El Carnaval, un ritual para los mazatlecos

Jorge Ibarra M.
24 febrero 2022

A finales del siglo pasado Mazatlán era una ciudad en decadencia que no encontraba su lugar en la nueva economía global. De sus múltiples vocaciones, el turismo era la única actividad que prometía revertir el estancamiento. El problema era que en ese entonces el puerto era visto como un aburrido destino de sol y playa, que no lograba competir con los nuevos centros vacacionales, como Cancún o Los Cabos, que brindaban a los visitantes playas y hoteles mucho más espectaculares.

Por eso la alternativa fue hacer de Mazatlán un destino donde los turistas pudiesen consumir la cultura local, y para lograrlo se tuvo que hacer mercancía a todo el repertorio de bienes inmateriales disponibles en la ciudad. De pronto la música de banda, la gastronomía regional y las fiestas populares se convirtieron en el principal atractivo para los visitantes en busca de experiencias para consumir.

Desde entonces el Carnaval representa una importante fuente de ingresos para esta ciudad cada vez más dependiente del turismo. Las estimaciones para este año aseguran un beneficio económico de unos 800 millones de pesos. De ahí que el Alcalde Luis Guillermo Benítez hiciera todo lo posible por evitar la cancelación del evento, alterando de forma criminal el semáforo epidemiológico, para no desaprovechar los ingresos que se esperan colectar.

Pero hagamos una revaloración del Carnaval. Dejemos de lado el aporte económico, y resaltemos en cambio su contribución al desarrollo de una vida plena, para que la fiesta principal de los mazatlecos no se degrade a un simple producto propio de las sociedades del espectáculo.

Y es que el Carnaval, como toda celebración, forma parte de los rituales que liberan a las personas de una existencia contingente. Los rituales hacen del mundo un lugar más fiable y reconocible. Hacen habitable al tiempo.

Al tiempo hoy le falta un armazón firme, dice el filósofo Byung-Chul Han. Ya no es más una casa habitable, sino un flujo inconsistente que no da reposo. Se desintegra en la mera sucesión de un presente que se precipita sin interrupción, y nada le ofrece asidero.

Por las nuevas tecnologías de comunicación, la vida ahora se consume en forma serial, sin espacio para la contemplación. De ahí la importancia que tienen los rituales, que brindan un descanso y ofrecen la oportunidad de cultivar la percepción simbólica, tan necesaria para reconocer la profundidad de nuestra alma.

Los mazatlecos nos reconocemos en los rituales que practicamos. El Carnaval es uno de los más importantes, porque le ha dado una condición sublime a una ciudad que, por su tamaño, aislamiento e irrelevancia económica, estaba destinada a ser un rincón de monotonía.

El Carnaval es una mirada a los colores, luces y movimientos de comparsas que acompañan los carros alegóricos que atraviesan la multitud sobre el atardecer. Fomenta la creatividad y premia la devoción por el arte, la cultura y la belleza. Incentiva la vocación literaria y nos introduce en la danza y las representaciones dramáticas.

Saca del ensimismamiento a la gente. Porque quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo. El Carnaval hace que uno se trascienda para fundirse con los demás en una procesión colectiva. Ahí se crea la comunidad. Nos acostumbramos a estar juntos en la aglomeración, a no estar solos.

Es una catarsis masiva que explica el apaciguamiento de los ánimos salvajes durante el resto del año. Un mecanismo pacífico de domesticación. Sus raíces se remontan a los juegos de la harina, que en las últimas décadas del Siglo 19 organizaba a la ciudad en dos bandos para combatir en una auténtica guerra de cascarones entre barrios contrarios.

Anuncia una parodia al poder y a la desigualdad. Es la oportunidad de quemar el mal humor y exponer al escrutinio a los gobernantes a quienes se les impone dar la cara ante la multitud, como un primitivo ejercicio de rendición de cuentas.

Son días que ponen pausa a la rutina. Auténtico antídoto contra los malestares de una sociedad agotada y deprimida. El Carnaval de Mazatlán es una ola que rompe cada año con un estruendo parecido al sonar de una tambora. La lluvia de confeti y serpentina alegra el ánimo igual que la brisa cuando disipa el calor. El viento del Carnaval trae consigo el aire más puro. No hay días más frescos. No hay mejor tiempo para sentirse mazatleco.