Firmas

Gustavo Orpinela
16 noviembre 2015

"El cangrejo maligno"

La atroz firmeza de su paso hace temblar a cualquiera. Los oídos se erizan cuando se escucha su nombre. El cáncer es pura malignidad pura en cualquier sentido de la palabra. No sólo destruye cuerpos por donde quiera que pasa, sino también esperanzas, ilusiones, expectativas, proyectos de vida, sensibilidades, sonrisas. Las familias se ven dolorosamente amputadas ante la fragilidad que exhiben frente a este extranjero indeseable. La ferocidad con la que se conduce el cáncer casi no conoce parangón en el ámbito de la medicina.
La agresividad de esta enfermedad hace pensar en un enemigo asesino para quien sus víctimas no son dignas de ningún tipo de consideración. Su despiadado carácter ha mantenido en alarma constante a la medicina de los últimos cien o ciento cincuenta años. Nunca una enfermedad tan diseminada ha provocado tantos enigmas a los profesionales de la salud. Y tanto horror.
Quien se entera de que un familiar o un amigo cercano ha sido diagnosticado por un cáncer de cualquier tipo, inmediatamente hace la ecuación automática en su cabeza: cáncer igual a muerte. Luego viene el dolor, el lamento, la inevitable conmiseración por el amigo o por el familiar caído. Sí, caído como en un campo de batalla de una guerra que le fue declarada al ser humano sin que éste ostentara todavía la capacidad mínima para hacerle frente a un enemigo tan canalla.
Peor aún: quien, de pronto, se ve tocado por un diagnóstico de esta enfermedad; quien, de repente, se ve sorprendido por una enfermedad como ésta; quien, cuando mejor estaba haciendo su vida, se encuentra con la presencia ominosa de este flagelo mortal, se ve conducido a una pesadilla por intermedio de un tobogán de auténtica angustia y miedo.Aunque la primera precede a la segunda, en tanto que la incertidumbre de quien está a la espera de los resultados de una biopsia, por ejemplo, se encuentra teñida por la angustia.
El miedo y el dolor sobrevienen después: una vez que el médico le ha comunicado al paciente que es un nuevo personaje de esta tragedia que es el cáncer. Una tragedia en la que no pueden faltar indiscutiblemente algunos elementos cómicos porque el cáncer parece reírse de uno, del especialista, de la medicina y de la historia de la medicina en general: cuando parece haber respondido a los tratamientos, cuyo impacto es verdaderamente traumático para algunos pacientes, el cáncer retorna con una mueca que muestra esta cierta imposibilidad pavorosa en la que parece sostenerse.
Porque la palabra cáncer está anegada de muerte. Supura veneno. Su nombre deja aterrado a quien de pronto se entera de que lo padece y a quienes, así, sin más, se enteran de que alguien muy cercano ha caído en sus fauces.
Aterrado. Ésa es la palabra que me parece que mejor designa el estado en el que deja a quien acaba de recibir la funesta noticia de que sus células ya no se comportan más como antes lo hacían: a partir de ahora se ha entrometido un cuerpo extraño, un desorden que ha dado al traste con el funcionamiento normal de las células forzándolas a que se dividan y se multipliquen indiscriminadamente.
Los huevecillos de la muerte han anidado en un cuerpo que de ahí en adelante tendrá que lidiar con la ponzoña que, poco a poco a poco o muy rápidamente -según sea el caso-, irá invadiendo otros tejidos como un mal huésped que termina apoderándose del hogar al que nunca fue invitado.
Sin embargo, esto no necesariamente tiene que ser siempre así. O, bueno, no en todos los casos. Algunos pacientes cuentan con la diosa Fortuna y se topan con esta enfermedad cuando aún no ha atravesado gran parte de su cuerpo y entonces los tratamientos -a base de cirugía, quimioterapia y radiaciones- logran detenerla y, en muchas ocasiones, echarla atrás. El éxito de un tratamiento depende directamente de la incipiencia de la enfermedad: cuanto más inicial sea el cáncer detectado, tanto más accesible se vuelve al influjo de la quimioterapia.
Mientras más temprana sea la etapa en la que un cáncer es descubierto por los especialistas, más eficaz se muestra el tratamiento que ha de utilizarse para lograr su remisión. Y es ahí en donde la nefasta sombra de la muerte puede ser arrancada de la palabra cáncer. El cangrejo puede ser despojado de su inmortalidad (porque paradójicamente, la inmortalidad que nos plantean las células cancerosas nos hacen patentes nuestra propia mortalidad). Pues bien, esa inmortalidad celular puede ser derribada y permitirle al enfermo oncológico una mejor calidad de vida: valga decir, vivir en salud y esperar la muerte en su proceso normal y no de una manera anticipada, e incluso precipitada, como se manifiesta en el cáncer.
"Esperar la muerte en su proceso normal" implica tener la posibilidad de hacer de la vida un espacio pleno para el máximo despliegue de la dignidad del ser humano. ¿Realizarse? ¿Autorrealizarse? No lo sé. Uno se realiza permanentemente, así que mejor preferiría utilizar la expresión más sencilla de simplemente vivir la vida de tal manera que la existencia se vea desplegada plásticamente en múltiples posibilidades. Posibilidades que se ven truncadas cuando un cáncer prematuro -en la infancia, a los 20 años o a los 30 ó 40- se planta como una piedra inamovible en el destino de cualquier ser humano.
Ahora bien, ¿se puede vivir dignamente con un cáncer terminal? Es complicado, pero creo que la respuesta a esta interrogante tiene que ser siempre afirmativa: sí se puede. El imperativo se impone porque mientras uno esté vivo y perdure todavía en uno la imaginación, el derecho a la vida digna se vuelve impostergable, más allá de la sentencia de muerte que pueda dictar una enfermedad tan terrible como ésta. Y la sociedad y las autoridades tienen la obligación de ayudarle al enfermo terminal oncológico a sostener este deseo de vivir hasta el final. Siempre.
Que este octubre, mes de la lucha contra el cáncer de mama, se vuelva la oportunidad de recordar que esta enfermedad puede ser vencida cuando es detectada de manera temprana.
A la memoria de tantos y tantos caídos en esta batalla sin tregua contra este enemigo brutal. Ninguna víctima más: ¡anticípate!

orpinela74@hotmail.com