Después de la violencia
Sinaloa lleva casi dos años viviendo una de las crisis de seguridad más profundas de su historia reciente, desde septiembre de 2024, la confrontación entre grupos criminales ha dejado asesinatos, desapariciones, desplazamientos, enfrentamientos y una presencia permanente del miedo en nuestra vida cotidiana, pero quizá todavía no alcanzamos a dimensionar la herida más profunda, porque algún día esta guerra va a disminuir, las disputas criminales cambian, los equilibrios de poder se reacomodan, los gobiernos modifican sus estrategias y eventualmente los homicidios pueden bajar, pero eso no significa necesariamente que llegue la paz.
La ausencia de violencia no es lo mismo que la paz.
Después de un conflicto queda una sociedad, quedan las familias que perdieron a alguien, los niños que aprendieron a distinguir el sonido de los disparos, las comunidades que abandonaron sus casas, los negocios que cerraron, los jóvenes que crecieron viendo en la violencia una forma posible de poder. Quedan también el miedo, la desconfianza, el resentimiento y una pregunta silenciosa que empieza a instalarse entre nosotros, ¿en quién puedo confiar? Y ahí comienza quizá el problema más complejo.
Como lo escribí en mi pasada colaboración, durante los últimos dos años he trabajado en una investigación documental alrededor de una pregunta, ¿es posible movernos de una cultura de violencia hacia una cultura de paz en Sinaloa?
Y para contestarla he conversado con investigadores, periodistas, académicos y especialistas en seguridad, justicia, cultura y construcción de paz en México, Colombia y Estados Unidos y mientras más avanzo, menos creo que la respuesta pueda encontrarse únicamente en policías, soldados, fiscalías o cárceles.
Todo eso importa, el Estado tiene la responsabilidad irrenunciable de garantizar seguridad y justicia, pero la paz necesita algo más, necesita reconstruir el tejido social.
Las sociedades que han atravesado periodos prolongados de violencia descubren eventualmente que detener las armas es apenas el principio, después viene una tarea mucho más lenta, reconstruir la confianza. Colombia lleva décadas intentándolo, Irlanda del Norte todavía trabaja sobre las heridas que dejó su conflicto, Ruanda construyó complejos mecanismos comunitarios después del genocidio y ninguno de esos procesos es perfecto y ninguno puede trasladarse mecánicamente a Sinaloa, pero todos contienen una lección importante, una sociedad no sale de la violencia solamente castigando a quienes la ejercieron.
Esa sociedad se tiene que volver a encontrar y reconciliarse y eso no significa olvidar, tampoco significa perdonar obligatoriamente, ni borrar responsabilidades.
La reconciliación comienza cuando una sociedad es capaz de reconocer lo ocurrido, escuchar a las víctimas, recuperar espacios comunes y construir condiciones para que la violencia deje de ser el lenguaje mediante el cual resolvemos nuestras diferencias, eso requiere justicia, pero también memoria, requiere instituciones, pero también comunidad, escuelas, parques, canchas deportivas, centros culturales, iglesias, empresas, universidades, organizaciones civiles, familias, vecinos, espacios aparentemente pequeños donde una sociedad vuelve a practicar algo que la violencia destruye lentamente, la posibilidad de confiar en alguien que no pertenece a nuestro círculo inmediato.
Por eso, actividades que algunas veces consideramos secundarias, un torneo deportivo, un taller artístico, recuperar un parque, organizar una comunidad, producir cultura, pueden tener una dimensión mucho más profunda de lo que imaginamos.
No van a detener por sí solas a los grupos criminales, pero pueden disputarles algo fundamental, la cultura, porque durante décadas hemos permitido que la violencia produzca símbolos, aspiraciones, música, relatos, estéticas, formas de prestigio e incluso modelos de éxito y por ello sería ingenuo pensar que podemos modificar todo eso únicamente mediante operativos de seguridad.
Una cultura se transforma produciendo otra cultura y ahí existe una responsabilidad que no pertenece exclusivamente al Gobierno. También nos corresponde a quienes hacemos empresas, enseñamos en una escuela, contamos historias, hacemos periodismo, organizamos actividades deportivas, producimos arte, diseñamos ciudades o simplemente compartimos una colonia, porque construir paz también significa producir experiencias donde cooperar vuelva a tener sentido y quizá el verdadero contrario de la violencia no sea la tranquilidad, quizá sea la confianza, confianza en que nuestros hijos pueden salir, confianza en que denunciar sirve, confianza en que las instituciones funcionan, confianza en que el vecino no es una amenaza, confianza en que participar tiene sentido, confianza en que el futuro puede ser diferente del presente y esa confianza no aparecerá espontáneamente cuando termine esta guerra, habrá que construirla.
Nos hemos acostumbrado a preguntarnos cuándo terminará la violencia en Sinaloa, es una pregunta comprensible, todos queremos recuperar nuestras calles, nuestras carreteras, nuestras noches, pero quizá deberíamos comenzar a hacernos otra.
¿Qué sociedad queremos encontrar cuando esto termine?
Porque algún día los disparos serán menos frecuentes y entonces comenzará el trabajo verdaderamente difícil, volver a confiar, volver a encontrarnos, volver a construir comunidad, eso también es construir la paz.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.