Bailar en medio de la crisis
Hay algo incómodo en celebrar mientras algo se rompe.
Mazatlán vive estos días la paradoja perfecta, Carnaval y crisis, música y miedo, carros alegóricos recorriendo el malecón mientras las conversaciones privadas hablan de seguridad, incertidumbre y tensión.
Las dos cosas son reales y esa simultaneidad nos descoloca.
Queremos coherencia moral, si la situación es grave, que nadie ría, si hay fiesta, que no haya preocupación pero la vida y las ciudades no funcionan con esa lógica binaria, funciona más bien como describía Albert Camus, dentro del absurdo.
El absurdo no es el caos, es el choque entre nuestra necesidad de sentido y la indiferencia del mundo, es que las cosas encajen, que haya una narrativa limpia, que las emociones no se contradigan pero el mundo no coopera porque mientras algunos cuestionan si es correcto celebrar en medio de una crisis de seguridad, otros defienden el derecho a no entregar la ciudad por completo al miedo y quizá ambos tengan algo de razón.
Camus, en La Peste, mostraba una ciudad que seguía respirando mientras la enfermedad avanzaba, la vida no se detenía por completo; la gente amaba, trabajaba, se encontraba, no porque fueran inconscientes, sino porque la existencia no admite pausas totales, no podemos vivir en estado permanente de alarma.
La tentación, frente a lo importante, es distraernos, el entretenimiento puede convertirse en anestesia, es una manera de no mirar lo que duele, de no preguntarnos qué nos corresponde hacer como ciudadanos, como comunidad, como personas aunque también hay otra lectura menos severa porque celebrar no siempre es evasión, a veces es resistencia, a veces es la negativa a permitir que la oscuridad lo invada todo, a veces es una afirmación silenciosa, seguimos aquí.
El problema no es la fiesta, el problema es la inconsciencia.
Si el Carnaval sirve para olvidar, entonces empobrece, si sirve para recordarnos que la vida continúa, entonces fortalece.
Camus hablaba de la rebelión como una forma de dignidad, no la rebelión violenta, sino la decisión íntima de no resignarse al absurdo. Sísifo, condenado a empujar una roca eternamente, no deja de hacerlo y, en esa acción repetida, encuentra una forma de libertad, la conciencia.
Imagino a Mazatlán como ese Sísifo contemporáneo, empujando su historia entre ciclos de esplendor y crisis, entre temporadas turísticas y temporadas difíciles, entre crecimiento y fractura, la roca nunca desaparece del todo.
La pregunta no es si debemos empujarla o abandonarla, la pregunta es cómo la empujamos.
Una ciudad que deja de celebrar por completo corre el riesgo de rendirse emocionalmente pero una ciudad que celebra sin preguntarse nada corre el riesgo de volverse superficial.
El equilibrio no es cómodo, implica sostener tensiones, aceptar que podemos preocuparnos y bailar, que podemos exigir mejores condiciones de seguridad y, al mismo tiempo, abrazar la tradición cultural que nos define, y yo sé que nos han enseñado que la coherencia significa no contradecirnos pero quizá la madurez consiste en aprender a vivir con contradicciones conscientes.
El absurdo no se resuelve, se habita.
Hay quienes miran las luces del Carnaval y sienten indignación, hay quienes escuchan las noticias y prefieren cambiar de tema y ambos extremos son comprensibles, ambos pueden volverse peligrosos si se absolutizan.
Camus proponía la lucidez, mirar la realidad sin maquillarla, pero sin permitir que nos paralice, no huir, pero tampoco entregarnos al desconsuelo.
Tal vez eso es lo que necesitamos como ciudad, lucidez.
Una forma de celebración que no niegue la crisis, una forma de preocupación que no mate la esperanza, un equilibrio donde la cultura no sea anestesia, sino energía; y donde la conciencia no sea castigo, sino responsabilidad.
Porque tampoco se trata de moralizar la alegría, porque no todo momento de risa es frivolidad, no todo desfile es distracción política. Las comunidades necesitan rituales y necesitan espacios donde recordar que comparten algo más que el miedo.
El verdadero riesgo sería otro, que dejáramos de preguntarnos, que el ruido lo cubriera todo, que la fiesta se volviera puro consumo sin reflexión o que la crisis se volviera puro discurso sin acción.
Entre la negación y la desesperanza hay un punto medio, la conciencia activa.
Bailar sabiendo, celebrar pensando, exigir sin dejar de vivir.
Quizá esa sea nuestra tarea.
No cancelar el Carnaval, pero tampoco cancelar la conversación incómoda, no permitir que lo urgente desaparezca detrás del espectáculo pero tampoco permitir que la gravedad nos robe toda la luz.
Camus decía que había que imaginar a Sísifo feliz, no porque su destino fuera fácil, sino porque había decidido asumirlo con claridad.
Tal vez lo que nos corresponde es algo parecido, empujar nuestra roca colectiva con los ojos abiertos, con música si hace falta, con crítica cuando sea necesaria, con responsabilidad siempre.
Porque el absurdo no desaparece pero la forma en que lo habitamos sí nos define.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuanto.