América Latina frente a la ruptura del orden internacional
El Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, organizado por CAF-Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe la última semana de enero en Panamá, ocurrió en el momento más oportuno. Fue el primer espacio regional de esta magnitud después de la sacudida geopolítica con la que arrancó el año: la intervención en Venezuela, la redefinición unilateral del papel de Estados Unidos en el sistema multilateral, el reacomodo internacional evidenciado en Davos y el regreso explícito de una lógica de poder duro sin pretensiones normativas.
Aunque el foro se presentó como económico, fue profundamente político. No por lo que se dijo de manera explícita, sino por lo que quedó claro en los márgenes, en las ausencias y en las tensiones que atraviesan hoy a la región. En un mundo que dejó de operar bajo reglas previsibles, América Latina se encuentra ante la necesidad de responder una pregunta obligada: ¿cómo posicionarse cuando el multilateralismo clásico se debilita, las grandes potencias compiten sin restricciones y la neutralidad deja de ser una opción posible?
El foro se celebró cuando ya es evidente que el orden internacional no está en transición, sino en franca ruptura y realineamiento. La idea de un sistema basado en reglas compartidas, árbitros multilaterales y mecanismos de contención ha dejado de funcionar como referente operativo. La economía, la seguridad y la tecnología han entrado al debate político.
En este contexto, América Latina aparece atrapada entre narrativas que no terminan de responder a la nueva realidad. Por un lado, persiste el discurso de la unidad latinoamericana como solución automática y nostálgica. Por otro, está la tentación de replegarse, negociar caso por caso o apostar a la irrelevancia estratégica. El foro dejó claro que ninguna de estas rutas es una buena alternativa en este momento.
No existe una América Latina homogénea ni un proyecto común automático. De hecho, nunca lo ha habido. Pretender replicar modelos de integración como el europeo ignora las profundas asimetrías políticas, económicas e institucionales de la región. Por otro lado, la fragmentación tampoco es una estrategia. La región necesita identificar nuevos puntos de convergencia funcionales, no ideológicos.
Asistieron al foro varios presidentes y expresidentes de la región y también de Europa. Las intervenciones presidenciales pusieron en evidencia contrastes relevantes. Luiz Inácio Lula da Silva volvió a posicionarse como uno de los pocos líderes regionales capaces de articular desarrollo, democracia y cohesión social en un mismo marco. Lo logró no solo por su peso político, sino por integrar temas que suelen relegarse a agendas simbólicas, como la violencia contra las mujeres, en el centro del debate sobre gobernanza y desarrollo.
Otros liderazgos insistieron en discursos conocidos, anclados en la denuncia externa o en el antagonismo retórico, sin traducirlos en propuestas estratégicas claras. En contraste, algunas voces emergentes -como la del presidente de Bolivia, Rodrigo Paz- ofrecieron una narrativa menos victimista y más pragmática, centrada en inserción internacional, estabilidad, replanteamiento de problemas tradicionales, búsqueda de nuevas soluciones y toma de decisiones difíciles.
El foro mostró así una región menos alineada discursivamente, pero quizá más consciente de que el margen de maniobra se ha reducido y que las decisiones -o la falta de ellas- tendrán costos reales.
Uno de los ejes recurrentes fue el desarrollo sustentable y el papel de los recursos naturales. El riesgo es evidente: que América Latina vuelva a ocupar el lugar de siempre, el de proveedora de materias primas en un mundo que compite por energía, minerales críticos y tierras raras.
En el contexto de la competencia entre Estados Unidos y China por la inteligencia artificial y las tecnologías del Siglo 21, este rol no es neutro. Es profundamente geopolítico. Exportar recursos sin construir capacidades tecnológicas, industriales y regulatorias propias equivale a ceder soberanía estratégica a largo plazo.
El foro planteó la pregunta, pero no siempre encontró respuestas claras: ¿cómo insertarse en las cadenas de valor del nuevo capitalismo tecnológico sin reproducir esquemas de dependencia?
Hay que hablar de las ausencias en el foro. Si hubo una ausencia que se sintió con fuerza fue la de México. Ausente en Davos. Ausente en el foro Latinaomericano y del Caribe de CAF. Una ausencia particularmente grave en un momento en el que México debería ser un actor central en las conversaciones sobre comercio, nearshoring, cadenas de suministro, energía, tecnología y seguridad regional.
Más allá de la presencia física, lo que también preocupa es la ausencia de una narrativa estratégica. México aparece replegado, mal representado y desconectado de los espacios donde se está discutiendo el rediseño del orden internacional. En un entorno donde el silencio también comunica, la ausencia mexicana envía un mensaje autoimpuesto de irrelevancia total.
Por otro lado, aunque no estuvo en la agenda formal, el crimen organizado fue un tema constante en las conversaciones. Mientras los Estados dudan, negocian o se paralizan, las organizaciones criminales operan con una lógica clara: transnacional, flexible, desideologizada, profundamente económica, activa y eficiente.
Hoy, el único actor que verdaderamente construye mercados integrados en la región es el crimen organizado. Ignorar este hecho equivale a diseñar políticas de desarrollo y gobernanza sobre una ficción. Ninguna estrategia regional es viable sin enfrentar este poder paralelo. Hubo un consenso tácito en las diversas mesas, participaciones y conversaciones en reconocer su presencia, impacto y la necesidad de enfrentarlo.
Dos temas estratégicos quedaron fuera de la agenda formal. El primero es el envejecimiento acelerado de la región, con profundas implicaciones fiscales, laborales y políticas. América Latina envejece más rápido que cualquier otra región del mundo y sigue discutiendo el desarrollo como si su pirámide demográfica no estuviera cambiando de forma dramática.
El segundo es la violencia contra las mujeres. América Latina es la región más violenta del mundo para ser mujer. Tratar los feminicidios y la violencia de género como agendas paralelas y no como parte central de la gobernanza democrática y el desarrollo, es una omisión grave. Que solo un jefe de Estado, Lula, lo haya puesto sobre la mesa revela una ceguera estructural.
Uno de los espacios más relevantes del foro fue una reunión privada de think tanks. En un contexto donde líderes autoritarios buscan deslegitimar o desaparecer el pensamiento crítico, estos espacios se vuelven en componentes centrales y necesarios de la salvaguarda democrática. No solo producen análisis, sostienen conversación, memoria institucional y capacidad de anticipación.
Quedan, sin embargo, preguntas abiertas. Estados Unidos avanza hacia una versión explícita de una Doctrina Monroe 2.0. La gran pregunta es qué hará América Latina frente a ello. ¿Qué quiere? ¿Qué puede? ¿Qué está dispuesta a negociar, defender o transformar?
El foro no ofreció respuestas definitivas, pero dejó claro algo esencial: la región necesita, por primera vez en mucho tiempo, una conversación política de fondo. No para construir una unidad ficticia, sino para identificar intereses comunes mínimos en un mundo que ya no ofrece garantías.
En ese debate, la ausencia de México no es solo lamentable. Es estratégica y, en el contexto actual, las ausencias se pagan caro.
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La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.