Caídas
El coronel de caballería Antonio Haro Oliva (1910-2002) “fue un portento deportivo en esgrima, futbol americano, polo, tiro y ecuestres. Fue presidente de la Confederación Deportiva Mexicana (Codeme) de 1966 a 1971. El coronel Haro Oliva sufrió una caída en su casa y resultó con una fractura de cráneo, por lo que fue trasladado al Hospital Central Militar, donde fue operado para luego pasar a terapia intensiva, donde presentó alguna mejoría. Pero durante el tratamiento sufrió otra caída y falleció a la edad de 91 años.
Antonio Haro Oliva fue egresado del Heroico Colegio Militar y se casó con la artista francesa Nadia (Albertina Charlotte Boudesoque Noblecourt).
Haro Oliva fue el primer esgrimista mexicano que compitió y ganó en Francia. Su última competencia fue en 1955 en la modalidad de sable durante los Juegos Panamericanos de México. Fue multicampeón nacional y centroamericano en este deporte. Presidió la Codeme de 1966 a 1971 (siguiendo los pasos de otro militar, el general José de Jesús Clarck Flores), fue director de Acción Deportiva, ahora Instituto del Deporte del Distrito Federal, maestro de historia en el Heroico Colegio Militar e instructor de esgrima en la Escuela Nacional de Educación Física.
También fue empresario teatral durante 50 años junto con su esposa Nadia, siempre en el teatro Arlequín de su propiedad, en la Ciudad de México”.
Fuente: El Universal
El hijo de un amigo era un joven vigoroso y vivía en Estados Unidos. Era científico universitario y acababa de recibir un ‘grant’ gubernamental de millones de dólares para realizar una investigación que le interesaba en especial. Obsesionado con el alpinismo, emprendió el ascenso al monte McKinley o Denali, en Alaska, la montaña más alta de norteamérica con 6 mil 194 metros de altura (492 metros más alta que el Pico de Orizaba, y 742 mayor que el Popocatépetl). Una vez coronado el arduo escalamiento, se desató una inesperada tormenta que forzó a su pequeño grupo a extremar sus habilidades técnicas y sus capacidades de sobrevivencia. Tras la dura prueba en un entorno helado y hostil, descendieron y regresaron a sus respectivos hogares, exhaustos y molidos pero eufóricos y orgullosos de su resiliencia.
Un par de semanas después, para desestresarse de sus labores diarias, el joven salió a escalar una pequeña ladera cerca de su casa en un suburbio. Vestía un short, una playera común y zapatos tenis. Subió unos cuantos metros, y no se sabe cómo, perdió el piso, resbaló, cayó y se rompió el cuello.
O como suele decir nuestra sabiduría tradicional: “Cuando te toca, aunque te quites, y si no te toca, aunque te pongas”.
El caso es que los viejos morimos de una de las cuatro ‘cas’: caída, cáncer (en diferentes órganos), catarro (enfermedades respiratorias), o caca (padecimientos estomacales o intestinales). Yo antes me pitorreaba de las caídas, que según yo eran siempre “evitables”. Sí, cómo no.
Como dijo el actor Andrés García en una de sus últimas entrevistas, cuando ya había pasado de los 80: “Yo creía que siempre podría evitar caerme y ¡allá voy!”. Resultó que ese gran atleta, que hacía ejercicio a todas horas y gustaba de fajarse (en el doble sentido) con cualquiera, efectivamente se cayó y se golpeó con un mueble.
¿Qué puedo esperar yo, que nunca he sido ni especialmente hábil ni fuerte ni ágil? Cuidarme muchísimo, supongo, moverme despacio, usar bastón o apoyarme en Marián, y confiar en mi habitual buena suerte.