Cuidar no debería costar la vida. La otra cara del envejecimiento

Claudia Calvin
21 febrero 2026

Hay temas que no aparecen en ninguna agenda pública, aunque día con día sostienen de manera silenciosa la vida cotidiana de millones de personas. El Síndrome de la Cuidadora es uno de ellos. No figura en los discursos oficiales ni en las prioridades del Estado, tampoco en los programas de salud mental ni en las estrategias empresariales y lamentablemente, tampoco en las familias. Se vive en voz baja, en la intimidad de los hogares, como si el desgaste emocional, físico y psicológico de quien cuida fuera un detalle menor, una consecuencia lógica del amor o un destino natural de las mujeres. Esa invisibilidad es un problema político, cultural y de salud pública de primera magnitud. También hay que decirlo, es una realidad que muchas familias ni siquiera reconocen porque desconocen su existencia.

El mundo envejece aceleradamente, pero los sistemas sociales siguen organizados alrededor de una premisa falsa: alguien cuidará. Esa frase esconde lo esencial porque ese “alguien” casi siempre es una mujer y, ese cuidado, casi siempre se ofrece sin descanso, sin reconocimiento y sin apoyo.

El síndrome de la cuidadora no está clasificado como enfermedad, aunque los médicos lo reconocen de inmediato. Se manifiesta como agotamiento crónico, insomnio, ansiedad sostenida, irritabilidad, dificultades de concentración, dolores musculares, hipertensión, gastritis y signos de depresión. Las personas cuidadoras presentan un riesgo de mortalidad significativamente mayor que quienes no cuidan. No es una metáfora: un estudio de Schulz y Beach encontró que las cuidadoras tienen 63 por ciento más probabilidad de morir antes que quienes no asumen esta carga. La frase que los geriatras repiten, “a veces se entierra antes a la cuidadora que a la persona cuidada”, no es retórica, es estadística.

Las y los expertos y estudiosos en cuidados coinciden en una pregunta: ¿quién cuida a quienes cuidan a las personas mayores? Los riesgos de salud física y mental para ellos son altos. Las necesidades de la persona que necesita apoyo y cuidado acaban siendo prioritarias para la persona que cuida, y su salud, situación financiera y desarrollo profesional se ven afectados. Hace tiempo que en países como Estados Unidos y España se está buscando llevar el tema a la agenda pública y mediática, para hacer visible el trabajo de quienes cuidan, reconocer sus desafíos y riesgos y brindarles apoyo en distintas dimensiones. En España, cuando estos cuidados recaen en un familiar, las cifras indican que el 90 por ciento son mujeres. Esto se reproduce en América Latina, con la diferencia de que en esta región faltan cifras, datos y reconocimiento explícito de esta realidad.

Aquí algunas cifras que revelan el impacto de los cuidados, sobre todo, en familiares cuidadoras a partir de un estudio realizado en España: “la mayoría (84 por ciento) cambiaron su vida anterior, se sentían rebasados (20 por ciento), modificaron su proyecto de vida (66 por ciento), tenían insomnio (40 por ciento); consideraban que el cuidar al anciano les exigía esfuerzo físico drástico (76 por ciento), además de confesarse tensos, nerviosos e inquietos (64 por ciento). Descubrieron además prevalencia de ansiedad de 36 por ciento, la mitad de los cuidadores tomaba ansiolíticos / hipnóticos, 55 por ciento de estos no asistieron al médico”.

El síndrome de la cuidadora no sólo revela un vacío institucional; también desnuda una verdad cultural profundamente arraigada. Las familias reproducen, casi siempre de forma inconsciente, los mismos patrones jerárquicos y sexistas que sostienen las políticas públicas. En una casa donde conviven hombres y mujeres, suele asumirse que la mujer “naturalmente” se hará cargo de la persona mayor. En una familia compuesta sólo por mujeres, también se espera que una de ellas cargue con la responsabilidad. Es el mandato silencioso que Tita encarna en Como agua para chocolate, un destino impuesto que no se cuestiona porque se considera normal. Ese es el problema político de fondo: la familia replica la estructura del Estado. La invisibilización institucional se vuelve invisibilización doméstica. La falta de redes de apoyo públicas se convierte en una carga emocional y física que se da por descontada dentro de los hogares. El resultado es una cadena de responsabilidades que se transmite de madres a hijas, de hermanas a hermanas, sin reflexión y sin alternativas. El cuidado no puede seguir siendo un sacrificio individual que se exige en nombre del amor. Es un trabajo social indispensable que compete al Estado, a las empresas, a las comunidades y a las propias familias.

Repensar la Silver Economy implica repensar también estos mandatos íntimos que sostienen la desigualdad.

Los médicos lo advierten desde hace años. Las cuidadoras viven bajo estrés fisiológico permanente, con picos repetidos de cortisol, crisis de ansiedad, hipertensión y dolores musculares intensos. Algunas desarrollan síndrome del intestino irritable, otras presentan señales de fatiga adrenal, muchas reportan pérdida de memoria o dificultades de concentración que se confunden con síntomas tempranos de deterioro cognitivo, cuando en realidad son signos de agotamiento extremo. El cuerpo de la cuidadora se convierte en el amortiguador de un sistema que no quiere asumir su responsabilidad.

El mundo avanza hacia la longevidad, pero la narrativa pública sigue siendo profundamente ciega. Se celebra la “economía plateada”, se habla de innovación, de autonomía, de bienestar, de ciudades amigables. Todo eso está bien, pero nada de eso es posible sin cuidado, y el cuidado, en la práctica cotidiana, sigue descansando sobre mujeres exhaustas que cargan solas una responsabilidad que debería distribuirse entre el Estado, las instituciones de salud, los empleadores y las familias.

La pregunta de fondo es política: ¿quién sostiene el derecho a envejecer?Porque el derecho a envejecer dignamente no existe si no existe, a su vez, el derecho a cuidar con apoyo, con acompañamiento emocional, con acceso a servicios de salud mental, con redes de respiro y apoyo, y con políticas laborales compatibles con el ciclo de vida de las personas en general y de las mujeres en particular.

El síndrome de la cuidadora no es un problema individual ni una tragedia personal. Es la evidencia de que los sistemas de bienestar se diseñaron sobre la premisa de que las mujeres en su integralidad (cuerpo, mente y espíritu) estarían disponibles, siempre, sin límite, sin descanso. Esa premisa fue culturalmente funcional durante décadas y aceptada, pero es insostenible en sociedades que viven más años, con enfermedades crónicas más complejas, estructuras familiares más pequeñas, redes comunitarias debilitadas y sobre todo, que buscan la igualdad, o al menos hablan de ella en términos discursivos.

Reconocer el desgaste de las cuidadoras es reconocer el pilar oculto sobre el que se sostiene la longevidad. La salud mental de quienes cuidan es salud pública. La economía del cuidado es economía política. Las democracias que envejecen no pueden permitirse seguir construyéndose sobre vidas agotadas, discriminación de las mujeres, feminización de la pobreza y desigualdad.

La invisibilidad ya no es una opción.

Es momento de poner el cuidado en el centro de la conversación pública, en el diseño institucional, en las políticas laborales, en la cultura y en los hogares.

Cuidar no debería costar la vida.

La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo