Ahora nos toca pescar
Los Bancos de Alimentos no somos un negocio, pero funcionamos con algo muy parecido a un modelo de negocio. No lucramos con el alimento; aun así, necesitamos ser rentables o, por lo menos, alcanzar un punto de equilibrio. En varios aspectos nos parecemos a una empresa con fines de lucro.
Una empresa obtiene sus insumos de proveedores. Algunas los transforman en otros productos; otras simplemente los revenden.
En los Bancos de Alimentos, esos proveedores son nuestros aliados: empresas y personas que donan alimento o recursos económicos. Pero no todo lo que entregamos es donado.
Los porcentajes varían de un banco a otro, pero en todo el país recibimos alimentos en donación y también compramos. Los paquetes alimentarios que entregamos cada día incluyen, por lo general, alimento donado y alimento comprado.
No siempre fue así. En sus primeros años, los bancos solo entregaban lo que recibían en donación. Tres cosas cambiaron ese modelo.
La primera fue la necesidad de llegar a más personas. Como no era posible recibir tanto alimento donado, se decidió comprar. Eso permitió entregar más apoyos, pero también encareció la operación. Los bancos tuvimos que buscar más fuentes de financiamiento y proveedores que nos vendieran al menor costo posible, entre otras estrategias.
La segunda fue la nutrición. Lo que se donaba eran sobre todo frutas y verduras; en mucho menor cantidad llegaban granos, enlatados, cereales, leche y otros productos de la canasta básica. Eso empujó a los bancos a comprarlos, para armar un paquete más balanceado, con un impacto real en la alimentación y en la economía de las familias.
La tercera es algo que vemos cada vez con más frecuencia: las empresas del ramo alimentario ya no donan las mismas cantidades. No es que quieran ayudar menos; es que buscan desperdiciar menos, ser más eficientes y más rentables.
Es lo que cualquier empresa de cualquier giro debe hacer: es lo correcto y lo sostenible.
Una agrícola quiere que cada temporada haya menos merma y vender más. Su objetivo no es donar menos, pero una cosa lleva a la otra. Y en la mayoría de las empresas del sector se están aplicando tecnología y estrategias para lograrlo.
La tendencia es clara, y los bancos tenemos que migrar hacia otro modelo, uno en el que dependamos cada vez menos de las donaciones. Si seguimos dependiendo por completo de ellas, corremos dos grandes riesgos: no poder crecer ni escalar y, en algún momento, dejar de existir.
No porque se haya acabado la pobreza, que sería lo ideal, sino porque ya no habrá alimento para donar.
La idea de que siempre habrá comida para donar, de que las agrícolas siempre tendrán algo que compartir, es un discurso que puede mantenernos en una zona de confort y frenarnos a la hora de buscar otras estrategias para conseguir alimento para nuestros beneficiarios.
En México ya hay bancos que producen su propio pan, sus tortillas o su queso. Es un esfuerzo grande, pero producir uno mismo el alimento puede ser una de las alternativas para depender cada vez menos de la donación.
El paso del tiempo, la llegada de la inteligencia artificial y la búsqueda incansable de eficiencia en las empresas nos obligarán, a las instituciones que subsistimos gracias a las donaciones, a hacer lo mismo que a veces, en el discurso, les pedimos a nuestros beneficiarios. Ya nos dieron el pescado; ahora nos toca salir a pescar.