De azoteas y olvidos
Ayer se rindió un justo y merecido homenaje a todos los profesores y mentores, celebrando con devoción y pasión el Día del Maestro. Para Sinaloa, y en concreto para Culiacán, es una fecha que, como el 2 de octubre, tampoco se olvida desde el año 2017, en que ocurrió el lamentable e inasimilable asesinato del periodista Javier Valdez Cárdenas.
En su busto, ubicado en la Plazuela Álvaro Obregón, se rindió un emotivo homenaje presidido por su viuda, Griselda Triana, y por el director del semanario Ríodoce, Ismael Bojórquez, al igual que representantes de los organismos Propuesta Cívica, Reporteros Sin Fronteras, Artículo 19 Oficina para México y Centroamérica, Comité para la Protección de Periodistas, y el profesor Óscar Loza Ochoa, titular estatal de Derechos Humanos, además de una nutrida asistencia de periodistas y amigos, donde se reiteró como mensaje central que no puede haber justicia total mientras no se extradite al responsable principal de este execrable hecho.
Javier Valdez fue un gran cronista citadino, pues comenzó escribiendo sus crónicas del asfalto, aunque posteriormente se especializó en retratar a las víctimas del narco. Sociólogo de profesión, pero reportero y periodista por vocación.
Tengo en mis manos su libro “De azoteas y olvidos. Crónicas del asfalto”, que me dedicó generosamente en un desayuno que sostuvimos, el 13 de noviembre de 2006: “Para Rodolfo Díaz Fonseca con gratos recuerdos por el periodismo y los sueños compartidos”.
Lógicamente, la dedicatoria del libro es para su querida familia: “A los morros, Tania y Francisco, mis hijos. A Gris, mi compañera. A la ciudad: sus estertores, latidos y fluidos torrenciales”.
Al final del prólogo, el escritor Francisco Alcaraz pregunta: “¿por qué nos sentimos parte de una ciudad? ¿Qué tanto nos pertenece?”.
Hoy, nos preguntamos: ¿Nos sentimos parte de Javier? ¿Nos pertenece?