Efecto Francia
El mayo francés de 1968, con los estudiantes parisinos marcando la pauta, ya sabemos, sacudió a varios países del mundo, incluyendo a México.
Checoslovaquia, Estados Unidos, Italia, Japón, Argentina, entre otros, vieron a sus juventudes salir a las calles con demandas y banderas no siempre iguales, pero que tenían varias coincidencias: respeto a los derechos civiles y confrontación con gobiernos autoritarios, así como, en todos los casos, excepto en México, exigencias por una mejor educación.
En octubre de 2026, nuevamente se manifiestan masiva y radicalmente cientos de miles de estudiantes en diferentes partes del mundo. Nuevamente Francia destaca por su intensa movilización, y no tan sólo en París, sino en varias de las más importantes urbes del país.
En México las movilizaciones, marchas, bloqueos y barricadas son pan de todos los días. Tan sólo en la Ciudad de México ha habido de enero a septiembre de este año 3 mil 108 acciones de ese tipo. Unas muy pequeñas, otras masivas. Unas pacíficas y otras violentas. Se han manifestado prácticamente todos los sectores sociales, desde los más pobres hasta las clases altas de Polanco y otros barrios ricos de la capital.
Pero, fuera de las marchas y plantones de los maestros a mediados de este año que no recibieron un respaldo ciudadano importante, las manifestaciones de los trabajadores del IMSS por la destitución de su entreguista, corrupto y burocrático líder sindical, y los habitantes de Guadalajara, acompañados por los estudiantes universitarios, que exigen agua potable y un mejor gobierno en el estado, son los movimientos que podrían catalizar el descontento social en México por la inseguridad, los malos servicios médicos, la corrupción y el autoritarismos en instituciones educativas y de salud.
A pesar de las diferencias ideológicas y políticas de los gobiernos europeos -Francia, Italia, Grecia, Albania, Austria, Suiza, Alemania, Portugal, España- y de sus diferentes niveles de desarrollo, o de los americanos- México, Argentina, Estados Unidos- los movimientos sociales que en la actualidad han estallado, revelan coincidencias sociales: todos los gobiernos, sin excepción, ya no están respondiendo a las necesidades de las nuevas generaciones. La calidad de la educación en todos los niveles está descendiendo en Europa y América. La inseguridad de diferentes maneras y grados se está incrementando. La calidad de la atención médica se está deteriorando. Los servicios públicos están empeorando y los precios de la vivienda, comprada o rentada, se han desorbitado, lejos de los alcances de la inmensa mayoría de los jóvenes. No hay buen futuro para las nuevas generaciones plebeyas y clasemedieras.
Es decir, ni los gobiernos de derecha y centroderecha con economías neoliberales o populistas asistencialistas orientados a la izquierda, como el mexicano y español, están respondiendo satisfactoriamente a las necesidades y demandas de los jóvenes.
El problema va a más allá de las izquierdas o las derechas, y tiene que ver sí, con una cada vez mayor concentración del capital, con la desigualdad del ingreso, con las profundas inequidades sociales, educativas y culturales, pero también con la revolución tecnológica en marcha, quizá la más profunda de la historia humana. México es una excepción en la distribución del ingreso, con un aumento significativo de los salarios mínimos, pero en todo lo demás la situación no es nada halagüeña, incluso es crítica en rubros como la inseguridad y la salud.
En contextos así, los movimientos sociales son inevitables. El problema es que ninguno de los gobiernos ha encontrado la fórmula para, al menos, responder a sus demandas más importantes. Pero lo peor, lo trágico, es que aun mejorando las condiciones de las escuelas y mejorando sustancialmente los niveles educativos, elevando los indicadores de titulación universitaria, como sucede en varios países europeos, los egresados no encuentran trabajos dignos de su nivel educativo. Sobran los jóvenes con grado de doctor que, en Francia, España, Italia o Estados Unidos, para sólo mencionar unos casos, conducen un taxi, son agentes de ventas o meseros en un restaurante.
Todo lo anterior empeora cuando los gobiernos y las élites sociales son soberbios y sordos a los gritos demandantes de las mayorías. Son con frecuencia insensibles, arrogantes y corruptos. Los políticos por lo general sólo piensan en las dinámicas del poder: como ganarlo, cómo mantenerlo- mientras más, mejor-, y qué provecho personal y/o familiar, sacarle.
Y eso será así mientras la sociedad sea débil y, y no me refiero a los empresarios porque ellos lucran, sino a las clases subalternas que, al no lucrar, como dice Antonio Gramsci, son más igualitarias y democráticas.
Si hubiese un mínimo de sensibilidad en las próximas elecciones mexicanas, los candidatos se podrían comportar con mayor decencia y humildad real para construir mejores gobiernos. Si entendieran que México y el mundo están entrando a etapas sociales sumamente convulsas, podrían dejar su arrogancia e ignorancia por un lado para, al menos, ser menos corruptos, más serviciales y más eficaces.
Cuando nos enteramos que una aspirante de Morena a ser candidata a gobernar Culiacán hace a un lado a unas niñas para llevar a cabo un evento político partidario nos damos cuenta que, al menos para ella, la sensibilidad y la legalidad no cuentan en la política.