El arte del buen vivir
Si algo persigue la filosofía es conquistar el arte de una buena vida, más que constituir una materia académica; por eso, el pensamiento filosófico es eminentemente práctico. El filósofo William Braxton Irvine escribió una obra en la que puntualizó este aspecto, pero centrándose en el estoicismo, razón por la cual la tituló: “El arte de la buena vida. Un camino hacia la alegría estoica”.
Braxton Irvine comenzó planteando una pregunta: “¿qué consideraríamos como lo más valioso en nuestra vida?, ¿cuál sería nuestro objetivo vital?” Respondió que, sin duda, a muchas personas les costaría precisar ese objetivo, porque nuestra cultura ofrece gran multitud de distracciones; sin embargo, si carecemos de un objetivo vital, adoleceremos también de una filosofía de vida coherente y, deambularemos sin estrategia específica, tratando de satisfacernos con el goce efímero que ofrecen las baratijas del camino.
Paradójicamente, dijo, si buscamos un filósofo apropiado, nos toparemos con la dificultad de que hay especialistas en metafísica, política, lógica, ciencia, religión, ética, deporte o feminismo; pero, difícilmente encontraremos filósofos de la vida.
Sin embargo, desde la antigüedad, existían escuelas de filósofos preocupados por la vida concreta, como la cínica, cirenaica, hedonista, epicúrea, escéptica o estoica, que proponían un estilo de vida práctico y ascético.
Epicuro afirmó: “vana es la palabra del filósofo que no cura el sufrimiento de un hombre. Pues así como no hay beneficio en la medicina si no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco hay beneficio en la filosofía si no expulsa el sufrimiento de la mente”.
A su vez, Séneca advirtió: “quien estudia con un filósofo debería llevarse consigo algo bueno cada día: debería volver a casa cada noche siendo un hombre más profundo, o en camino de serlo”.
¿Me rijo por una buena, sana, práctica y madura filosofía vital?