El crimen avisa: sigue Los Mochis
¿Ciudad segura o con pax narca?
Había permanecido Los Mochis como zona al margen de la disputa de territorios del narcotráfico hasta que la semana pasada brotó la actividad criminal y el temor en la población que instalaron la preocupación de que el último bastión de civilidad en Sinaloa sea agregado a la barbarie que está por completar dos años de inestabilidad y menoscabos. La diáspora de la violencia avanza en la intentona de las armas y los sicarios por abarcar por completo la tierra de los once ríos, de la costa a la sierra y desde El Carrizo a La Concha.
Más que fatalidad a la que debemos acostumbrarnos, los eventos recientes de violencia exacerbada parecen traer la notificación a tiempo para evitar que las hostilidades del narco impliquen a Sinaloa entero. Por lo pronto se trata de situaciones de inseguridad que no determinan conexión entre una y otra, aunque está claro que la gente armada y los arsenales arredran y retan indistintamente de los fines y orígenes.
Considerada históricamente región de paz y en meses reciente referenciada como refugio seguro para los desplazados de la violencia que azota al centro y sur del estado, la cabecera del municipio de Ahome se agrega a la narrativa de balas, ataques a instalaciones y sectores sensibles y habitantes a punto de reeditar los toques de queda que la gente implementó por sí misma desde Culiacán a Escuinapa.
La ciudad donde las palmeras tocan el cielo llegó a parecer zona de excepción en el contexto de la confrontación interna en el Cártel de Sinaloa que el próximo mes llegará a los 24 meses, sin embargo, era de suponerse que tarde o temprano la mancha roja de la narcoguerra alcanzaría al municipio ex cañero, eje hoy de la industrialización. A salvo de la cauda delictiva que perturba sin distingos, la opinión pública trazó mil y una conjeturas para justificar lo que parecía apacibilidad fundada en el predominio de la Ley o tal vez configuraba la pax narca.
A Los Mochis han llegado las divagaciones características del miedo. El sacerdote que improvisa protocolos de protección al suplicarles a los feligreses que cierren las puertas del templo y se mantengan adentro en silencio; las muertes registradas en centros de rehabilitación, y la ruptura del pacto de no agresión entre civiles armados y fuerzas del orden, son incipientes atisbos de barbaridades que así empezaron en el resto de la comarca de los once ríos.
Para fines comparativos, los datos de la Fiscalía General del Estado exponen que en delitos de alto impacto Ahome registró 185 en total durante 2024, 173 en 2025 y 93 hasta julio de 2026, en contraste con Culiacán con 934 en 2024, mil 297 en 2025 y 663 en lo que va de 2024. En delitos de alta incidencia Ahome reportó mil 550 en 2024, mil 694 en 2025 y mil 24 en 2026, mientras Culiacán acumuló 5 mil 202 en 2024, 7 mil 207 en 2025 y 2 mil 593 de enero a julio de 2026. La diferencia de la comisión de ilícitos entre la capital del estado y el municipio del norte expone la guerra intracártel en el primero y los márgenes de tranquilidad “normales” en el segundo.
Es decir, la prudencia determina cuidar las proporciones para no adelantar la hipótesis de que Ahome está igual de trastornado que el centro y sur del estado. Lo que acaba de suceder en nada se parece a la porción del mapa que sufre por los más de 3 mil asesinatos y 4 mil desapariciones forzadas, pero sí es necesario recalcar los asomos de una situación de emergencia y la fundamental intervención militar y policial para impedir que escale a mayores consecuencias.
El tema es que al ser de los municipios que rara vez aparecen entre los de mayor inseguridad en México, algo se rompió en la configuración delictiva el 9 de agosto al suceder el choque en Los Mochis entre civiles armados y elementos de la Guardia Nacional durante la persecución que detuvo a ocho presuntos sicarios en posesión de 7 rifles de asalto, 54 cargadores abastecidos, 725 cartuchos y chalecos tácticos, en la jornada que trastocó la noción de ciudad pacífica.
El efecto metástasis de la narcoguerra en el norte de Sinaloa es un asunto que nadie debe tomar a la ligera, porque depende de la magnitud de las medidas de contención el hecho de que el conflicto entre los hijos de “El Chapo” Guzmán y los de “El Mayo” Zambada logre o no ensanchar los márgenes de atrocidad y los derivantes daños en los social, económico y político, echando abajo la expectativa de que Los Mochis se consolide como en uno de los principales polos del desarrollo.
La ciudad que olía a caña,
Como pacificador incienso,
Hoy adquiere el hedor intenso,
De pólvora que anuncia saña.
También el Alcalde de Ahome, Antonio Menéndez de Llano Bermúdez, acude al fallido método que han utilizado los ediles de los municipios ubicados en el cuadrante de la narcoguerra, al negar que Los Mochis se encuentra en estado de alerta por la oleada de violencia de los días recientes. Las experiencias de Culiacán y Mazatlán aleccionan a encender de inmediato los focos rojos con tal de que los gabinetes de seguridad federal y estatal accionen las adecuadas estrategias antes de que el zarpazo del crimen cobre vidas humanas y derrumbe los pilares de la economía, gobernabilidad y legalidad. Cuidado con los políticos que ven venir la narcotempestad y no se hincan.