Contradicciones mundialistas
El balón rueda y, por 90 minutos, parece que el mundo encuentra un idioma común. Un gol hace que un desconocido abrace a otro, que una ciudad entera salga a la calle, que un niño sueñe con ser héroe y que un adulto recuerde por un instante que todavía puede emocionarse, pocas cosas tienen esa capacidad de unir a millones de personas alrededor de una misma historia y, sin embargo, mientras un estadio canta, otra plaza protesta.
Mientras la ceremonia inaugural llena las pantallas de color, cientos de familias mexicanas marchan con fotografías de sus hijos desaparecidos recordándonos que en el país existen cerca de 135 mil personas cuyo paradero sigue siendo desconocido, y es imposible no sentir que ambas imágenes pertenecen al mismo tiempo y al mismo lugar.
Vivimos en la era de las contradicciones mundialistas.
Celebramos un torneo que traerá turismo, inversión y una ventana privilegiada para mostrar México al mundo, mientras seguimos enfrentando problemas estructurales que ningún espectáculo deportivo puede resolver.
Los números cuentan esa historia mejor que cualquier discurso, el Mundial representa una oportunidad económica real, Moody’s estima un impulso cercano a mil 030 millones de dólares para el turismo mexicano, mientras organismos especializados prevén un crecimiento importante del sector de viajes gracias a la exposición internacional y a la llegada de millones de visitantes.
No es poca cosa, miles de empleos temporales, hoteles llenos, restaurantes trabajando al máximo, taxistas, guías, músicos, comerciantes y pequeños negocios beneficiándose de una fiesta global, México tiene una enorme capacidad para recibir al mundo y convertir la hospitalidad en una industria pero al mismo tiempo, también es cierto que más de la mitad de los trabajadores mexicanos permanece en la informalidad, sin acceso pleno a seguridad social, mientras alrededor de 44.5 millones de personas carecían de acceso a servicios de salud en 2024.
Es decir, somos un país capaz de organizar el evento deportivo más importante del planeta y, simultáneamente, uno donde millones de personas siguen viviendo con enormes incertidumbres cotidianas.
La contradicción no termina ahí, las cifras de violencia muestran una mejoría significativa. El Índice de Paz México reporta que la tasa de homicidios cayó 22.7 por ciento durante 2025, el descenso más importante registrado, equivalente a cerca de siete mil muertes menos que el año anterior, es una noticia extraordinaria, pero el mismo informe advierte que México sigue siendo un país menos pacífico que hace una década y que persisten problemas graves relacionados con el crimen organizado y la violencia regional. Incluso Sinaloa aparece como el estado con el mayor deterioro durante ese periodo debido a conflictos internos de grupos criminales.
Entonces, ¿qué hacemos los ciudadanos de a pie frente a todo esto? Porque parece que las redes sociales nos obligan a escoger.
O eres el que celebra el Mundial y, según algunos, eres indiferente al dolor del País, o eres el que señala las carencias nacionales y, según otros, eres incapaz de disfrutar algo positivo.
Quizá ambas posiciones estén equivocadas, tal vez la madurez consiste precisamente en aceptar que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, podemos emocionarnos con un gol de México y exigir justicia para las madres buscadoras, podemos celebrar que millones de personas visiten nuestro País y seguir demandando mejores hospitales, escuelas y oportunidades, podemos sentir orgullo cuando el mundo mira hacia nosotros sin dejar de reconocer todo aquello que todavía necesita cambiar.
Nos hemos acostumbrado a pensar que la realidad es una competencia entre blancos y negros, cuando en realidad está construida sobre una inmensa gama de grises. Las sociedades maduras no son las que esconden sus problemas para recibir invitados; son las que aprovechan la atención del mundo para mostrar también su capacidad de reflexionar sobre sí mismas.
Porque un Mundial dura un mes, pero un país permanece.
Y quizá esa sea la lección más importante, no dejar que la alegría nos haga olvidar nuestros pendientes, pero tampoco permitir que los pendientes nos roben la capacidad de celebrar.
Los de a pie no tenemos que resolver la geopolítica, ni la economía, ni la seguridad nacional antes de gritar un gol, nuestra responsabilidad es mucho más sencilla y mucho más difícil, conservar la capacidad de pensar con matices.
Aceptar que el mundo es contradictorio, que México también lo es y que nosotros mismos vivimos llenos de paradojas.
Porque una democracia sana no se construye con personas que solo saben aplaudir o solo saben indignarse, se construye con ciudadanos capaces de hacer ambas cosas el mismo día.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.