Costo de oportunidad
En el mundo de la administración de negocios, el éxito se mide casi siempre por el espejo retrovisor: los estados financieros del mes pasado, las utilidades netas del ejercicio anterior o el flujo de caja actual. Sin embargo, desde la perspectiva de la Dueñez empresaria, el desempeño de los líderes no se calcula sólo por los beneficios obtenidos o lo que entra en caja, sino por lo que se dejó de ganar por no haber tomado decisiones a tiempo. Esto es el costo de oportunidad, la métrica invisible, pero implacable, de la gestión del valor.
Para un dueño de negocio, el costo de oportunidad no es un simple concepto teórico, es la medida que evalúa su capacidad visionaria. En general, se define como el valor de la mejor opción a la que renunciamos al tomar una decisión. Cada vez que decidimos invertir capital, tiempo o talento en un proyecto corporativo, estamos eliminando la posibilidad de utilizarlos en otra alternativa que podría ser exponencialmente más rentable.
El peor enemigo de una empresa no siempre son las crisis o las pérdidas visibles; muchas veces es la mediocridad rentable. Una organización puede estar generando utilidades modestas y mantener a sus socios conformes. Sin embargo, si ese mismo capital y esfuerzo humano se hubieran canalizado hacia un modelo de negocio superior o una expansión geográfica de alto impacto, las ganancias podrían haber sido mucho mayores.
La diferencia entre ese rendimiento mediocre y el rendimiento óptimo que se pudo haber alcanzado es el costo de oportunidad. Cuando el ejercicio de la Dueñez es pasivo, el patrimonio se estanca. El verdadero líder de la Dueñez no se pregunta si el negocio está ganando dinero, sino si de verdad está avanzando por su mejor camino de creación de valor.
Nosotros llevamos este concepto un paso más allá. El costo de oportunidad más peligroso no es aquel que se genera al elegir la opción A sobre la opción B, ambas identificadas. El costo más devastador para el patrimonio es el valor de la oportunidad que pudiste haber creado y que, por ceguera estratégica, falta de búsqueda activa o carencia de imaginación, dejaste ir.
La verdadera Dueñez no es un ejercicio pasivo de selección en un menú preexistente. Es un proceso de exploración deliberada y continua, para abatir el costo de oportunidad, para no dejar ir la buena. Cuando un equipo de liderazgo padece de miopía o se instala en la autocomplacencia, ni siquiera se percata de los nuevos mercados, los modelos de negocio disruptivos o las alianzas que pudo haber construído desde cero. Esas oportunidades, jamás concebidas debido a la falta de visión, de atención o de trabajo en equipo, representan un vacío inmenso en la creación de valor; un costo oculto donde el patrimonio no solo se estanca, sino que se vuelve gradualmente obsoleto.
Las tres dimensiones donde hemos de monitorear y cuidar el costo de oportunidad son el capital (las inversiones en activos improductivos o ineficientes son capital muerto), el tiempo del dueño (el empresario en la trinchera de la operación cuida el negocio de hoy, pero desatiende su rol de exploración de las rutas del futuro), y el talento clave (si los ejecutivos con mayor sentido estratégico no tienen tiempo para dedicarse a la innovación, matamos el mañana).
El líder de Dueñez no puede descuidar la renovación de las estrategias de generación, multiplicación y captura de valor. Él es quien debe crear los mecanismos y espacios donde se construyan las nuevas fórmulas de negocio, los nuevos caminos de liderazgo competitivo, de sincronía organizacional y de alto rendimiento.
La inercia nos traga, la operatividad nos devora, la rentabilidad y el crecimiento absorben nuestra atención. ¿Quién lleva la contabilidad de este costo?, ¿quién se preocupa por el futuro? El indicador de la cuota de valor, que es el porcentaje de incremento de la riqueza que representa nuestro patrimonio, con respecto a nuestros competidores es el que de verdad cuenta. El que tiene el costo de oportunidad más alto es el pierde, y tal vez ni cuenta se da.
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* “Dueñez®” es una marca registrada por Carlos A. Dumois