Firmas
16 noviembre 2015
"Hablemos, pues, de la barbarie"
A propósito de lo que pasó en Puebla, hablemos, pues, de la barbarie.En 2004, en Tláhuac, en el mes de noviembre, ocurrió un linchamiento similar al que tuvimos en días pasados en Puebla. Pero qué estoy diciendo, ¡todos los linchamientos son iguales! ¿Hace falta saber las particularidades de cada uno de los dos acontecimientos aberrantes para emitir un juicio condenatorio que dé cuenta del nivel de barbarie al que descendemos cada vez que se presentan hechos así? ¿Es esto el México profundo del que tanto hablan algunos? ¿Forma parte, la justicia por propia mano, de los usos y costumbres de algunos grupos de ciudadanos del centro y sur de nuestro País?
Yo no sé si el acto del linchamiento forme parte del abanico de posibilidades que posea una comunidad aquí en México para buscar que se haga justicia frente a ciertos crímenes y criminales que deambulan por ahí. Me resisto a pensar que sea así. Pero, si, en efecto, es así, entonces esta medida justiciera no podría encontrar en mi fuero interno ningún gesto aprobatorio por mínimo que fuera. Linchar a un sujeto o a un grupo de sujetos revela lo lamentable de la condición humana de quienes incitan o azuzan de la manera más perversa a la muchedumbre a que cometan este tipo de barbaridades. Lo mismo, la multitud: el apetito feroz de sangre no habla de otra cosa que de la bajeza con la que se actúa en momentos en los que la razón ha quedado obnubilada por un exceso de embriaguez morbosa.
La masa se alimenta de ilusiones, y entre ellas, la que más necesita para seguir comportándose como tal, es la ilusión de unidad: el impulso frenético de tirar todo por la borda con tal de sentirse parte de una danza que posee a sus miembros y los hace partícipes de un Todo. El acontecimiento multitudinario semeja un estado de alteración de la conciencia en el que se botan los sentidos y lo único que importa es ser parte de ese vaivén océanico por el que se obtiene una satisfacción casi mística, desbordante.
En el crimen perpetrado por la masa, en el linchamiento, los integrantes del grupo encuentran la sensación mediante la cual se perciben como siendo Uno.
¿Qué importa si los muchachos apedreados o quemados eran o no encuestadores? ¿Qué importa ya si los chicos linchados son o no culpables de los que se les acusa? En los actos lamentables de la masa, ya todo es siempre demasiado tarde: la tribu está enardecida, y no soltará a su víctima hasta satifacer su sed de venganza. Porque lo que la masa realiza es eso: un acto de venganza, un crimen que en el fondo es una reacción a otro crimen -real o inventado, poco importa ya- al que la masa acude para legitimar lo injustificable. ¿Y si los linchados hubieran sido realmente criminales? ¿Eso le otorga a la turba el derecho a quitarles la vida de esa manera? ¡Va! ¡Pero por supuesto que no!
En el acto cobarde del linchamiento destacan algunos ingredientes que casi nunca faltan: un vacío de autoridad (una falta importante del estado de derecho), ciertos sujetos perversos que azuzan a la multitud y que terminan llenando el vacío dejado por la autoridad, una multitud deseosa de ser alimentada en su morbosa ilusión de unidad, y, finalmente, un puñado de víctimas que, insisto, poco importa si es o no culpable de lo que se le acusa. Con eso tenemos prácticamente una bomba.
Cuando tenemos un vacío de autoridad, lo que se produce en una comunidad particularmente proclive a este tipo de actos -en estos casos, porque forme parte de sus llamados "usos y costumbres"- es una relación no mediada con las víctimas que tienen en sus manos. Una vez que se presenta este escenario, la voracidad de la masa no tendrá otro límite que el impuesto por sus propias pulsiones. ¿Qué hace falta? Una mediación, una Instancia Tercera, que, por supuesto, es la autoridad, la Ley. De otra manera, la masa se relaciona con su entorno de tal forma que no existe una distancia jurídica que la coloque en el registro simbólico que le permita establecer, ahora sí, un trámite legal, por ejemplo, en contra de quien resulte responsable de algún delito determinado.
Por otra parte, esa instancia tercera tendría también que operar desde la subjetividad de los ciudadanos de la polis. De ahí que en lugar de ser efectivamente ciudadanos, quienes perpetran el acto del linchamiento, terminen siendo parte de una turba que, so pretexto de hacerse justicia por los "abusos de los que han sido objeto durante años", lo único que persigue es satisfacer algo del orden de la crueldad y el odio que les aportaría esta mentada ilusión de unidad de la que hablé líneas arriba.
Reflexionar sobre la barbarie implica despojarnos de la indumentaria de cierta "mexicanidad" en la que a veces muchos intelectuales y académicos se ocultan.
México requiere modernizarse, pero no tanto para ser más competitivo, como dice la cantaleta de la tan desprestigiada clase política que nos gobierna, sino, más bien, para acceder a un registro cultural y civilizatorio en el que el respeto por la vida humana sea absoluto.
orpinela74@hotmail.com