¿Cómo vivir?
Hace más de 2 mil 300 años, las escuelas helenísticas intentaron responder una pregunta que sigue intacta, ¿cómo vivir?
Que sigamos haciéndonos la misma pregunta podría significar que nunca encontramos una respuesta, pero existe otra posibilidad, quizá más incómoda, y es que algunas respuestas hayan estado frente a nosotros durante siglos y simplemente hayamos decidido ignorarlas.
Los estoicos dijeron que una buena vida comenzaba por aprender a distinguir aquello que depende de nosotros de aquello que no; Epicuro habló de la amistad, la moderación y la tranquilidad como condiciones para vivir bien; los cínicos cuestionaron nuestra obsesión por las posesiones, el prestigio y las convenciones sociales; y Aristóteles, antes que ellos, había planteado que el propósito de la vida no era simplemente existir ni acumular placeres, sino alcanzar la eudaimonía, algo parecido a florecer como seres humanos.
No parece que nos haya faltado material, dos milenios después, sin embargo, seguimos buscando.
La diferencia es que ahora tenemos herramientas que ellos difícilmente habrían podido imaginar, podemos hablar en segundos con alguien al otro lado del planeta, tenemos acceso inmediato a una cantidad de conocimiento que ninguna biblioteca de la antigüedad habría podido contener, vivimos más años, curamos enfermedades que antes eran sentencias de muerte, cruzamos océanos en unas horas y llevamos en el bolsillo un aparato capaz de responder prácticamente cualquier pregunta.
Excepto, aparentemente, la más importante, ¿cómo vivir?
Tal vez nuestro problema no sea la falta de respuestas, sino el exceso de distracciones.
Porque hemos aprendido mucho sobre cómo prolongar la vida, pero no necesariamente sobre qué hacer con ella, sabemos cómo producir más, cómo movernos más rápido, cómo comunicarnos inmediatamente, cómo entretenernos durante cada segundo disponible. Hemos construido una sociedad extraordinariamente eficiente para evitar el aburrimiento y, paradójicamente, también para evitar el silencio necesario para preguntarnos si la vida que llevamos es realmente la que queremos.
Nos despertamos y miramos una pantalla, trabajamos mirando otra, descansamos mirando una tercera, medimos nuestros pasos, nuestras horas de sueño, nuestras calorías, nuestros ingresos, nuestros seguidores y nuestra productividad. Sabemos cuánto hicimos durante el día, pero no siempre sabemos si aquello que hicimos valía la pena.
Y quizá ahí comienza el problema, hemos confundido con facilidad vivir mejor con tener más.
Más dinero, más experiencias, más viajes, más reconocimiento, más opciones, más cosas que contar, más fotografías que mostrar, incluso el bienestar terminó convertido en una industria que constantemente necesita convencernos de que todavía nos falta algo para estar bien y, sin embargo, cuando uno vuelve a aquellas viejas respuestas encuentra algo sorprendentemente sencillo.
Amigos, tiempo, moderación, propósito, una comunidad a la cual pertenecer, la capacidad de aceptar aquello que no podemos controlar, la posibilidad de disfrutar lo suficiente sin convertir cada deseo satisfecho en el nacimiento inmediato de otro, nada particularmente novedoso, tal vez por eso resulta tan difícil venderlo. Nuestro modelo económico funciona mejor cuando sentimos que todavía nos falta algo, las redes sociales funcionan mejor cuando seguimos mirando, la política funciona mejor cuando permanecemos indignados, la publicidad necesita recordarnos que podríamos ser más atractivos, más exitosos, más jóvenes o felices de lo que somos.
La serenidad, en cambio, tiene un pésimo modelo de negocio, y tampoco creo que la respuesta sea romantizar a los antiguos, vivimos en sociedades infinitamente distintas. ellos tampoco resolvieron las contradicciones de su tiempo y muchas de sus ideas resultarían insuficientes, o francamente inaceptables, para entender el nuestro, hemos aprendido cosas que ellos no sabían, sabemos más sobre la mente, sobre el trauma, sobre las desigualdades, sobre nuestros cuerpos y sobre la importancia que tienen las condiciones materiales para poder construir una vida digna. Sabemos que no todas las personas parten del mismo lugar y que decirle a alguien simplemente que sea virtuoso o que controle sus deseos puede ser una respuesta profundamente insuficiente frente a la pobreza, la violencia o la injusticia.
Vivir también es una disciplina, una buena vida no ocurre automáticamente, se practica. En las personas a las que decidimos dedicarles tiempo, en las cosas a las que aprendemos a renunciar, en aquello que dejamos de perseguir, en nuestra relación con el dinero, con el éxito, con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestro cuerpo y, sobre todo, con el tiempo limitado que tenemos.
Quizá por eso la pregunta ha sobrevivido durante más de 2 mil años, no porque nadie haya logrado responderla, sino porque ninguna generación puede responderla por nosotros. Cada época construye sus propias distracciones y cada persona termina enfrentándose, tarde o temprano, a la misma pregunta que alguien se hizo caminando por Atenas hace más de 20 siglos, ¿qué significa vivir bien?, no estoy seguro de que necesitemos una respuesta nueva, tal vez valdría la pena empezar por recordar las que ya teníamos.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.