El derecho a una vida aburrida

Isaac Aranguré
01 septiembre 2026

Durante mucho tiempo creímos que una buena vida tenía que ser una vida extraordinaria, viajar, crecer, conocer lugares, emprender, acumular historias que valiera la pena contar, quizá por eso nunca imaginamos que llegaría un momento en Sinaloa en el que comenzaríamos a extrañar profundamente las vidas aburridas.

Hoy miles de niñas, niños y jóvenes regresan a clases en nuestro estado, vuelven los uniformes, las prisas por la mañana, el tráfico a las siete, las mochilas olvidadas, los lonches preparados a medias y las discusiones para levantarse de la cama.

Vuelve, afortunadamente, la rutina y pocas veces una palabra tan poco emocionante como rutina había significado tanto.

Porque detrás de cada niño que cruza la puerta de una escuela existe algo que durante mucho tiempo dimos por sentado, la posibilidad de que su día transcurra sin que ocurra nada extraordinario, ir a clases, reírse con sus amigos, aburrirse durante una materia, jugar futbol en el recreo, quejarse de la tarea, enamorarse por primera vez, ir a una fiesta, y la más importante de todas, regresar a casa. Nada de eso debería ser heroico, pero después de los años que hemos vivido en Sinaloa, quizá tengamos que comenzar a reconocer que la normalidad también es una forma de la paz.

Durante demasiado tiempo nuestra conversación pública ha estado dominada por palabras que ningún niño debería aprender tan temprano, enfrentamiento, levantón, desaparecido, convoy, toque de queda, suspensión de clases y los adultos terminamos acostumbrándonos al lenguaje de la violencia, aprendemos qué calles evitar, a qué horas no salir, cuándo cancelar un viaje por carretera, consultamos WhatsApp antes de cruzar la ciudad, escuchamos una motocicleta y volteamos, vemos una camioneta y observamos quién viene dentro. Nos adaptamos y los niños también y quizá eso sea lo que más debería preocuparnos, porque una cosa es sobrevivir a la violencia y otra muy distinta comenzar a considerarla normal.

Hay generaciones de sinaloenses que han aprendido a modificar su vida alrededor del miedo, jóvenes que han visto suspender clases por enfrentamientos, familias que cancelaron viajes, cumpleaños que terminaron temprano, negocios que cerraron antes de tiempo, carreteras que dejamos de recorrer de noche, pequeñas renuncias que individualmente parecen insignificantes, pero que juntas terminan transformando nuestra manera de habitar una ciudad.

Por eso tal vez deberíamos comenzar a hablar de la paz de otra manera, durante años la hemos imaginado como el final de una guerra, como el día en que dejen de escucharse disparos, disminuyan los homicidios o las autoridades anuncien que los indicadores finalmente mejoraron, y ojalá llegue ese día pero la paz verdadera será algo mucho menos espectacular, será una madre dejando que su hijo vaya solo a casa de un amigo sin mirar compulsivamente el teléfono, será un adolescente regresando de una fiesta sin que sus padres imaginen todos los escenarios posibles, será una familia manejando de noche por una carretera de Sinaloa, será un restaurante cerrando tarde porque todavía tiene clientes, será volver a hacer planes para dentro de seis meses suponiendo, simplemente, que estaremos ahí para cumplirlos.

La paz será recuperar el derecho a no pensar todo el tiempo en la violencia y eso es particularmente importante para quienes hoy regresan a las aulas.

Porque nuestros niños y jóvenes no deberían heredar nuestros miedos como parte inevitable de ser sinaloenses, tienen derecho a conocer otro Sinaloa, uno donde puedan recorrer sus ciudades, conocer sus pueblos, viajar por sus carreteras y descubrir que este estado es muchísimo más grande que las historias violentas que durante décadas hemos contado sobre él, tienen derecho a enamorarse, equivocarse, aburrirse, descubrir una vocación, cambiar de opinión, perder un partido, reprobar un examen, hacer amigos y preocuparse por todas esas pequeñas tragedias que alguna vez nos parecieron enormes, tienen incluso derecho a pensar que su vida es aburrida, porque probablemente pocas cosas hablan mejor de una sociedad en paz que un adolescente que llega a su casa diciendo que hoy no pasó absolutamente nada.

Esta semana, mientras miles de estudiantes vuelven a llenar las escuelas de Sinaloa, quizá valga la pena recordar para qué queremos recuperar la paz, no solamente para mejorar estadísticas, no solamente para atraer inversiones, no solamente para que regresen los turistas, queremos la paz para recuperar algo mucho más elemental: la posibilidad de vivir sin miedo y sobre todo para que quienes vienen detrás de nosotros puedan crecer sin tener que desarrollar las habilidades que nosotros desarrollamos para convivir con él.

Tal vez algún día nuestros hijos miren hacia atrás y les resulte extraño que alguna vez tuviéramos que preguntarnos si era seguro salir, viajar o simplemente ir a la escuela, ojalá así sea, ojalá puedan reprocharnos que exagerábamos, ojalá puedan aburrirse profundamente de escuchar nuestras historias sobre estos años, ese día quizá podamos decir que Sinaloa finalmente recuperó algo que nunca debió perder, el derecho a una vida aburrida.

Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

Es cuánto.