Aprendizajes tras un año y medio de crisis de seguridad
Durante los últimos dieciocho meses hemos vivido una montaña rusa de episodios agudos de inseguridad seguidos por lapsos de relativa calma. Todos, de una u otra forma, hemos resentido su impacto. No se trata solo de hechos aislados, sino de un círculo vicioso que altera nuestra vida cotidiana y nos obliga a preguntarnos qué hemos aprendido.
Es momento de hacer un recuento. No basta con resistir esta realidad, es necesario evaluar qué hemos hecho y qué nos falta por hacer si queremos romper este ciclo de violencia y treguas efímeras. Más que catarsis, necesitamos claridad. Más que dispersión, unidad.
A continuación, hacemos un listado de algunos de los aprendizajes acumulados en este medio año, con el ánimo de proponer y no solo señalar.
1. La tolerancia ante el negocio de la droga nos debilitó como sociedad. Solapar, ignorar o minimizar su presencia permitió que se arraigara en el imaginario colectivo.
El primer paso no es negarlo, sino reconocer su impacto cultural y económico para desmontar sus incentivos simbólicos. Prohibir la narcocultura (incluida su música) no resuelve el problema. Es reflejo de la realidad y de un sistema que ha exaltado violencia y poder. Prohibirla no la elimina; puede fortalecerla.
El reto no es imponer silencios, sino hacer atractivos los valores que nos enaltecen y ofrecer alternativas que conecten con la juventud sin glorificar el delito. Proponemos impulsar narrativas alternativas desde la educación, los medios y la cultura que no glorifiquen la violencia ni el poder ilícito y que, al mismo tiempo, resulten atractivas y logren resonar en la juventud.
2. La fragmentación social es nociva. La dispersión de esfuerzos entre asociaciones civiles, empresarios, gobierno y ciudadanía diluye cualquier intento de cambio. Parece como si cada sector actuara por separado, con agendas parciales. Proponemos construir mesas permanentes de coordinación con objetivos medibles y calendarios definidos. Sin unidad entre distintos grupos e intereses, seguiremos reaccionando de forma aislada.
3. La pasividad colectiva no es neutral. Refugiarnos en casa puede ser una respuesta inmediata ante el riesgo, pero si se vuelve permanente erosiona nuestro tejido social. Proponemos promover espacios seguros de participación ciudadana que fortalezcan la comunidad sin exponernos innecesariamente.
4. Las marchas, foros y conferencias requieren continuidad estratégica y renovación de enfoque. Cuando son encabezados por los mismos actores, con los mismos discursos y sin metas verificables, terminan diluyéndose en buenas intenciones.
Las asociaciones dedicadas a promover la paz han invertido tiempo y recursos, pero los resultados han sido limitados frente a la magnitud del problema. No podemos esperar cambios distintos repitiendo ideas que no han modificado la dinámica de violencia. Deberíamos vincular cada encuentro público con objetivos concretos, evaluación periódica, renovación de liderazgos y mecanismos efectivos de rendición de cuentas.
5. El gobierno no puede enfrentar solo un fenómeno estructural. El trasiego de la droga trasciende administraciones y partidos.
Desde la llamada guerra contra el narco iniciada por Felipe Calderón en 2008, seguida por el conflicto interno entre Dámaso y los Chapitos en 2016 durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, el primer culiacanazo en 2019 con Andrés Manuel López Obrador y el siguiente bajo la actual administración en el 2024, los episodios de violencia han mostrado continuidad más allá de partidos y periodos.
Ninguna etapa ha logrado resolver de fondo el problema ni establecer una estrategia sostenida que impida su reconfiguración. Necesitamos diseñar políticas de Estado de largo plazo, con evaluación independiente y continuidad más allá de los ciclos electorales.
6. La educación debe ser eje transformador. Sin estrategias educativas que respondan a contextos de violencia, la juventud queda vulnerable. Suspender clases no es una política sostenible.
Cabe señalar que hace algún tiempo publicamos en este mismo espacio una iniciativa en ese sentido; lamentablemente, no tuvo continuidad y terminó sin resonancia en ninguno de los sistemas educativos. Proponemos desarrollar protocolos de continuidad educativa y programas formativos que fortalezcan habilidades cívicas y pensamiento crítico.
7. Necesitamos mecanismos de contención. Comprender las causas profundas es importante, pero a corto plazo debemos mitigar el impacto de eventos impredecibles.
En otras áreas de la vida hemos diseñado sistemas para enfrentar lo impredecible: edificios antisísmicos, pararrayos, escolleras contra tsunamis, extintores contra incendios. No sabemos cuándo ocurrirá el próximo fenómeno natural, pero nos preparamos. Proponemos crear sistemas locales de respuesta coordinada que reduzcan el daño social y económico ante cada episodio.
Del mismo modo, no podemos prever el siguiente episodio de violencia, pero sí podemos construir un sistema que amortigüe su impacto. ¿Cuándo desarrollaremos nuestro propio sistema anti-culiacanazos?