Desastres ‘naturales’ que no lo son tanto

Oceana
04 octubre 2026

Un huracán es un fenómeno natural. La tragedia que deja a su paso, no siempre lo es. Los desastres no son únicamente producto de la naturaleza. Surgen cuando un fenómeno natural encuentra sociedades vulnerables, territorios transformados y decisiones que han construido el riesgo durante años.

El viento es natural. La lluvia es natural. Un ciclón también lo es. Pero rellenar un manglar, desaparecer una duna, urbanizar un humedal o degradar un arrecife son decisiones humanas. A ello se suma un océano que estamos calentando. La evidencia indica que el cambio climático antropogénico está modificando características de los ciclones tropicales y puede favorecer tormentas más intensas y de rápido desarrollo. El problema es que transformamos el clima al mismo tiempo que transformamos las costas sobre las que estos fenómenos descargan su fuerza.

Pero hay algo más profundo que hemos perdido en el camino: nuestra manera de relacionarnos con la costa.

Durante décadas hemos aprendido a hablar de la naturaleza por lo que puede hacer por nosotros: el manglar protege, el arrecife reduce el oleaje, el bosque captura carbono. Todo eso es cierto, pero también es insuficiente. La naturaleza no solo tiene un valor por los beneficios que nos brinda; también posee valores relacionales, es decir, aquellos que surgen de los vínculos que construimos entre personas, comunidades, especies y territorios, y que no pueden reducirse a una cifra económica. Por ejemplo, un bosque de manglar no importa solamente porque disminuya el impacto de una tormenta. Es agua, sedimento, peces, aves, raíces y memoria. Es espacio de trabajo, alimento, crianza y encuentro. Es parte de un sistema del que las comunidades humanas tampoco estamos separadas.

Y, a pesar de todo lo que sabemos, la vulnerabilidad también se construye. Lo hemos visto una y otra vez como sociedad y como país: los fenómenos naturales se convierten en tragedias mayores cuando encuentran territorios degradados, desigualdad y decisiones que han incrementado el riesgo durante años.

La madrugada del 25 de octubre de 2023, Otis golpeó Acapulco como huracán categoría 5. Después de la tragedia surgió una pregunta dolorosa: ¿qué habría ocurrido si los manglares que existían alrededor de Acapulco décadas atrás hubieran permanecido allí?

En Acapulco, años de expansión urbana y turística han reducido considerablemente la cobertura histórica de los bosques de manglar. Cuando Otis llegó a la costa en 2023, parte de ese territorio vivo ya había desaparecido. Se estima que, si se hubiera conservado la distribución de manglares existente durante la década de 1980, los daños en viviendas, infraestructura y vegetación habrían sido menores, particularmente en las zonas más cercanas a la costa.

Un manglar no habría detenido un huracán categoría 5. Ese no es el punto. El punto es que la vulnerabilidad se construyó década a década. La vulnerabilidad se construye cuando decidimos que una laguna vale menos que un desarrollo inmobiliario. Cuando la playa se convierte exclusivamente en mercancía. Cuando manglares, dunas y humedales aparecen en los mapas como espacios disponibles para ser ocupados y no como parte de un territorio vivo. Y esta historia se ha repetido a lo largo y ancho de todo nuestro país.

Otro ejemplo puede verse en Veracruz. En la zona costera de Boca del Río y municipios aledaños, décadas de expansión urbana estuvieron acompañadas por la pérdida y transformación de humedales costeros. Cuando el huracán Karl impactó la región en 2010, estos cambios en el uso de suelo contribuyeron a aumentar la exposición frente a las inundaciones y las pérdidas asociadas al evento.

El Golfo de México está hecho de estas conexiones. Los manglares están ligados a lagunas y ríos; las lagunas al mar; los arrecifes a los pastos marinos; los peces a distintos ecosistemas durante diferentes momentos de su vida, y las comunidades costeras a todos ellos.

Estas redes se denominan “sistemas socioecológicos”: sistemas donde sociedad y naturaleza no son dos mundos independientes, sino componentes que se transforman mutuamente. Pensar las costas como bienes comunes parte precisamente de reconocer esas relaciones y de construir reglas colectivas para cuidarlas.

Las soluciones existen, podemos imaginar futuros donde una costa con manglar valga más viva que rellenada. No porque podamos calcular cuánto dinero ahorra, sino porque reconocemos que tiene derecho a seguir siendo manglar y porque nuestra propia historia está entrelazada con la suya.

Futuros donde un arrecife de coral sea también peces, pescadores, memoria, alimento y mar. Donde conservar una duna no necesite justificarse por cuánto costaría construir un muro para sustituirla.

Futuros donde quienes pescan y ponen alimento sobre nuestras mesas tengan voz sobre lo que ocurre en sus mares y costas. La investigación sobre justicia ambiental muestra precisamente que adaptarse al cambio climático también implica preguntarnos quién decide, quién recibe los beneficios y quién termina cargando con los costos de la transformación ambiental.

Y futuros donde dejemos de aceptar como inevitable un modelo que transforma bosques, manglares, arrecifes y costas en mercancías, mientras continúa extrayendo y quemando los combustibles fósiles que alimentan el calentamiento global.

No necesitamos ganarle a la naturaleza. Tampoco necesitamos que la naturaleza demuestre cuánto vale para nosotros para decidir conservarla. Necesitamos recordar que somos parte de ella.

La siguiente tormenta, sper El Niño o lluvia extraordinaria llegará tarde o temprano. Lo que podemos decidir desde ahora es qué costa encontrará cuando llegue y, sobre todo, qué relación queremos construir con ella.

Podemos seguir intentando dominar un territorio vivo hasta volverlo irreconocible. O podemos imaginar algo distinto: comunidades costeras más justas, mares vivos y bienes comunes cuidados colectivamente; futuros donde la vida, humana y no humana, esté en el centro.

Ese futuro no es una nostalgia por regresar al pasado. Es una posibilidad que todavía podemos construir.

El autor: el doctor Antar Mijail Pérez Botello es especialista en Ciencia de Oceana en México