Cultura cívica al volante

Salvador Guerrero Chiprés
13 enero 2026

Conducir en la Ciudad de México es una experiencia cotidiana atravesada por tensiones: tráfico, tiempos ajustados y presión por llegar convierten el automóvil en un espacio donde afloran emociones rara vez vistas en otros ámbitos. No se trata de una anomalía urbana, sino de un desafío cívico.

La cultura vial no fracasa por desconocimiento de las reglas. Semáforos, límites de velocidad y señales son parte del aprendizaje básico de cualquier conductor. El problema está en la forma como esas normas se relativizan en la práctica diaria. Al tomar el volante, el otro suele dejar de ser visto como persona y pasa a ser percibido como obstáculo.

Esa pérdida de empatía explica por qué conductas como el insulto, el cerrón o la imprudencia se han vuelto habituales, aun cuando sus consecuencias son previsibles.

Los datos ayudan a dimensionar el fenómeno sin exagerarlo. Registros del C5 de la Ciudad de México indican que cada día, en promedio, se atienden 234 reportes por choques sin lesionados. Son incidentes menores, pero frecuentes, que reflejan una normalización del riesgo en la vida urbana y una relación instrumental con la vía pública.

Casos como el de Roberto Hernández, un motociclista de 52 años arrastrado durante varios kilómetros por una automovilista que no se detuvo, muestran hasta dónde puede escalar esa lógica cuando se rompen los mínimos de responsabilidad. No se trata de hechos aislados, sino de síntomas de una cultura vial que requiere revisión y corrección.

Hablar de civilidad al volante implica asumir la seguridad vial como responsabilidad compartida entre conductores, peatones y ciclistas. Respetar señales, límites de velocidad y las indicaciones de la autoridad constituye la base del orden urbano. Conducir con atención, anticipar movimientos y evitar distracciones son prácticas preventivas que reducen conflictos y riesgos.

Ceder el paso, mantener la calma y evitar la confrontación no son gestos extraordinarios, sino decisiones que hacen posible la convivencia. Sin ese componente, cualquier política pública pierde efectividad.

Desde el Gobierno capitalino se han reforzado programas como Conduce Sin Alcohol, así como iniciativas de regulación y prevención de riesgos en el transporte. Estas medidas son relevantes, pero su impacto depende en buena medida de la conducta cotidiana de quienes usan la calle.

En caso de un atropellamiento o un incidente grave, detenerse y llamar al 911 es una acción legal y cívica. Permanecer, solicitar auxilio y denunciar, incluso de forma anónima al 089, define el estándar mínimo de responsabilidad pública.

La calle es un espacio compartido que revela la calidad de nuestra convivencia.

El autor es coordinador general del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (@C5_CDMX).