Álvaro y la batalla perdida en Los Olivos

José Abraham Sanz
11 diciembre 2021

Álvaro voltea de un lado a otro y levanta las manos. Casi se le entiende, que pregunta a señas “¿qué?”.

Guillermo empuja, sus amigos, su vecinos. Necesitan ayuda. Frente a ellos hay una treintena de agentes del orden que los doblan en tamaño, en experiencia; se vistieron para la ocasión: pechera, escudos y cascos. También traen su arma de cargo. Es el 24 de mayo de 2016.

“¿Por qué están con pistolas?, ¿a quién le van a tirar?”, reclama la activista Meché Murillo, quien llegó para ponerse del lado de las familias desde temprano.

“A nadie le van a tirar”, responde un actuario.

“Está pasando todo lo que está pasando por ustedes”.

“Nosotros no vamos a golpear a nadie, nosotros no...”, se oye decir a un policía.

“Eso (las armas) es para prevención de ustedes...”, dice otro actuario y las risas no dejan escuchar el resto de su frase.

Es mediodía, casi esquina de Dulzal y el bulevar Salvador Alvarado de la colonia Los Olivos.

Una batalla legal, que comenzó antes de que al menos la mitad de los presentes naciera, llegó a su fin con la presencia de actuarios, elementos de las policías Estatal y Municipal, abogados y cargadores.

En 1987 el arquitecto Cayetano Díaz Mejorado construyó un inmueble de 48 viviendas duplex. Su empresa, Constructora Díaz, las ofreció a alrededor de 40 millones de viejos pesos.

Según la abogada Rosalba Alarcón Ramírez, Díaz Mejorado contrató un crédito bancario que pagaba con el contrato de arrendamiento financiero de sus clientes; pero en 1989 no soportó y comenzó una demanda legal que quedó asentada en el expediente 373/1990 del Juzgado Primero Civil.

Los contratos de los vecinos, y sus pagos, se fueron con la desaparición de la Constructora Díaz.

El banco remató en 2010 el inmueble y la nueva propietaria lo adquirió en ese mismo año; la abogada asegura que buscaron la manera de realizar nuevos contratos de compra-venta con los vecinos.

Esa batalla del pasado los trajo a sufrir una nueva.

Álvaro llegó desde la mañana con el equipo del Frente Cívico Sinaloense.

Guillermo vive en uno de esos 48 duplex, junto a su esposa e hijos; y Juan Carlos, vecino también, no soporta la arrogancia y el abuso que planean esos policías.

Por eso Juan Carlos responde embravecido “lo están haciendo”, cuando el actuario llega a decirles que la finalidad no es violentar.

Reclama con un “¿cuánto te pagaron, viejo?”, cuando ve que sus tanques de esperanza comienzan a vaciarse.

Frente a ellos, los policías avanzan, devoran la distancia con sus botas y endurecen el cuerpo cuando llegan a la línea de choque. “Hay mujeres”, grita alguien.

La fuerza policial no golpea, sino que empuja, lentamente; hay rostros que humedecen de sudor el otro lado del escudo acrílico; comienzan las amenazas, los “hey, hey, hey”, los “machucones” de dedos entre escudos.

Las suelas se resbalan en el polvo que cubre el suelo donde alguna vez hubo pavimento asfáltico.

Hay policías que no cubren la mitad de su rostro; hay uno de esos que deja escapar una sonrisa casi burlona.

“Nosotros te pagamos con nuestros impuestos”, reclama un padre de familia que ha llegado a defender lo que asegura es su patrimonio.

“¿Y nosotros no pagamos impuestos?”, responde un policía.

“Es nuestro trabajo, yo también tengo hijos”, dice.

Es más allá del mediodía y los grupos han decidido tener un minuto de descanso. Alguien saca un vaso con más de un litro de agua; Juan Carlos le ofrece a uno de los policías.

“Sabemos que ustedes nada más hacen su chamba; tómele, compa”, dice. Luego bromea que está envenenada. El policía se bebe el agua.

“No se dejen que los manden a estas cosas”, grita Meché a otro grupo de policías que llega. “No golpeen a nadie; no digo que se dejen golpear, pero por favor no golpeen a nadie”, sugiere.

En una explanada, zona destinada supuestamente a áreas verdes frente al conjunto de viviendas, hay ya cerca de 50 policías.

Truena un petardo y el vaivén de los escudos y los cascos regresa con más fuerza.

En el ambiente hay polvo, gritos, amenazas y nervios. Los vecinos bloquearon tres accesos y los policías luchan por traspasar dos de ellos.

“Que agarraron al ‘Güero’. Van por allá. Llevan a uno por acá; se van a meter, vivos”, se escucha.

“Es un palo el que trae ese policía; no, es una chicharra; si alguien siente toques es este güey. Están tirando patadas, prensa tómenle video por abajo”.

A Álvaro lo rodean dos policías junto a un automóvil; Guillermo empuja y Juan Carlos jala a uno de sus amigos que está jaloneado.

Álvaro se pregunta por qué lo rodean. Junto a él a Guillermo ya lo traen abrazado, mientras grita “estoy calmado, estoy calmado”.

Álvaro ya está de frente al automóvil, le esposan las manos y un escudo intenta esconder lo que le hacen.

A Guillermo le empujan y lo jala. Lo provocan, y su paciencia se desvanece.

Responde y empuja a uno cuando éste lo quiere tomar de la presilla trasera del pantalón, luego a otro, que le quiere doblar el brazo.

“Estoy calmado, a dónde me lleva, no voy a dejar a mi esposa y mis hijos aquí”, grita.

Luego llega su esposa y la escena es más dramática: “Qué hago, déjenlo, dime qué hago”.

Por un lado ya llevan a Juan Carlos, acusado de tronar el petardo. Álvaro ya está en la patrulla, esposado a una banca.

En la calle Dulzal, esquina con Salvador Alvarado, la casa de la señora Yolis ya tiene actuarios dentro.

Otros chicos bajan mochilas, con lágrimas. Luego sacan sillones, colchones.

La esperanza se desvanece en los siguientes duplex. Para las dos de la tarde ya hay quien saca hasta lo que queda de su cocina integral para hacer más pasadero el desalojo.

“Dice el actuario: ‘se me parte el corazón’”, relata una de las afectadas, cuya vivienda está más adelante.

“Qué se le va a partir”, reniega otro de los vecinos.

“Son unos hijos de su chingada madre...”.

Dos días después, Álvaro responde un mensaje que le llegó dos días antes.

“Pues más o menos”, responde a la pregunta de que si está bien.

Relata entonces que fue dejado en libertad de la barandilla luego de unas horas, después de haber sido ingresado.

Sin embargo, un patrulla le dio alcance a unas calles del complejo de seguridad pública y lo volvieron a subir a la patrulla.

“Me subieron a la parte de atrás y me pararon en la puerta de la caja, luego me pegaron en una de las piernas y caí en la puerta con las piernas abiertas; sentí que me reventaron los huevos”, explica.

“Para que no andes de escandaloso”, le decían mientras le pegaban.

“Por su culpa un compañero salió lesionado”.

Al final sí logró regresar a casa, lleno de golpes y moretes, sólo para recoger sus cosas y marcharse del lugar.