Bañar el alma

Rodolfo Díaz Fonseca
21 febrero 2026

El tiempo litúrgico de Cuaresma es una ocasión especial para practicar el recogimiento, la interioridad e introspección. Esta benéfica práctica ayuda no solamente desde el punto de vista religioso, sino también desde el plano psicológico, anímico y moral. Muchas personas han dedicado parte de su tiempo a escribir un diario, que es como un desnudar y “bañar el alma”, según la expresión de Henri Fréderick Amiel.

Constituye una rica enseñanza leer las páginas de los diarios, no solamente en sus momentos alegres, románticos y gloriosos, sino también en los más oscuros, álgidos y tormentosos. Así, podemos leer a Ana Frank, Rousseau, Kafka, San Agustín, Virginia Woolf, Da Vinci, Pizarnik, Tolstoi, Zweig, Gide, por citar algunos.

Y ya que citamos a Amiel en primer término, nos detendremos en algunas consideraciones de su llamado “Diario íntimo”. Definió su diario, “como una confesión que apacigua el corazón, como un trabajo que ayuda a tomar conciencia de la propia vida y permite hacer luz en el pensamiento”.

Añadió: “Es mi diálogo, mi sociedad, mi compañero, mi confidente. Es también mi consuelo, mi memoria, mi paño de lágrimas, mi eco, el depósito de mis experiencias íntimas, mi itinerario psicológico, mi protección contra el óxido del pensamiento, mi pretexto para vivir, casi la única cosa útil que podré dejar después de mi muerte”.

Precisó: “Vivir es curarse y renovarse cada día, y es también volver a encontrarse y reconquistarse. El diario nos devuelve el equilibrio. Es una especie de sueño consciente, en el cual, dejando de obrar, de querer, de estar tensos volvemos al orden universal y buscamos la paz. De esta manera escapamos a lo finito. El recogimiento es como un baño en el alma en la contemplación, y el diario es un recogimiento, pluma en mano”.

¿Baño mi alma?