Currículo Invisible, 1 de 3
El avance de un país depende de cuál élite prevalezca: la que teme al talento o la que lo libera.
—Paráfrasis de Acemoglu y Robinson
En México se reproduce sin reflexión genuina una narrativa: la educación es el camino al progreso, el esfuerzo individual abre puertas; y el talento eventualmente encuentra su lugar. La realidad, la de los datos duros, es más cruda, más desigual y más incómoda: el talento, de manera marginal, determina el destino de una persona. Son sus conexiones.
La educación mexicana no es sólo desigual en infraestructura, calidad docente o acceso a recursos. Es desigual en algo más profundo: las redes sociales, el capital cultural, los entornos de oportunidad y los círculos de confianza. Es lo que llamo el “currículo invisible”: aquello que no aparece en los planes de estudio, pero que define el futuro profesional de las personas.
Esta desigualdad comienza en la primera infancia y continúa en la educación media, pero se vuelve determinante en la universidad. Un estudiante brillante, becado y esforzado puede ingresar a una institución de élite; sin embargo, si no tiene capital social, si no domina los códigos informales de interacción, si no pertenece a ciertos apellidos o círculos, su trayectoria estará marcada por el aislamiento, mientras otros —no necesariamente más aptos, pero sí mejor conectados— avanzan con sorprendente facilidad.
Como dice Amartya Sen, “la libertad real de una persona depende de las capacidades que ha podido desarrollar”. Y México permite desarrollar capacidades sólo a quienes nacen en los entornos adecuados.
El problema se agrava cuando se observa el tipo de liderazgo que este sistema produce. Las élites que ascienden por mérito son minoría. Lo común es encontrar autoridades, empresarios, académicos y dirigentes cuya legitimidad no proviene de su talento, sino de su red social. El país tiene alta presencia de graduados de universidades que no necesariamente saben más, pero sí pertenecen más. Y pertenecer vale más que saber.
John Rawls escribió que las desigualdades sólo son justificables si benefician a los menos aventajados. México hace exactamente lo contrario: construye desigualdades que benefician sistemáticamente a quienes ya tienen ventajas. Y esa inversión moral perversa tiene consecuencias institucionales profundas.
En Derecho del Bienestar, publicado por Tirant lo Blanch como resultado de mi doctorado y de mi tesis Constitucionalismo Contemporáneo y Bienestar, analicé cómo los derechos prestacionales requieren materializarse de forma efectiva para generar bienestar. Bajo esa lógica, la educación debería ser el derecho más protegido, porque es el que más influye en la movilidad social y en la formación de capacidades. Sin embargo, México ha hecho exactamente lo contrario: ha convertido la educación en un mecanismo que reproduce el origen social, en lugar de corregirlo.
Esta crítica no es nueva en la literatura del desarrollo. Daron Acemoglu y James Robinson, en su célebre “Why Nations Fail”, explican que los países se rezagan no por falta de riqueza, sino porque sus élites capturan las instituciones para perpetuar su poder, bloqueando el ascenso de nuevos talentos y saboteando los incentivos a la innovación. Las naciones fracasan cuando se convierten en “extractivas”: sistemas donde el éxito depende de pertenecer, no de aportar.
México encaja dolorosamente en esa descripción.
No es casualidad que un país que castiga el mérito tenga gobiernos mediocres, empresas poco innovadoras, universidades desconectadas de la movilidad social y una clase dirigente que parece administradora del privilegio, no promotora del progreso. Es la consecuencia lógica de un sistema donde el talento estorba, porque amenaza a quienes construyeron su posición sobre las redes y no sobre las capacidades.
Martha Nussbaum advierte que una sociedad verdaderamente justa es aquella que permite que cada persona florezca. Pero una sociedad que bloquea sistemáticamente a sus mejores elementos no sólo se vuelve injusta; se vuelve improductiva, torpe e incapaz de transformarse.
México no es un país subdesarrollado por falta de recursos, ni por falta de talento —ambos abundan—. Nuestro estancamiento se sostiene en el sistema educativo y social que elige reproducir “élites sin mérito” y marginar a los “talentos sin conexiones”.
El día que el talento deje de ser una amenaza y se convierta en un valor, ese día México empezará realmente a cambiar. Pero mientras nuestras instituciones sigan construidas para proteger a los conectados y no a los capaces, nuestro país seguirá siendo, en el fondo, un proyecto inconcluso.
El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.