Dinámica de fragmentación de los cárteles en México
La división del Cártel de Sinaloa en dos bloques, identificados públicamente como “chapitos” y “mayiza”, ha generado un caos notable, con consecuencias lamentables para nuestra región, especialmente en Culiacán.
El impacto negativo se ha sostenido por más de un año y ha dejado claro que no estamos frente a un episodio aislado, sino frente a una fase de una dinámica más amplia. Por ello, el objetivo de este texto es reordenar la discusión y colocarla en un contexto nacional.
Estudiar la dinámica de fragmentación de los cárteles delictivos en México nos permitirá entender mejor el momento histórico que vivimos.
Si solo observamos los eventos de violencia como hechos sueltos, perdemos la posibilidad de reconocer patrones. En cambio, si analizamos la evolución temporal de los grupos, sus divisiones y sus cambios de ritmo, podemos construir una lectura más útil para la discusión pública.
No se trata de normalizar la violencia ni de reducirla a números, sino de contar con herramientas para interpretar sus transformaciones.
Los datos de este análisis provienen del mapa presentado por el Dr. Víctor Manuel Sánchez Valdéz en una conferencia del Centro de Estudios de Políticas Culturales. Ese mapa, que resume visualmente cerca de 26 años de fragmentaciones, permitió convertir una línea del tiempo cualitativa en una base de datos cuantificable con grupos originales, derivaciones, periodos de existencia y momentos de escisión.
A partir de esa base de datos analizamos la intensidad de la fragmentación (nuevos grupos por año), su tasa de cambio y su aceleración (cuándo ese ritmo se acelera o desacelera). Así, no solo observamos cuántos grupos aparecen, sino también la velocidad y los cambios de ritmo, lo que permite identificar fases del proceso.
Los resultados muestran una dinámica no lineal con fases por sexenio. Entre 2000 y 2006 predomina una etapa de estabilidad. Los grupos activos se mantienen en 7, con crecimiento neto nulo.
El quiebre ocurre entre el 2007 y 2012, los grupos activos pasan de 8 a 26 (225 por ciento), el mayor salto relativo de la serie. La tasa de aumento promedio alcanza su máximo (3.17 grupos por año) y se concentra el mayor impulso de fragmentación (24 nuevos grupos). Sin embargo, el crecimiento se desacelera dentro del mismo periodo.
Entre el 2013 y 2018 la expansión continúa, pero con menor fuerza. Los grupos activos aumentan de 25 a 39 (56 por ciento) y la tasa media de aumento del número de grupos activos baja a 2.17 grupos por año. Es una fase de crecimiento sostenido con desaceleración y mayor complejidad interna.
En 2019-2024 se observa que el problema ya no está aumentando tan rápido como antes, pero sigue en un nivel elevado y sostenido, una meseta alta. Los grupos activos pasan de 41 a 48 (17.1 por ciento), con tasa de cambio promedio de 1.5.
El número promedio de grupos activos durante este periodo es el más alto (43.67), lo que indica persistencia estructural compleja con repunte al final (2023–2024).
Esta lectura por fases sexenales no significa que la política pública explique por sí sola el fenómeno, pero sí ayuda a situar cambios temporales que coinciden con contextos institucionales distintos.
En ese marco, Sinaloa merece atención especial. La duración prolongada de un grupo dominante produce un efecto importante al momento de su ruptura o disolución en el 2024, más allá de las escisiones a lo largo del tiempo.
Una organización, como el Cártel de Sinaloa, con larga permanencia acumula redes, control territorial, mandos, lealtades, recursos e infraestructura. Cuando se fractura, no solo se divide en dos nombres, libera tensiones acumuladas, reordena alianzas y multiplica disputas.
Para explicar esta dinámica de forma comprensible, puede usarse como símil un incendio forestal. Hay momentos en que el fuego inicia con fuerza, encuentra combustible abundante y se expande con rapidez; después desacelera, se estabiliza y puede resurgir cuando aparecen condiciones que lo avivan. Algo parecido ocurre con la fragmentación de estos grupos: expansión acelerada, desaceleración, meseta y reactivaciones.
Desde esa perspectiva, entender el momento de la evolución permite pensar mejor las estrategias. Si hoy observamos una meseta alta con fragmentación persistente, la prioridad no debe ser solo reaccionar a cada episodio, sino reducir el combustible social que alimenta su reproducción. Literalmente, la meta es no avivar el fuego.
Entender estas dinámicas de fragmentación ofrece una perspectiva distinta para discutir cómo evitar que estas estructuras se sostengan, repliquen y prolonguen su ciclo.