Apostar por la excepción

Emiliano Terán Bobadilla
05 octubre 2026

En algún momento todos hemos deseado que ocurra precisamente aquello que parece más improbable, con la esperanza de que ese deseo incline el resultado a nuestro favor. Es una situación cotidiana que muchas veces no pasa de una esperanza, pero que en otras ocasiones puede tener consecuencias importantes.

Recientemente viví uno de esos episodios. A pesar de estar consciente de la baja probabilidad de un resultado favorable, deseaba profundamente que ocurriera la excepción. Sabía que las condiciones existentes apuntaban en otra dirección, pero eso no impedía mantener la esperanza. La experiencia me hizo pensar en cuántas decisiones de nuestra vida están influidas por esa misma tendencia.

El problema no está en desear la excepción. El problema aparece cuando permitimos que ese deseo determine nuestras decisiones.

Las probabilidades no se rigen por nuestras aspiraciones personales. Son una manera de cuantificar la incertidumbre que existe alrededor de los acontecimientos. Nassim Nicholas Taleb ha insistido precisamente en nuestra dificultad para comprender el azar y los riesgos que enfrentamos. Para analizar una decisión conviene considerar al menos tres elementos: la probabilidad, el valor esperado (o esperanza matemática) y el impacto que cada posible resultado tendría realmente en nuestra vida.

La probabilidad nos dice qué tan posible es que ocurra cada resultado antes de conocerlo. Si tenemos 10 por ciento de posibilidades de ganar y 90 por ciento de perder, eso describe la incertidumbre que enfrentamos. Sin embargo, una vez tomada la decisión, no experimentaremos esos porcentajes. Para nosotros ocurrirá uno de los dos resultados. Ganaremos o perderemos.

El valor esperado responde una pregunta diferente. Combina las probabilidades con aquello que podemos ganar o perder y permite conocer la estructura matemática de una apuesta. Una decisión con pocas posibilidades de éxito puede ser razonable cuando la pérdida es pequeña y la recompensa potencial es enorme. Pero el valor esperado no representa necesariamente lo que recibirá una persona en una sola ocasión. Podemos tener una apuesta matemáticamente favorable y, aun así, experimentar su resultado negativo.

Por eso no basta con preguntar qué tan probable es ganar. También debemos preguntarnos cuánto ganamos si acertamos, cuánto perdemos si nos equivocamos y, sobre todo, qué representa cada uno de esos desenlaces para nosotros. Perder diez mil pesos puede ser una molestia para una persona y representar todos los ahorros disponibles para otra. La probabilidad y el valor esperado pueden ser exactamente los mismos, mientras que el impacto sobre sus vidas será completamente diferente.

Pensemos en algo tan cotidiano como una apuesta deportiva. Cada cuatro años podemos convencernos de que México triunfará en el famoso quinto partido del Mundial. Conforme avanza el torneo, cada victoria puede aumentar nuestra confianza. Pero nuestros deseos no modifican necesariamente las probabilidades reales. Incluso puede suceder lo contrario. Conforme aumenta la dificultad de los rivales, el riesgo también aumenta.

Taleb explica una situación semejante mediante la historia del pavo. Todos los días el animal observa que el granjero llega para alimentarlo. Con cada nueva jornada parece acumular evidencia de que el mundo es seguro y de que el granjero está ahí para cuidarlo. Después de cientos de días, su confianza debería encontrarse en el punto más alto. Entonces llega el Día de Acción de Gracias.

La historia contiene una enseñanza sencilla. Que algo negativo no haya ocurrido hasta ahora no significa que no pueda ocurrir mañana. La ausencia de evidencia no necesariamente constituye evidencia de ausencia. Acumular experiencias favorables no significa que el riesgo esté disminuyendo, solo que el resultado adverso todavía no ha ocurrido.

Existe además otro elemento que me interesa explorar. Nuestros modelos de decisión suelen considerar probabilidades, ganancias y pérdidas, pero nosotros no somos máquinas. Deseos, miedo, esperanza y experiencias personales modifican la manera en que interpretamos esos números. Tal vez necesitamos aprender no solamente a calcular mejor el riesgo, sino también a reconocer cuánto estamos modificando subjetivamente aquello que creemos probable y qué tan graves serían para nosotros los diferentes desenlaces.

En futuras entregas me gustaría regresar a este problema y explorar cómo podemos mejorar nuestras decisiones dentro de un ambiente tan incierto y caótico como el que enfrentamos actualmente.

Podemos desear profundamente la excepción. Lo que quizá no deberíamos hacer es organizar nuestra vida suponiendo que necesariamente seremos nosotros quienes tendremos la fortuna de encontrarla.