuando ve a su hijo superar por velocidad a sus compañeros en el complejo deportivo Sa-Gol ubicado en la zona urbana de Mazatlán. Es un domingo como cualquier otro en los últimos cinco meses de su vida.
Su hijo es el más espigado. Es alguien que ha estado ligado al deporte antes y después del accidente. "Nunca se cansa, es muy inquieto", recuerda su madre María Elena.
En el campo, el delantero tiene olfato. Se mueve, diestro con las muletas, en busca de aprovechar un pase filtrado. Hace una finta, busca a un compañero y cede un pase. No dispara.
"Es que él era derecho. Fue la pierna que perdió", se comenta en el campo.
Por ello, el director técnico Berc Zorian lo ha llamado a hacer una práctica extra. Le explica cómo y dónde debe quedar la punta gomosa de su muleta como si fuera su pierna de apoyo y la manera en que el empeine debe impactar al balón.
Miguel Ángel, quien nació el 19 de julio de 1991, lo intenta tres veces. La primera la ataja Joaquín, el portero con un brazo, sin problemas. La segunda el balón se va a penas por un lado y la tercera apenas llega a la meta.
El "Zorro" no se desespera y Miguel Ángel nunca está cansado. Los siguientes son disparos colocados a la parte más lejana de Joaquín y el balón impactado provoca que las redes se mesan varias veces.

Los recuerdos imborrables
Al papá de Miguel Ángel aún se le quiebra la voz al recordar.
Aquel viernes de 2006, la noticia se regó como pólvora. Un grupo de jóvenes que conducían una camioneta en la Isla Musala se dirigían de regreso a una reunión de la que sólo habían salido a comprar botanas, después de ver un juego de futbol.
En una curva, antes de subir al puente que lleva al Malecón en Culiacán, el piloto perdió el control. El vehículo se impactó contra una palmera. Alejandro perdió la vida al salir disparado de la unidad. Los otros dos también salieron tras el impacto, con lesiones menores.
Pero Miguel, quien viajaba en un asiento atrás del copiloto, no alcanzó a salir. La mole de acero y plástico en que se había convertido el vehículo, le había atrapado su pierna derecha.
Los testigos pidieron auxilio. Un camión repartidor de agua fue saqueado por amigos y testigos, el objetivo era que impedir que la camioneta se incendiara, darle más tiempo a Miguel, conmocionado, inconsciente y prensado de la pierna.
"Me dijeron alguna vez que a la hora de sacarlo la lastimaron la pierna. Hoy yo le beso los pies a quien lo sacó", dice con lágrimas su padre.
"La prioridad era que se recuperara del golpe en la cabeza. Su cerebro estaba inflamado y se iba a morir".
"Es muy difícil para un papá escuchar que cada 15 minutos le dicen a uno los doctores: su hijo se va a morir".
La fortaleza física de Miguel Ángel comenzó a jugar a favor. Fue llevado al área pediátrica del Seguro Social, no era recomendable moverlo. Después fue trasladado al Hospital General.
"Comenzó a tener reacciones. Como no comía nada, estaba casi en esqueleto. Cuando comenzó a volver en sí, movía los brazos, balbuceaba y no reconocía", narra.
De manera simultánea, una generación del Colegio Sinaloa lloraba por la muerte de Alejandro en el accidente y la infortunada enfermedad que consumía a otra compañera.
"Fueron momentos bien difíciles, porque pensábamos a cada rato en ellos", recuerda Margarita López, su amiga de la infancia. "Éramos algunos sesenta chamacos que nos llevábamos afuera del hospital".
"Tenía yo mucho miedo que Miguel cayera. Pero conforme avanzó, él nos arrastró a todos. Nos ayudó a superar la muerte de Alejandro y a demostrarnos que si él pudo vivir y recuperarse de eso, ¿por qué uno no habría de poder hacerlo?".
Miguel Ángel escuchaba atento y no dejaba de sonreír.
"Cuando yo fui a verlo, estaba muy delgado. Yo pensé que ese no era su cuarto, pero cuando me fijé en él, en sus ojos, pude ver que sí era. Le pregunté: ¿me reconoces?, sí, me dijo, eres la Pink Ranger. Eso era un recuerdo de la primaria, yo era su Pink Ranger y él era el Blue Ranger", recuerda.

Las prótesis perfectas
Miguel Ángel nunca estuvo encerrado después de la amputación. Regresó a la escuela y para que pudiera acostumbrar su nueva vida tuvo dos prótesis: la necesaria para completar su movilidad y una afectiva, que se le detonó.
"Margarita me obligaba a comer. Duré como dos meses sin probar alimento, mi estómago se hizo chiquito y me llenaba con lo que sea, pero ella me obligaba", recuerda.
Tomaba clases en un reposet. Y poco a poco, después de mimos y cuidados en exceso, el grupo comenzó a exgirle cada vez más que se valiera por él mismo.
En su casa, Miguel Ángel no usa prótesis. Prefiere brincar de un lado a otro en una sola pierna. Antes de sentarse a charlar, había bajado la escalera con gran rapidez.
Conduce él mismo una camioneta para ir a Tecnológico de Culiacán cada mañana. Ahí estudia una Ingeniería en Mecatrónica.
Batalló, admite, para estudiar al principio. Recuerda su madre María Elena alguna vez haberlo visto llorar de desespero. Entre las secuelas, además de la pérdida casi total de los sentidos del gusto y el olfato, tenía poca capacidad de retención.
En la ingeniería, dice, busca lograr tener el conocimiento suficiente para poder construir o fabricar una prótesis que sea mucho mejor a las que ha conocido, para ayudarse a él mismo y a los demás con una condición similar.
En algún momento, recuerda su mamá, le preguntó: Miguel Ángel, ¿no sientes coraje por lo que estás viviendo?
"Su respuesta fue: Mamá, dejé de hacer muchas cosas que me gustan, pero estoy haciendo otras cosas que disfruto. O sea que no le interesaba, no se vio afectado. Vio lo positivo", recalca.
"A nosotros nos dijeron, les va a ir muy mal. Va a entrar en una depresión muy fuerte. Les va a aventar con comida, les va a hablar con groserías. Pero nosotros nunca vivimos etapas así con él".
Cuando a Miguel Ángel lo invitaron a jugar a través del equipo de baloncesto sobre silla de ruedas, su papá fue claro: Te queda una pierna, ¿qué va a pasar si te lastimas?

- ¿Y por qué decidiste jugar, Miguel?
Cuando recién me invitan, digo, quiero jugar. Pero donde me lesione, me lastime. ¿Qué va a pasar?, pero me terminó ganando la pasión por el futbol. Yo era derecho. Me quedó la izquierda y ni modo. Hay que seguirle.