Candidaturas: ¿se pueden filtrar las lealtades? (Parte 1)
Este 10 de septiembre se inicia el proceso electoral en el que se competirán más de 20,000 cargos de elección popular, incluidas 17 gubernaturas. Fue creada, en el seno del Instituto Nacional Electoral, la Comisión de Verificación de Integridad en Candidaturas, responsable de “recibir de los partidos políticos o de las personas que aspiren a una candidatura independiente, los listados de personas que pretendan postular como candidatas a un cargo de elección popular, ya sea federal o local, previo a su registro ante la autoridad electoral para que, en coordinación con las instancias competentes en materia de seguridad, inteligencia, procuración de justicia y financiera, se realice un análisis de riesgo sobre sus perfiles”.
Se trata de revisar “la existencia o no de un riesgo razonable sobre posibles actividades delictivas”. La entrega de la información “se realizará de manera voluntaria” y las personas que pretendan ser postuladas manifestarán “conformidad de que su perfil sea objeto de un análisis de riesgo”.
Si bien puede haber herramientas para identificar comportamientos que arrojan indicios de conductas penales, por ejemplo, a través del análisis patrimonial, me interesa hacer notar un ámbito muy diferente: el relacional, es decir, un ámbito estrictamente subjetivo. ¿Por qué? Porque hace mucho tengo claro que, lejos de someter regularmente nuestras interacciones en México al principio de igualdad ante la ley, más bien lo hacemos a través de negociaciones informales donde las leyes son parte precisamente de las herramientas disponibles.
Habría que hacerse la pregunta más básica una y mil veces: ¿cómo nos relacionamos? En especial, cuando se nos dice que será un mecanismo legal (formal) el que filtrará a miles de personas aspirantes a ser candidatas para, se supone, dejar pasar solo a quienes no representan un riesgo criminal. Medir con herramientas formales las relaciones que se organizan más a través de la informalidad puede ser una tarea fracasada incluso antes de comenzarla.
Yo creo que nuestras relaciones, y en particular las relaciones de poder, ya sea en lo público, o en lo privado, se deben explicar con las herramientas que buscan descifrar lo que son los comportamientos, no lo que deberían ser en clave jurídica. Y si algo he encontrado que está por encima del diseño normativo de nuestras relaciones, son las actitudes y los discursos empaquetados como “lealtad”.
Lo descubrí como una paradoja; primero porque me encontré la práctica de violar las normas justamente a nombre de la lealtad... a las normas; la familia de apellidos es vasta: lealtad institucional, lealtad a la patria, lealtad a la nación, lealtad a la historia y, tal cual, a la ley misma. ¿Violar la ley por lealtad a la ley? Sí, por ejemplo, dentro del refugio de la “seguridad nacional”, a su vez instrumentalizada como “razón de Estado”.
Hace unos meses expresé por enésima vez mi sorpresa ante la disciplina de lealtad, incluso masiva, respecto a liderazgos políticos que terminan haciendo de la violación a la norma y la mentira prácticas evidentes y cotidianas, pero no censuradas precisamente por disciplina; fue entonces que una especialista me comentó el concepto de “pirámide relacional narcisista”. Acabo de entrevistarla y estaré trayendo aquí algunas de sus respuestas porque creo que ayudan mucho a responder ante qué estamos.
Ella explicó: Desde la terapia familiar sistémica, y particularmente desde la noción de lealtades invisibles de Ivan Boszormenyi-Nagy y Sperk, podemos pensar que las personas permanecen vinculadas a un sistema no solamente porque quieren a quienes están arriba, sino porque existe una especie de deuda relacional, expectativa, intercambio y obligación de reciprocidad. Llevado al campo político, creo que podríamos formularlo así: yo te sostengo porque tú representas mi posibilidad de pertenecer, avanzar y eventualmente ocupar un lugar más alto. Entonces la lealtad deja de ser simplemente, te soy leal porque creo en ti, y puede convertirse en: te soy leal porque mi lugar dentro del sistema depende de mi lealtad hacia ti.
Agregó que la pirámide es un sistema. En la parte superior hay mayor concentración de poder, reconocimiento, recursos y capacidad de decidir sobre los demás. Pero la paradoja es que la cúspide no existe sin la base. La persona de arriba necesita que quienes están abajo legitimen, ejecuten, defiendan, callen, reproduzcan el discurso, absorban costos y los paguen cuando así es necesario, protejan la imagen, compitan entre sí y, sobre todo, reconozcan el lugar superior de quien está arriba. Por eso, remató, la pirámide funciona mediante una especie de contrato relacional implícito: yo sostengo tu posición porque espero que, cuando sea posible, tú sostengas mi ascenso.
¿Y qué tiene que ver esto con las elecciones? Todo. Tal vez podemos entender mucho mejor cómo se reconstruye el Estado mediante la proliferación de pirámides relacionales narcisistas donde la oportunidad delictiva gobierna desde el vértice.
Continuará...l