Con Estados Unidos algo se agotó
Se pueden entresacar varias enseñanzas de la actual escalada en las tensiones del gobierno de Claudia Sheinbaum con Estados Unidos. Una, obvia, es que México no es ni remotamente el único país que ha sido objeto de distintas formas de hostilidad, ataques, mentiras y verdades dolorosas por parte de la actual Casa Blanca.
Otra lección consiste en pensar que no existe alguna fórmula mágica para contrarrestar este tipo de ofensivas, y ningún país del mundo, salvo tal vez China, ha encontrado la manera de lidiar con Trump simultáneamente defendiéndose y no enfrentándose demasiado. Y una tercera conclusión provisional es que no parecen tener fin los enfrentamientos entre Estados Unidos y una serie de países, incluyendo a México, por distintos motivos, o las mismas razones, en cada ocasión. La aplicación de nuevos aranceles a Brasil el día de ayer muestra cómo, a pesar de encuentros personales de Lula con Trump y de la “buena vibra” que allí se produjo, la agresividad norteamericana sigue en pie.
Una reflexión a la que sí se puede llegar en el caso específico de México es, sin embargo, de otra naturaleza.
Si consideramos las últimas declaraciones de Terry Cole, jefe de la DEA, sobre la conexión estrecha entre los cárteles mexicanos y el Gobierno de México; si contemplamos las últimas afirmaciones de Jamison Greer, representante de Comercio, en el sentido de que el creciente superávit comercial mexicano con Estados Unidos deberá reducirse como parte de las revisiones del T-MEC; si sopesamos la posibilidad de que muchas de las versiones que circulan sobre distintos gobernadores, -de Baja California, de Sonora, de Tamaulipas- y de otros altos funcionarios mexicanos provienen de filtraciones deliberadas de distintas agencias del gobierno de Estados Unidos; si tomamos en cuenta la posibilidad de que tanto en materia de seguridad, como de comercio, migración y la situación de mexicanos en Estados Unidos, de las dificultades de la indigna solidaridad con Cuba, de las amenazas de cerrar consulados mexicanos dentro de Estados Unidos, etcétera, forman parte de una estrategia más o menos coherente y holística, se impone una conclusión evidente.
En lugar de que las tensiones con Trump hayan disminuido a lo largo del año y medio que lleva en la Casa Blanca, y que cada vez haya más fluidez y ecuanimidad en la relación con Estados Unidos, la escalada es casi cotidiana. Es obvio que los mecanismos empleados por el Gobierno de México no han dado resultados, o en todo caso se han agotado. Llevar a cabo concesiones por adelantado -por ejemplo, el arancel de 50 por ciento a las importaciones chinas a México, o enviar 10 mil efectivos militares a la frontera norte para detener la migración a Estados Unidos- junto con la comunicación telefónica recurrente, sin encuentros personales entre los dos presidentes, y contestando a todos los ataques desde Estados Unidos en la mañanera, ya no funciona, si es que alguna vez funcionó.
Seguir insistiendo en los mismos métodos, las mismas tácticas, los mismos sermones presidenciales -la DEA debiera ocuparse de la droga en Estados Unidos- sólo puede llevar, en el mejor de los casos, a los mismos resultados: el caos actual. En el peor de los casos, puede contribuir a un deterioro mayor.
México cuenta con instrumentos de alto riesgo para responder a este conjunto de agresiones procedentes de Washington. Es posible que el Gobierno ya haya recurrido a alguno de ellos, y que simplemente no lo haya hecho público. Incluyen principalmente la amenaza mexicana de suspender o limitar nuestra cooperación en materia migratoria, de seguridad, de medio ambiente, de relaciones fronterizas, e incluso en foros internacionales.
Se ha utilizado esto antes en varias ocasiones. Recordemos dos casos: el de Carlos Salinas cuando el secuestro de Humberto Álvarez Machain entre 1990 y 1992; y el de López Obrador cuando la detención del General Cienfuegos en Estados Unidos por la propia DEA. En ambos casos, parece que la amenaza surtió efecto.
Circulan las versiones, en los medios norteamericanos principalmente, de que Sheinbaum ya ha empezado a recurrir a estos instrumentos, principalmente a través de García Harfuch. Se sospecha que el Secretario de Seguridad ha viajado en varias ocasiones recientes a Washington, donde ha compartido con sus contactos en el gobierno de Trump de que están tensando demasiado la liga, y que Sheinbaum llegue a suspender la cooperación en materia de combate al crimen organizado si Estados Unidos pasa a otras medidas más agresivas.
En un artículo de hace un par de días, Tim Golden, de ProPublica (y antes de The New York Times en México), comenta que altos funcionarios mexicanos han compartido este punto de vista con sus homólogos en Washington, y que existe un grupo de colaboradores de Trump que efectivamente temen que eso pueda suceder. Piensan que presionar, por ejemplo, cada vez más en el caso Rocha Moya simplemente no vale la pena.
Existen desde luego otras opciones. El encuentro personal con Trump siempre encierra riesgos, pero obviamente evitarlo sistemáticamente ha llegado a su límite. No es imposible que una buena alternativa al método ya agotado de Sheinbaum radique en un encuentro personal con Trump a solas, donde ella le pueda decir abiertamente a su interlocutor que es indispensable que cesen las declaraciones tipo Terry Cole, así como otras filtraciones y presiones, ya que en el caso contrario no va a contar con el espacio político necesario para mantener una cooperación con Estados Unidos que el propio Trump ha elogiado en varias ocasiones.