Cuidado con el sentido de urgencia
""
Luis Alfredo Santana
Siempre intento terminar mi columna antes del fin de semana y hasta hace algún tiempo me sentía mal porque terminaba enviándola en más de una ocasión al cuarto para las doce, muy ajustado antes de que los editores terminaran su trabajo, pero recientemente he leído que ese comportamiento, el postergar una tarea tiene un nombre: procastinación, sin embargo y para no sentirme mal he encontrado que gracias a eso, que ciertamente afecta a la productividad, es, a pesar de mí mismo, una virtud al momento de ser creativo.
Soy de una generación que fue educada bajo la premisa de que había que hacer las cosas a la mayor brevedad posible, la verdad es que eso era más una declaración de buenas intenciones porque en la realidad más de una tarea, actividad o proyecto se deja para más adelante con las consecuencias que todos sabemos, jornadas extenuantes o desveladas de campeonato para terminar aquello que hemos dejado pasar antes. Ese comportamiento me llevó a presentar mi examen profesional y de tesis apenas dos meses después de terminar la carrera y a cubrir mi servicio social durante el último año en la universidad, no me pasaba por la cabeza que pudiera dejar cosas pendientes.
Claro que no quiero hacer un elogio de ser irresponsable y no terminar los compromisos, lo que intento plantear es destacar el peligro de hacer las cosas contra reloj, con un falso sentido de urgencia. Por ejemplo, puedo escribir mi colaboración semanal de un tirón y enviarla, con lo que quedo ‘liberado’ de la presión, pero si la escribo, la dejo incompleta y después la reviso, con frecuencia encuentro que mi planteamiento inicial no era original y muy elemental. Dejar divagar la mente y retomar permite encontrar nuevos enfoques.
La mecánica de empezar, parar y regresar es útil porque dejamos un tema pendiente en el que seguimos pensando, trabajando en paralelo. Recordamos más las tareas incompletas que las que hemos terminado. La explicación es que cuando terminamos un proyecto, lo archivamos mentalmente, pero cuando está en proceso, en esa zona donde sabemos que todavía no terminamos, lo tenemos abierto, activo en nuestra mente. Procastinar permite que nuestra mente divague y encuentre nuevos enfoques.
El querer terminar las cosas de inmediato también tiene nombre, es la precastinación. Es una urgencia por terminar las cosas, donde la tarea es lo importante. Un precastinador tiene como aliciente el progreso en la tarea y postergar algo lo agobia. Me parece que somos precastinadores naturales. Conozco el caso de personas que “necesitan” contestar todos los correos que reciben y pueden pasar jornadas completas trabajando y eso los hace sentir plenos, pero siempre estarán buscando tareas, el plan es estar ocupados.
Es muy complicado el pasar de un comportamiento precastinador a uno procastinador sólo con querer hacerlo. Se requiere tener la intención de hacerlo y como todo, hay que practicar. Quizá vale la pena que revisemos las tareas en las que podemos practicar la procastinación y estar dispuesto a vivir el proceso que no es otra cosa que pensar. No me imagino un cirujano procastinador, ahí la tarea es lo importante y la creatividad viene para responder a lo inesperado. Sin embargo hay otras actividades como la costura, naturalmente procastinadoras.
Un primer paso para practicar la procastinación es hacer un listado de las actividades creativas pendientes y... retrasarlas, resistir la tentación de iniciarlas. Puede ayudar empezar alguna y dejarla empezada, seguramente al revisarla después cambiaremos la perspectiva y el enfoque de los temas. La idea de dejar el trabajo empezado ayuda a querer regresar a terminarlo y ahí es donde el proceso tiene una riqueza natural.
Por todo esto vale la pena practicar y no tener miedo a dejar las cosas incomp