Dictadura de la rapidez

Rodolfo Díaz Fonseca
07 noviembre 2026

En sus “Confesiones”, San Agustín declaró su incapacidad para definir el tiempo: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé”. Tiempo atrás, Aristóteles, en su “Física”, expresó que el tiempo es: “la medida del movimiento según un antes y un después”.

En su obra, “En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust distinguió entre el tiempo que se recupera de manera involuntaria, como un sabor o un olor que se pensaba olvidado (es clásico su ejemplo de la magdalena, que es un pequeño pastelillo tradicional), y el tiempo de la memoria voluntaria, de datos duros, fríos y superficiales. Además, señaló que se puede experimentar el tiempo en estado puro, ligando un momento del presente con otro del pasado por medio de los sentidos. Finalmente, indicó que se puede recobrar el tiempo y rescatar los procesos del olvido, a través de la creación artística y la literatura.

En “El tiempo perdido”, la filósofa y política española Clara Ramas San Miguel subrayó que vivimos en un tiempo crepuscular signado por crisis económicas, pandemias, guerras, pesimismo y malestar cultural, por lo que melancólicamente queremos regresar a un pasado ideal que echamos de menos, pero que no existió totalmente como recordamos, aunque se explica por el homérico fantasma de volver a casa.

En su libro: “Un mundo sin pausa”, el filósofo y teólogo español Francesc Torralba invitó a reflexionar cómo el sistema tecnocapitalista nos impone un yugo acelerado y una exigencia de productividad que nos obliga a vivir sin pausa.

Por eso, Nuccio Ordine, en su discurso de Comillas, criticó “la dictadura de la rapidez y de la urgencia”, e invitó a tener el atrevimiento de perder el tiempo, como reflexionaremos en la siguiente columna.

¿Me gobierna la rapidez?