Antes de indignarnos

Salomón Gaxiola
25 julio 2026

La Presidenta Claudia Sheinbaum no asistió a la inauguración del Mundial en el Estadio Azteca. Explicó que prefirió ceder su lugar a una joven mexicana y ver el partido entre la gente, fuera de los palcos exclusivos. Semanas después, sí viajó a Nueva York para la clausura, invitada por el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al Primer Ministro de Canadá, Mark Carney. La explicación oficial fue que se trataba de un encuentro con motivos diplomáticos, derivado de la coordinación entre los tres países sede del Mundial.

No es este el espacio para juzgar la decisión en sí (existen argumentos razonables tanto para respaldarla como para cuestionarla), sino para utilizarla como ejemplo de un fenómeno mucho más amplio: la facilidad con la que un mismo hecho puede interpretarse de maneras completamente opuestas según quién lo observe. Para unos fue una muestra de congruencia y cercanía con la ciudadanía; para otros, un acto de cálculo político y doble discurso. Y es justamente aquí donde comienza a operar la demagogia: no necesariamente en los hechos, sino en la forma en que decidimos interpretarlos antes incluso de conocerlos a fondo.

La profesora Patricia Roberts-Miller, en su breve pero profunda obra Demagoguery and Democracy, sostiene que la demagogia no es únicamente un problema de quienes gobiernan; es también una forma de comunicación que encuentra terreno fértil cuando la sociedad deja de valorar el diálogo y empieza a privilegiar la emoción sobre el argumento. El caso de la asistencia presidencial o de la ausencia, según se quiera ver, ilustra cómo un mismo acontecimiento puede convertirse en argumentos para narrativas que, en muchos casos, ya estaban escritas desde antes de que ocurriera.

Lo más preocupante es que, con frecuencia, nuestro juicio no cambia, aunque cambien los hechos. Si una decisión idéntica hubiera sido tomada por un político de otro partido, no pocos habrían sostenido exactamente la postura contraria (como ha sucedido en múltiples ocasiones). Cuando nuestras conclusiones dependen más de quién actúa que de lo que realmente ocurrió, dejamos de razonar como ciudadanos y comenzamos a reaccionar como aficionados, lo cual es peligrosísimo.

La democracia exige desacuerdo. Es natural discrepar sobre política exterior, prioridades presidenciales o simbolismos. Lo preocupante comienza cuando dejamos de debatir las decisiones para descalificar automáticamente a las personas; cuando sustituimos la pregunta “¿por qué tomó esta decisión?” por la certeza de que ya conocemos la respuesta, sin importar la evidencia.

El discurso demagógico resulta seductor porque ofrece respuestas sencillas a problemas complejos. Divide al mundo entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, entre congruentes y farsantes. Convierte al adversario en enemigo y transforma cualquier discusión en un enfrentamiento de identidades. Genera aplausos y abucheos inmediatos, pero rara vez contribuye a formar ciudadanos más críticos.

Como abogado aprendí que toda afirmación debe sostenerse con pruebas y que toda persona merece ser escuchada antes de ser juzgada. Ese mismo principio debería trasladarse a la conversación pública. Antes de decidir si una actuación fue correcta o incorrecta, conviene preguntarnos qué información tenemos realmente y cuánto de nuestra reacción proviene de los hechos, y cuánto de nuestras simpatías o antipatías políticas.

Una sociedad que exige evidencia antes de indignarse está mejor preparada para defender sus libertades que una que aplaude o condena por reflejo. La democracia no necesita ciudadanos que siempre estén de acuerdo; necesita ciudadanos dispuestos a pensar antes de reaccionar.

PD. La próxima vez que una noticia le provoque una reacción inmediata, deténgase un segundo antes de compartirla, ese segundo puede ser la diferencia entre alimentar la demagogia o fortalecer la democracia.