Concordia y los 17 meses en guerra
Ataque a mineros, certificación atroz

Alejandro Sicairos
09 febrero 2026

Las imágenes que circulan del desolado poblado de Copala, una joya arqueológica que ha sobrevivido durante más de cuatro siglos, plantean desde la parte baja de la Sierra Madre Occidental el enorme signo de interrogación que le atañe responder al Gobierno pero nos interpela a todos cómo permitimos que hoy esté tomada por el crimen organizado y con el grito de dolor por los diez mineros o más desaparecidos que desde la montaña estremece a Sinaloa y México enteros.

A 17 meses de miedo y sensación de desamparo ininterrumpidos y que nada indica que tal barbarie podría terminar, este pueblo señorial sintetiza el informe no grato de fuerza pública federal situada por miles en las áreas de conflicto, generales del Ejército que llegan y se van, reforzamiento táctico de las policías, estrategias de seguridad pública inamovibles frente a la capacidad del crimen para reinventarse, que no materializan la paz tan anhelada.

Concordia es el hilo de sangre que cada uno llevamos ciñéndonos el alma en recordatorio de las 2 mil 800 personas asesinadas, 3 mil 300 privadas de la libertad y los 518 días y noches durmiendo a medias entre pesadillas completas. Es la víspera del año y medio certificando la realidad tan distinta en ciudadanos que cada homicidio les extingue la expectativa de sociedad armónica y la de gobernantes que creen que la seguridad suministrada a cuentagotas es lo único que pueden ofrecer.

Es el largo crujido de la rama de la confianza en el constitucionalismo que hace eco en el monte que transmuta a selva en la cual es más fuerte no parece ser el Gobierno sino fieras que devoran leyes y jurisdicciones que marcan comarcas completas con las pisadas de la atrocidad. Hora tras hora, hecho tras hecho, en la acción que aplasta lo que a Sinaloa le signifique estabilidad y orden.

Y tenía que suceder allí el desaliento añadido a la de por sí larga desesperanza, en esa franja limítrofe con Durango en la cual pretende fraguarse una nueva alianza criminal y se forjan a la vez nuevas derrotas de la delincuencia asestadas al Estado mexicano que resulta más eficiente en encontrar fosas repletas de víctimas humanas cuando la obligación primaria es evitar las muertes al menos de la gente pacífica que lucha por sobrevivir en territorios de narcoguerra.

No nos hagamos. El envío de más de mil militares y peritos de la Fiscalía General de la República fue para encontrarlos vivos y traerlos de regreso con sus familia y trabajos. El objetivo de tan enorme despliegue nunca consistió en equipo humano y táctico destinado a cavar en fosas clandestinas y sitiar puntos de búsqueda para mayor angustia de lugareños convertidos de manera unánime en sufrientes. Buscar a los mineros bajo tierra anuncia la derrota del operativo.

Región pródiga de metales preciosos y bellezas turísticas, Concordia es ahora mancha violenta donde los manantiales que brotan entre bosques de pino y encino expelen sangre por las discordias al interior del Cártel de Sinaloa que borran cualquier rastro de civilidad y esperanza. Tan terrible es el estado de cosas como aterradora resulta la percepción de instituciones doblegadas y servidores públicos rendidos que están por decretar la normalización de la inseguridad.

Y por si acaso lo aciago fuera poco, presenciamos la aberración de la agonía social prolongada al conocerse que entre los restos de los cuerpos hallados en fosas clandestinas uno pertenece a José Ángel Hernández, minero desaparecido, y el destino de los otros nueve continúa sin determinarse. Resistámonos a aceptar que este primer desenlace triste determine la resolución para todo el grupo, aferrados a la ilusión de que la esperanza sea lo último que muera. Nunca veamos a los que faltan con igual derrotismo que el Gobierno al considerarlos causa perdida.

A buscarlos y encontrarlos con la fe a todo lo que da en que están vivos. Exigirles a las autoridades para que los devuelvan a sus hogares sanos y salvos e implorarles si es preciso a los criminales de que permitan el feliz reencuentro. Llevamos 17 meses reclamando la paz que nos robaron, orando a lo providencial como único reducto de los desesperanzados, y qué más da prolongar las súplicas el tiempo que las desdichas lo requieran.

Resiste estoica, Concordia,

fiel a tu nombre e historia,

mientras Gobierno o escoria,

de ti tienen misericordia.

Le toca turno al Carnaval de Mazatlán en este extenso ciclo de incertidumbre salir ileso de la violencia que tiene en la Perla del Pacífico a otro epicentro de la narcoguerra, no tan grave pero sí similar al de Culiacán. Que la tranquilidad forzada mediante el blindaje militar y policial haga posible que el oropel, confeti y la música de tambora hagan posible el remanso de fiesta y convivencia donde el miedo y la preocupación adquieren antifaces festivos. Cuidemos los sinaloenses y turistas a esta tradición en el entendido de que, como bien lo dice el poeta Juan de Dios Peza, “el carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas”.