Centros comunitarios, una apuesta que vale la pena

Emiliano Terán Bobadilla
14 septiembre 2026

¿Cómo desatar el nudo gordiano de la violencia en Sinaloa? En medio de esta crisis prolongada, es urgente preguntarnos no sólo cómo contener sus efectos, sino cómo reconstruir a fondo nuestras comunidades.

Los centros comunitarios pueden representar una de esas alternativas, espacios donde niños, jóvenes y familias puedan encontrarse alrededor de la cultura, el deporte, la educación y otras actividades capaces de fortalecer los vínculos entre quienes comparten una misma comunidad.

No se trata simplemente de construir edificios. El verdadero valor está en lograr que esos espacios tengan vida, actividades permanentes y, sobre todo, participación de la propia sociedad.

En esta dirección resulta interesante el inicio de la construcción del Centro Comunitario México Imparable, en Lomas de San Isidro, Culiacán, promovido como parte de una estrategia para atender algunas de las causas sociales relacionadas con la violencia. El proyecto contempla actividades deportivas como futbol, boxeo, béisbol, básquetbol y atletismo, además de lectura, música, teatro y danza, así como espacios de atención a la salud mental. De acuerdo con las autoridades estatales, el centro podría atender hasta mil personas diariamente.

Esta iniciativa, encabezada por la Gobernadora interina Graciela Domínguez Nava como parte de la estrategia nacional de seguridad, con la colaboración del municipio de Culiacán, es un paso que vale la pena observar, pero quizás todavía más importante sea preguntarnos qué podemos aprender de experiencias que ya existen en nuestro propio estado. No tenemos que buscar demasiado lejos.

En el Ejido Corerepe, Guasave, existe desde 2013 un centro comunitario que se ha convertido en un ejemplo interesante de participación social, cultura, educación y deporte.

El Centro Comunitario Corerepe surgió por iniciativa de la familia Soto Cota, particularmente de Mario y Manuel Soto Cota, con la participación de Fundación ICASA y de la propia comunidad. Sus instalaciones fueron inauguradas el 10 de junio de 2013 y desde entonces han ofrecido actividades educativas, culturales, deportivas y recreativas de manera gratuita para niños, jóvenes y familias de Corerepe y comunidades cercanas como El Gallo, Miguel Hidalgo y El Huitussito.

Ahí se han impartido clases de computación, pintura y carpintería, además de talleres, actividades deportivas y servicios de biblioteca. El propio Instituto Sinaloense de Cultura ha incorporado al Centro Comunitario Corerepe dentro de sus espacios de formación artística y cultural. En 2024 reportó hasta 55 estudiantes participando en disciplinas artísticas, pero quizá el dato más importante no sea una cifra.

Lo relevante es que después de más de una década el centro continúa funcionando. Ha logrado mantenerse como un punto de encuentro entre la comunidad y las instituciones. Incluso ha sido reconocido como una experiencia de desarrollo educativo y cultural que beneficia no solamente a Corerepe, sino también a poblaciones cercanas. Ese tipo de experiencias deberían servirnos como referencia.

Durante años hemos destinado recursos a programas y estrategias que aparecen, desaparecen y posteriormente son sustituidos por otros con nombres diferentes. Ante los problemas que enfrenta Sinaloa, quizá sea momento de modificar esa lógica.

Si una iniciativa muestra señales claras de funcionamiento, estudiémosla. Identifiquemos qué elementos permitieron que permaneciera durante años. Midamos sus resultados. Detectemos sus limitaciones. Después intentemos replicarla y, si es posible, mejorarla.

También debemos tener la capacidad de reconocer cuando una estrategia no está produciendo los resultados esperados. Continuar financiándola únicamente porque siempre se ha hecho de esa manera difícilmente resolverá nuestros problemas.

Los centros comunitarios tampoco resolverán por sí solos la violencia que enfrenta Sinaloa. Pensarlo así sería simplificar un problema mucho más complejo. Pero pueden representar una parte de una estrategia diferente, orientada a reconstruir los espacios de convivencia y fortalecer los vínculos entre las personas. Para ello necesitamos algo más que inversión pública.

La propia sociedad tiene que involucrarse directamente en los problemas de sus comunidades. Conocer a quienes viven alrededor, recuperar espacios comunes y generar actividades donde niños, jóvenes y adultos vuelvan a encontrarse.

Quizá la respuesta no esté solo en crear programas, sino en observar lo que ya funciona y aprender de ello. Para dejar de repetir lo vivido, necesitamos reconstruir algo que hemos perdido: nuestra comunidad. Ni programas ni recursos bastarán sin recuperar la capacidad de convivir y organizarnos. Los centros comunitarios pueden ayudar, pero solo si la sociedad los hace suyos.