Arrecifes mexicanos: refugios de vida y sustento económico y cultural

Oceana
15 enero 2026

Los arrecifes de coral son uno de los ejemplos más contundentes de cómo la naturaleza puede esculpir belleza, complejidad ecológica y resiliencia en apenas unos metros cuadrados.

A escala planetaria, los arrecifes de coral cubren menos del 0.2 por ciento del fondo marino, pero sostienen cerca del 25 por ciento de la biodiversidad marina conocida. Su productividad y complejidad es tan alta que la científica Nancy Knowlton los llama “selvas tropicales del mar”, no por analogía poética, sino por la enorme densidad de especies que conviven en tan poco espacio.

La belleza de los arrecifes -esa explosión de colores, texturas y formas que cautiva a cualquier buzo- no es un capricho estético de la naturaleza. Es el resultado de millones de años de evolución, competencia, simbiosis y adaptación. Los colores vibrantes que vemos bajo la luz azul son compuestos fotoprotectores utilizados para moderar la radiación solar. La complejidad tridimensional del arrecife no solo es bonita: es refugio. Es estructura que permite que un pez juvenil sobreviva a sus primeros días de vida.

Desde la superficie hasta profundidades donde la luz se vuelve azul oscuro, estos ecosistemas sostienen economías, alimentan comunidades y guardan secretos evolutivos que han comenzado a revelarse apenas en las últimas dos décadas. Los arrecifes mesofóticos, esos que viven entre los 30 y 150 metros de profundidad, son uno de esos secretos.

Los arrecifes mesofóticos fueron, por décadas, territorios casi invisibles. La investigación moderna apenas comienza a dimensionar su relevancia: pueden funcionar como refugios profundos para especies que sufren blanqueamiento en aguas someras, manteniendo poblaciones reproductivas activas incluso durante eventos extremos.

Pocos países tienen una diversidad arrecifal tan amplia como México: desde los arrecifes del Caribe mexicano hasta los arrecifes complejos del Golfo de México y la Península de Yucatán, cuyos sistemas someros y mesofóticos forman un corredor ecológico de valor incalculable.

Para miles de familias mexicanas, los arrecifes son sustento económico y cultural. Las pesquerías de pargos, meros y langostas dependen directamente de la salud del arrecife.

Un estudio reciente documenta que los arrecifes saludables pueden aumentar entre dos y cuatro veces la biomasa de peces comerciales. En México, muchas cooperativas pesqueras dependen del arrecife no solo como hábitat de los peces, sino como lugar donde se transmite conocimiento, identidad y orgullo comunitario.

Sin arrecifes, no hay pesquerías artesanales viables. Y sin pesquerías artesanales, se rompe un tejido social construido durante generaciones.

Por la parte ecológica, los arrecifes mexicanos -especialmente los mesofóticos del Caribe y los del sur del Golfo de México- son hábitats de transición que conectan ecosistemas profundos con zonas costeras.

Un trabajo realizado en el Caribe reveló que los Arrecifes Mesofóticos pueden mantener conectividad genética con poblaciones de aguas poco profundas de corales como Orbicella faveolata y Montastraea caverdnosa. Cada inmersión científica en estos hábitats descubre algo nuevo: especies raras, interacciones desconocidas, patrones de energía que desafían los modelos actuales.

En los arrecifes mesofóticos, la belleza la vemos en tonos cafés, magentas profundos y anaranjados que apenas brillan bajo la luz tenue. La vida aquí transita a un ritmo distinto; el tiempo se alarga y el crecimiento es más lento, pero igual de sofisticado. Los corales pueden vivir siglos y las esponjas filtran litros de agua, generando microcorrientes que sostienen al ecosistema entero.

Aunque son más difíciles de alcanzar, los arrecifes mesofóticos están lejos de ser intocables: pueden sufrir impactos por la pesca profunda, exploración y explotación de hidrocarburos, así como por la degradación de la capa superficial que los conecta con el mundo iluminado de arriba.

Algunos corales mesofóticos del Golfo de México crecen tan lentamente que un solo coral negro (Leiopathes sp.) puede vivir más de 2 mil años, convirtiéndose en uno de los animales más longevos del planeta. Cada centímetro de ese coral es historia oceánica pura: cambios de temperatura, productividad y corrientes documentados en su esqueleto como si fuera un archivo geológico viviente.

El autor es Antar Mijail Pérez Botello, doctor en Ciencias Biológicas por la UNAM, especialista en Ciencia en Oceana.