Edad, dinero y exclusión: las fallas del sistema financiero
Vivimos más años que nunca en la historia; sin embargo, seguimos organizando nuestras finanzas como si nuestras vidas terminaran mucho antes.
Hace apenas dos décadas, la esperanza de vida global rondaba los 67 años. Hoy supera los 73 años y se proyecta que alcanzará alrededor de 78 años hacia 2050, con varios países ya por encima de los 80. En España, por ejemplo, se calcula que las mujeres vivirán 87 años y los hombres 82.
Veamos algunas implicaciones en el marco del sistema financiero actual.
El sistema financiero moderno —pensiones, crédito, seguros y ahorro— fue diseñado bajo una lógica de vida lineal: educación, trabajo, retiro y una etapa final relativamente corta, a partir de los 55 o, máximo, 65 años. Hoy esa lógica es otra. En muchos países, una persona que se retira a los 60 o 65 años puede vivir 20 o incluso 30 años más. El diseño de los productos financieros que existen hoy en día está fundamentado en esa premisa.
No es un problema de decisiones individuales. Es un problema de diseño y, desde esta óptica, la longevidad es vista como un riesgo y como un costo.
El edadismo no solo está en el mercado laboral; lo vemos presente en el sistema financiero, aunque pocas veces se nombre así.
¿Cómo se ve esto en lo cotidiano? Se ve de la siguiente manera, a través de restricciones muy concretas: dificultad creciente para acceder a crédito después de cierta edad; límites de edad para contratar seguros de vida o seguros de salud; inclusive, para contratar servicios, abrir cuentas bancarias o adquirir tarjetas de crédito —te dan una tarjeta hasta los 74 años y 11 meses—; y primas significativamente más altas conforme avanza la edad.
En muchos mercados, por ejemplo, los seguros de vida establecen límites de contratación que rondan los 70 u 80 años y los seguros médicos privados incrementan sus costos de manera sustancial a partir de los 60 o 65 años; si eres mujer, el costo es considerablemente más alto. Llega a ser hasta 61 por ciento más alto que para los hombres. En edad temprana se les cobra más por los gastos relacionados con la reproducción; con más años, se les cobra más porque viven más.
La gran paradoja es que el nombre “correcto” en el lenguaje de las aseguradoras es “gestión de riesgo”, cuando en el fondo se trata de un proceso de discriminación.
El resultado es claro: la edad se convierte en una barrera de acceso.
A esto es necesario sumar otra consideración menos visible aún: la del patrimonio sin liquidez. A medida que las personas envejecen, una parte importante de su riqueza se concentra en activos no líquidos, especialmente en la vivienda. La OCDE documenta que, en economías desarrolladas, el principal activo de las personas mayores es su casa, lo que limita su capacidad de convertir ese patrimonio en ingresos disponibles para el día a día. Una de las sugerencias es construir sistemas de retiro fundamentados en activos financieros para brindar liquidez a las personas. Con las barreras de acceso que se mencionaron previamente, el desafío es grande, y falta incluir y considerar la brecha de género en el retiro, que hace que las mujeres, al final de su vida laboral, tengan en promedio —por lo menos— 30 por ciento menos recursos para su retiro que los hombres. La brecha en países menos desarrollados es más profunda.
Esto genera una paradoja: se puede envejecer con patrimonio y, al mismo tiempo, con restricciones financieras reales. El patrimonio no paga la despensa, ni los medicamentos, ni el cuidado cotidiano. La liquidez sí.
Este desajuste, como ya se mencionó, golpea con mayor fuerza a las mujeres. Las mujeres viven más, pero llegan a la vejez con menos recursos. A nivel global, la esperanza de vida de las mujeres es aproximadamente cinco años mayor que la de los hombres, pero enfrentan mayores brechas económicas acumuladas a lo largo de la vida.
Además, las mujeres tienen menor participación laboral formal, mayores interrupciones por trabajo de cuidados no remunerado y menor acceso a sistemas de pensiones. En muchos países, esto se traduce en pensiones significativamente más bajas y mayor riesgo de pobreza en la vejez.
Esto genera una espiral perversa: vivir más años con menos ingresos y mayor vulnerabilidad estructural en el sistema financiero. La falta de autonomía financiera es una de las caras de la desigualdad.
Es esperanzador vivir más, pero la pregunta de fondo es: ¿cómo vamos a financiar esos años?
Se ha puesto de moda hablar de la Silver Economy como un mercado en expansión, con estimaciones de crecimiento relevantes en consumo y servicios, pero hay una omisión fundamental en esa narrativa: no puede existir una economía de la longevidad sin un sistema financiero que la sostenga y, yendo un paso más allá, sin un sistema financiero que sostenga en condiciones de igualdad y equidad a mujeres y hombres.
No basta con diseñar productos para personas mayores. Es necesario repensar cómo se distribuye el riesgo, cómo se construyen ingresos a lo largo de vidas más largas y menos lineales, y cómo se garantiza acceso financiero en todas las etapas de la vida.
Lo que está en juego no es solo la estabilidad económica; son la libertad y la autonomía de las personas.
Envejecer más no debería significar vivir con más incertidumbre financiera. Pero, mientras el sistema siga diseñado para vidas que ya no existen, la longevidad seguirá siendo no solo una promesa incompleta, sino un riesgo a considerar.