De mí enamórate

Juan José Rodríguez
18 septiembre 2016

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A finales del siglo pasado me tocó ganarme la vida como jefe de prensa del Carnaval de Mazatlán de 1996 a 2001. Entre los retos que enfrenté junto con el equipo del amigo Raúl Rico González guardo con especial simpatía un gran concierto de Juan Gabriel.

Tras bambalinas, antes del concierto, me tocó entrar a un camerino secundario donde me di el susto de mi vida: por sorpresa me topé frente a frente con el propio Juan Gabriel.

Lo noté más delgado y rejuvenecido, con una ropa verde muy exótica y algo barata, cosa que no me sorprendió, porque a veces el vestuario de los artistas no se ve de tanta calidad sin las luces que lo realzan. Eligen telas no muy comunes que hasta lucen fuera de lugar.

Aparte de que lucía más joven que el día anterior, noté su cara levemente desgastada, como le ocurre a la gente que se desvela mucho, aunque en la rueda de prensa le había visto cachetón y rozagante. ¿Qué estaba pasando? ¿Se trataba de un doble?

Sí, era un doble. Era un imitador suyo que año con año hacía presentaciones en diversos centros nocturnos del País. No estoy seguro si se hacía llamar Juan Miguel, la voz gemela de Juan Gabriel, o algo así.

Era un miembro del coro, conformado por otro cantante calvo de edad madura y una joven bellísima. Los tres cantaban en una tarima colocada al lado izquierdo del escenario y realizaban coreografías sencillas. En ese momento me cayó más bien Juan Gabriel.

Me pareció un buen detalle de su parte, muy generoso y humano, el de darle trabajo a un imitador suyo como parte de su coro en gira. Esa magnanimidad solo la tienen los grandes hombres.

Al día siguiente, en el segundo concierto de Juan Gabriel su voz falló. Empezó a cantar con su energía característica y poco a poco fue enronqueciendo. Pidió varias veces disculpas al público. Las ovaciones no se ningunearon.

Para mí el momento cumbre fue cuando entonó De mí enamórate, éxito que había puesto de moda Daniela Romo como tema musical de la telenovela ochentera El camino secreto.

“Para realizar, mi sueño qué haré / por dónde empezar, cómo realizaré /tú tan lejano amor / si lo único que sé / es que ya no sé quién soy, de dónde vengo y voy”. 

Habían bajado las luces del escenario para darle un ambiente íntimo a la hora de los temas románticos y el público coreaba en un tono confidencial los fragmentos que se sabían de tanto escucharlos en la telenovela nocturna.

“Mira qué...eee..EeeeEEEE!!!” era una parte de la melodía que le exigía un mayor despliegue vocal y lo hizo, corriendo el riesgo de perder el tono. Juan Gabriel no escatimó el poder de su garganta.

“El día que de mí te enamores tú / voy a ver por fin de una vez la luz / y me desharé de esta soledad / de esta esclavitud desde el día en que...” .

En ese momento inició la catástrofe. Juan Gabriel se quedó sin habla. Su voz se quebró y quedó muda en el momento cumbre de la noche. Pero también inició la magia. El milagro ocurrió cuando el imitador suyo, en lo alto de la palestra del coro, lanzó su voz al rescate uniendo la suya, triunfante y viva, al momento en que la de su ídolo se desvanecía.

“Tú, de mí, amor, te enamores tú... veré por fin de una vez la luz”.

La voz retumbó igual a la del Juan Gabriel de su juventud. El público prorrumpió en aplausos y los técnicos le arrojaron la luz de un reflector al imitador que había salido en rescate de su Dios vivo. Alberto Aguilera Valadez sonrió satisfecho y señaló con orgullo a quien cantaba solitario en lo alto del escenario, entre los dos coristas que dejaron de bailar y, luego de recibir una copa de agua de un miembro de su staff, volvió a retomar la canción como si nada hubiera pasado.

Había concluido el generoso momento de gloria, inesperado como todos los dones del destino.

Decidí volver al camerino de prensa que había en el backstage para procesar ese único instante, ideal para escena final de una película sobre la vida de Juan Gabriel o quizá la historia del propio imitador. La multitud aplaudía con la ferocidad de un océano que no se puede apaciguar con ningún otra fuerza de la naturaleza.