Del pensamiento totalitario a la estupidez total

Alma Delia Murillo
14 abril 2019

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@AlmaDeliaMC  
 
 
No se puede prohibir la realidad. No se puede esconder.
 
Lo único que se puede hacer frente a eso inabarcable y complejísimo que es la vida, es experimentarla y tratar de entenderla.
 
Nunca se ha sabido que aislar del mundo a alguien le haga más inteligente ni más evolucionado.
 
El día de antier El País publicó una nota sobre una escuela pública en Barcelona que va a retirar más de 200 títulos de su biblioteca por considerarlos tóxicos, entre ellos, Caperucita Roja que resulta sexista para el criterio de quienes así lo decidieron.
 
Hace dos años nos enterábamos de que los programas escolares de un condado en Virginia retiraban las novelas Matar a un ruiseñor de Harper Lee y Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain porque un alumno encontró que el lenguaje de esas tremendas piezas literarias era racista.
 
A Lolita le han cambiado la portada.
 
Contra la novela negra hay todo un movimiento porque aseguran que promueve los feminicidios.
 
Desde el criterio torpe de quien no distingue realidad de la ficción y desde el supuesto de que los lectores somos idiotas y como zombis iremos a replicar lo que leemos, sea un asesinato o la construcción de un castillo; más de la mitad de la literatura estaría en peligro de ser retirada de las bibliotecas, las librerías y de la vida pública.
 
Con este enfoque todo Shakespeare, Cervantes, Dostoievsky, R.R. Martin, Allan Poe, Mary Shelley, Bram Stoker, Lovecraft y cuantos quieran sumar a esta lista; deberían prohibirse, tendríamos que hacer una pira con cuantos ejemplares existan de todos esos autores y eliminarlos de nuestro mundo políticamente correcto pero imbécil.
 
No me importa repetirme con algo que ya he dicho porque en esta batalla no pienso ceder: educar sobre la base de ideologías y no sobre el uso de la inteligencia, genera fanatismos.
 
Hay ideas rígidas que incluso siendo bienintencionadas no hacen sino achatar nuestras posibilidades de entrenar el pensamiento complejo y acaban con la belleza de pensar, con la capacidad de dudar y nos encajonan en el callejón de las respuestas a priori. Es desesperanzador ver todo lo que podemos involucionar en nombre de una moral temporal. Todas las cruzadas contra el mal han resultado perversas, devastadoras, vergonzantes con el paso del tiempo. Cuando “el bien” se impone se convierte en mal instantáneamente. Pensemos, señoras y señores, pensemos.
 
Me preocupa mucho que pareciera que estamos empeñados en la construcción pétrea del arquetipo de la víctima. La Víctima, así con mayúsculas, poco a poco se convierte en eso, en un modelo no humano pero sí simbólico que nada tiene que ver con la experiencia de ser, sentir y pensar.
 
La Víctima, entre otras cosas que no puede -pues su construcción está basada en lo que NO puede- no puede discernir la ficción de la realidad; tampoco puede, luego de leer una historia, pensar por sí misma si está de acuerdo o no con el actuar de los personajes; resumiendo: La Víctima es estúpida.
 
Ya me alisto para recibir el linchamiento pero no me rindo: es urgente darnos cuenta de estos atentados contra la inteligencia, contra la capacidad crítica y la posibilidad de pensar si arrasamos con todo lo que desde un juicio moral, consideramos incorrecto.
 
Los regímenes totalitarios se han caracterizado por quemar y desaparecer libros, ideas, pensamientos que no sean acordes al suyo. Esa medida nunca resultó bien.
 
Para rematar transcribo parte de la carta que firmaron el día de hoy(antier) un grupo de editoriales como El buen paso, Akiara books, Anndana editorial, Editorial Juventud y otras tantas que están en la industria de la literatura infantil y juvenil:
 
“La literatura, la infantil incluida, refleja el mundo en que se hace, porque es el que conocen quienes la escriben y la leen. Y siempre ha habido quienes se oponen a ello, por los más variados pretextos ideológicos. Así que la lista de obras que en un momento u otro han sido censuradas es asombrosa tanto por su extensión como por la reconocida calidad literaria de los títulos que contiene.
 
Retirar libros que no se adaptan a un pensamiento es un signo de intolerancia, aunque se haga con la mejor intención del mundo. Y de paternalismo: las personas debemos poder decidir qué leer y cómo pensar. Precisamente leer libros con ideas diferentes (y discutirlos) puede ayudar a crear lectores críticos. No hacerlo, por el contrario, significa criar a los escolares en una burbuja ficticia y dejarlos indefensos frente a argumentos y hechos con los que antes o después tendrán que enfrentarse (...).
 
Muchas editoriales, como no podía ser de otra manera, estamos de acuerdo en que el mundo es tanto de las mujeres como de los hombres y en que debe actuarse para corregir el ancestral desequilibrio que favorece a los segundos. Y pensamos que se favorece la igualdad con una luz crítica sobre la tradición (de los cuentos populares) mucho más que invisibilizándola, por lo que nos parece un error la censura en las bibliotecas escolares de títulos que pertenecen a nuestro acervo común. Pero actuar a favor de la igualdad no implica ocultar obras que muestren el mundo bajo otros puntos de vista. En consecuencia, protestamos por la retirada de títulos de las bibliotecas escolares y nos manifestamos contrarios a la censura de libros”.
 
Prohibir nunca ha sido el camino. Nunca. La ruta es exactamente al revés: como guardianes de la civilización lo que toca es reconocer lo que somos, relatarlo, analizarlo; asegurar que queden testigos, que se cuente la historia.
 
Prohibir cualquier forma de pensamiento en nombre de la evolución es contradictorio, es intelicida. Y provocará un daño histórico incalculable.